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El tiempo no tiene reversa, pero si la Cuernavaca del antes se fue para no volver, que al menos en la de hoy prive el orden. Perdida la tranquilidad hace ya tres décadas, demandar seguridad pública absoluta sería demasiado pedir, por desgracia. Aunque magras las finanzas del Ayuntamiento, mucho se reduce a la voluntad de servicio a la comunidad. Podríamos empezar por adoptar un bache cada quien, invitar al alcalde Cuauhtémoc Blanco como “padrino”, ponerle fecha y no quitársela sino hasta que sea tapado. A ver si así le da vergüenza. Porque rescatar a Cuernavaca le importa a la sociedad, no nos cansaremos de insistir: abandonada por sucesivas administraciones municipales, atestadas sus calles de baches, repleta de basura, poseedora del récord vergonzante del mercado de abasto más sucio de México, antihigiénico, disfuncional y causa de conflictos viales. Cuernavaca, históricamente rezagada en materia de infraestructura urbana, donde las terminales de autobuses de pasajeros entorpecen el tráfico vehicular, pues es la única capital estatal que no tiene una central camionera alejada de la mancha urbana y tampoco cuenta con una ciudad deportiva, como hay tantas en el territorio nacional; ni una Ciudad-Gobierno conformada por edificios de dependencias oficiales igualmente ubicada en un sitio que no genere problemas de movilidad humana y automotriz. “Cuernabaches”, el mote estigmatizador que a fines de los noventa pareció desaparecer con la repavimentación del primer cuadro, bombardeada en época de lluvias que aquí siempre han sido torrenciales, recurrente el desorden de las imágenes cotidianas de bolsas de basura esperando horas y hasta días el paso de los camiones que las recolectan de día, no en las noches como dicta el sentido común para que la ciudad amanezca menos sucia y los armatostes no obstruyan el tránsito vehicular. La capital de Morelos, donde la gente no quiere caminar más en el peligro de la oscuridad. Fundidas las lámparas del alumbrado público, invadidos por la yerba los camellones, a los que queremos a Cuernavaca nos da vergüenza que el centro histórico sea probablemente el más sucio de las capitales mexicanas. Y el antes, pintoresco y muy seguro. El “Peni-Quintas” pasaba por “la zonaja” de la avenida Atlacomulco, hacinados los chicos de secundaria en el camión trompudo de la línea Chapultepec. Otro derrotero: Buenavista-El Polvorín; lo cubría la línea Transportes Urbanos. Todas eran líneas, no empresas, incluidos los “Chocolates” o Transportes Emiliano Zapata, con terminal en la colonia Carolina. ¿Costo de pasaje? Entre 45 centavos y un peso en los sesenta y media década más acá, cuando todo costaba diez veces menos y el poder adquisitivo del peso pesaba frente al dólar de 12.50. Del tono de vida de los cuernavacenses, el manantial del Pilancón, de aguas cristalinas donde solían nadar los chavos del rumbo de una colonia del Empleado habitada entonces por personas que convivían con las vacas lecheras de establos de los que ahí había un montón y por eso olía a estiércol. Tras la “cascarita” mañanera o vespertina en las canchas de básquet y voleibol, los muchachos del centro nos quitábamos la sed pegados al tubito del Mioncito del parque Revolución, pues en esos días se podía beber agua de la llave, y en seguida nos metíamos en la alberca de ahí mismito. O los lances al canal de Chapultepec, de aguas casi a punto de la congelación. Cuando tiempo dejaban el estudio o la chamba, bajábamos hasta el Río del Pollo, despobladas aún sus riberas a la altura del Puente de la Muerte, libre de contaminación, abundantes los pececitos multicolores, ranas y algún buey de yunta pastando colina arriba. La chaviza de Tlaltenango y Buenavista, H. Preciado y la Carolina tenían El Salto de San Antón para nadar, y los valientes tirarse desde arriba para sacar del fondo del pequeño estanque las monedas de veinte fierros que arrojaban lugareños y turistas generosos. Por piscinas naturales no parábamos, y además gratis para el proletariado, cocidos aparte los que tenían con qué pagar en las albercas del hotel Los Canarios y el Casino de la Selva, de más caché pero menos divertidas. No como ahora, que de pronto la gente ni agua tiene para beber en tantos rumbos de Cuernavaca y por esto los bloqueos al tráfico vehicular vueltos comunes… NO se trata del efectivo, sino del desprecio que muestra el Congreso del Estado a la comunidad periodística. Paguémosles con la misma moneda. La mesa directiva convocó al Premio Estatal de Periodismo, designó a los ganadores y se los comunicó a cada uno. El decreto fija el 7 de junio para la entrega de los diplomas y los estipendios, como ha ocurrido en años anteriores, pero sin más excusa que la arrogancia lo aplazó para “fecha próxima” que luego de cuarenta días no ha llegado. Los diputados tenían prisa por irse de vacaciones. … ME LEEN MAÑANA. 

Atril
José Manuel Pérez Durán
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