compartir en:

La movilidad de vehículos y personas de las ciudades refleja la calidad de vida de las mismas. De primera en las que priva el orden, y de tercer mundo en donde es caótica. Buenos Aires tiene un excelente transporte público. Autobuses Mercedes Benz de modelos recientes con operadores que no manejan dinero, pues los pasajeros pagan con tarjetas de prepago subsidiadas por el gobierno de la capital bonaerense; atento el servicio para las personas de la tercera edad, abordados los “colectivos” (o “bondis”, como les llaman los porteños) en paraderos en donde no paran todos, sólo los de los derroteros indicados en el número respectivo anotado en los parasoles en las banquetas anchas de avenidas igualmente amplias (Santa Fe, Libertador, 19 de Junio…), con semáforos sincronizados que hacen fluido el desplazamiento. El Metro o “Subte”, el más antiguo de Latinoamérica, de cuando en cuando sustituidos los vagones viejos, y los taxis de colores negro y amarillo, obligado el aire acondicionado para comodidad del usuario en las temperaturas de verano cercanas a los cuarenta grados y gélidas en el invierno, el taxímetro que fija el precio de “la dejada” y el gafete tamaño “carta”, visible en la parte trasera del respaldo del asiento del copiloto. O Nueva York o Londres, ésta, la de los taxis negros más caros del mundo conducidos por choferes flemáticos, encorbatados y negro asimismo sus trajes. O la Ciudad de México, cuyo Metro subsidiado no le pide nada a ninguno de urbe alguna y más limpio que el de la ciudad de la Gran Manzana; el Metrobús en Insurgentes y otras arterias y los taxis que no debieran mudar de cromática pero cambian en cada gobierno, desconocidos por las generaciones jóvenes los “cocodrilos” de los sesenta que debieron quedarse para siempre, negros con verde y dibujada la fila de dientes afilados en los costados… Cuernavaca no es ni el Queen profusamente iluminado de Nueva ni el Big Clock de la capital británica que mira al Támesis, pero merece y necesita un buen servicio de transporte público. ¿Están limpias las unidades? Regular. ¿Manejan bien los operadores? No, conducen como locos, rebasando, parando a media cuadra, hablando por celular, llevando la música a todo volumen, reemprendiendo la marcha cuando los usuarios aún no acaban de bajar. ¿Son corteses? Para nada. ¿Les dan un trato especial a las personas de la tercera edad, les respetan el descuento en el pasaje, son cuidadosos con las señoras embarazadas y la gente minusválida? No. Pero a todo esto, ¿hasta cuándo el Morebús? Anunciado una y otra vez que “ahora sí” empezará a funcionar, la gente de Cuernavaca ha acabado por no creerlo. De acuerdo a la Secretaría de Movilidad y Transporte, no comenzará sino hasta el año que viene. Y mientras tanto ordenar el trasporte de personas con el que se cuenta, sacar de circulación a las “rutas” y taxis” carcachas, obligar a los permisionarios a que los cambien por modelos de no más de diez años de antigüedad, decretar la desaparición de los taxis “metropolizados” para despresurizar Cuernavaca, prohibiendo que los taxistas de Temixco, Zapata, Jiutepec y Xochitepec ya no trabajen en la capital como sucedió hasta 2016; que los choferes tomen cursos de buen comportamiento, y si no, que les cancelen las licencias. Imposible, así que la movilidad de las personas en Cuernavaca y los municipios conurbados seguirá siendo caótica, y continuar esperando el Morebús que lleva ya más de cuatro años sin poder arrancar en una ciudad como la nuestra donde ya no cabe un alfiler, de topografía accidentada, vialidades angostas, subidas y bajadas pronunciadas y un promedio de un vehículo por cada cuatro habitantes. Con otra: las motocicletas, casi 40 mil en nuestros pueblos y ciudades, frecuentes los accidentes de motociclistas temerarios que zigzaguean, rebasan en márgenes de centímetros rosando los automotores de cuatro llantas a velocidades suicidas, frenéticos los empleados de pizzerías, refaccionarias y farmacias que llevan pedidos a domicilio. Una realidad acicateada por el bajo costo de motocicletas y motonetas y la gasolina carísima, de un amplio sector de la población mayoritariamente joven que crece, necesita carriles especiales y áreas de estacionamiento como hay en otras ciudades, pero aquí a autoridad alguna no se le ha ocurrido. Por eso y más la movilidad anárquica, antigua, imposible de superar en estos días de afectaciones causadas por el terremoto cruel… ME LEEN MAÑANA.

Por: José Manuel Pérez Durán /  [email protected]