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Como ciudadano Alejandro Vera Jiménez puede decir lo que le plazca; la libertad de hablar no tiene más límite que la decencia. El cargo de rector de la UAEM no lo amordaza, pero el respeto a la institución que representa debería merecerle más respeto. Tiene sus razones o dice tenerlas, y puede que sean las mismas de una parte o de toda la Universidad. ¿Pero dónde queda la personalidad del rector serio, culto, austero, honrado a carta cabal como lo fue, por ejemplo, el licenciado Carlos Celis, sin duda y hasta hoy el mejor recordado? La imagen de anteayer que circuló en redes sociales fue patética, la de un rector brincándose la valla metálica en el costado norte del Palacio de Gobierno, caminando frenético, gritando desaforado: “¡tomemos el palacio!”. En esos momentos, ¿quién se sintió? ¿Zapata, Morelos? Habría que preguntarles a los ex rectores si la conducta del actual les da pena ajena… Cuando la masacre del 2 de octubre de 1968 en la Plaza de las Tres Culturas de Tlatelolco el entonces rector de la Universidad Autónoma del Estado de Morelos (UAEM), Teodoro Lavín González, encabezó una manifestación de estudiantes, solidario con las familias de los muchachos que cayeron bajo las balas asesinas, acompañando a los universitarios de Morelos que sintieron como en carne propia la represión del régimen intolerante. Lo hizo indignado por el asesinato masivo que ordenó, o al menos consintió, el presidente Gustavo Díaz Ordaz. Pero su conducta guardó la seriedad que conlleva la representatividad de la comunidad universitaria, el licenciado Lavín solamente cumplió su papel de rector, no se sintió caudillo. En otras entregas he referido el acontecimiento maldito. A la gente de Cuernavaca el 2 de octubre del 68 llegó como un rumor, de algo ominoso que se sentía en el ambiente. La UAEM entró en huelga, duró un año sin clases y el rector Lavín lideró la manifestación estudiantil. Dos o tres días después de la represión brutal en la explanada de Tlatelolco, los universitarios morelenses realizaron una marcha de protesta. Salieron de la glorieta de Buenavista, caminaron cuesta abajo por Emiliano Zapata, Morelos, Matamoros y Galeana hasta llegar al Zócalo. Las banderas que ondearon fueron las mismas que las demandas de los universitarios de la Ciudad de México: la derogación del artículo 145 bis del Código Penal (tipificado el delito de “disolución social”, el gobierno represivo del sátrapa Díaz Ordaz tenía el pretexto para encarcelar a voces disidentes), y la destitución del jefe de la policía capitalina. ¿Pero cuál era el tono de vida en esa Cuernavaca de 80 y tantos mil  habitantes? La música de Los Beatles estaba en su apogeo, estridentes las rockolas de a 20 centavos con la canción “Twist y gritos” a la que el cuarteto de Liverpool sumaría una larga cadena de éxitos como “Quiero estrechar tu mano”, “El submarino amarillo”, El sargento pimienta” y “Déjalo ser”. En la parte baja del edificio Las Plazas se concentraban los hippies, la mayoría locales y de cuando en cuando uno que otro gringo proveniente de San Francisco donde se decía había estallado  el movimiento universal de amor y la paz. Ahí mismo se estableció la primera hamburguesería de franquicia, el Burger Boy, concurrida por chavos enfundados en pantalones acampanados, playeras desteñidas y huaraches, y por chicas luciendo minifaldas atrevidas, blusas de colores chillantes con dibujos sicodélicos y sandalias estilo romano. Pero no todo eran melenas, collares, marihuana, rock y sexo sin compromiso. La ciudad de las barrancas y la primavera mostraba otros colores. Remunerativo el salario mínimo, las familias de obreros vivían modestamente pero sin sufrir pobreza extrema. La elite de trabajadores especializados de la nueva planta ensambladora de coches Nissan (torneros, pintores, tapiceros, etc.) ganaban cien y más pesos diarios, equivalentes a unos mil de hoy. Textiles Morelos estaba en su esplendor, daba cientos de empleos, vivienda y escuela para los hijos de sus obreros... Pasados cuarenta y ocho años los viejos recuerdan aquella Cuernavaca, tristes, nostálgicos. Razones les sobran para estar desilusionados. A veces hablan de los sesenta, de la matanza en Tlatelolco. Y naturalmente los abogados que frisan los ochenta comparan la seriedad de los rectores de antes con el protagonismo desesperado del de ahora... ME LEEN MAÑANA.

Por: José Manuel Pérez Durán /  [email protected]