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La zona sur de Morelos no es ciertamente un edén de paz y tranquilidad; hace tiempo que dejó de serlo. En Puente de Ixtla, Mazatepec, Amacuzac, Jojutla, Tlaquiltenango la delincuencia llena la nota roja: homicidios, asaltos, presuntas extorsiones a presidentes municipales. Cuernavaca, Temixco, Zapata, Jiutepec, Yautepec no son la excepción. Tampoco Huitzilac, ganado a pulso su fama triste de municipio de alto riesgo. Hasta inicios de los noventa, en Morelos la seguridad pública era razonablemente buena y se considera que la descomposición comenzó a mediados de los noventa, pero lo que nadie puede saber bien a bien es cuándo terminará. ¿Qué vengan el Ejército y la Marina es la solución? Hay gente que cree que sí; de hecho, en este punto ha sido insistente el diputado priista Matías Nazario Morales, proponiendo una y otra vez la presencia de fuerzas castrenses en el combate al crimen organizado. Igual que en otros estados, instalarían puestos de control, desplegarían patrullajes en ciudades, pueblos y carreteras, harían trabajo de inteligencia y capturarían a peces grandes y chicos de la delincuencia organizada. Por fortuna, Morelos no registra niveles delictivos tan altos como otras entidades (Guerrero, Tamaulipas, Colima, etc.), y ello es una realidad; pero una actuación permanente del Ejército abonaría a la seguridad. Entonces, ¿por qué no pedirlo? Quizá valga la pena convocar una encuesta para que la sociedad decida. Pero,  ¿quién convoca?.. LA MOVILIDAD de vehículos y personas de las ciudades refleja la calidad de las mismas. De primera en las que priva el orden, y de tercer mundo en donde es caótica. Buenos Aires tiene un transporte público envidiable. Autobuses Mercedes Benz de modelos recientes con operadores que no manejan dinero, pues los pasajeros pagan con tarjetas de prepago subsidiadas por el gobierno de la capital bonaerense; atento el servicio para las personas de la tercera edad, abordados los “colectivos” (o “bondis”, como les llaman los porteños) en paraderos en donde no paran todos, sólo los de los derroteros indicados en el número de los parasoles de las banquetas anchas en avenidas igualmente amplias (Santa Fe, Libertador, 19 de Junio…), con semáforos sincronizados que hacen fluido el desplazamiento. El Metro o “Subte”, el más antiguo de Latinoamérica, de cuando en cuando sustituidos los vagones viejos, y los taxis, de colores negro y amarillo, obligado el aire acondicionado para comodidad del usuario en las temperaturas de verano cercanas a los cuarenta grados y gélidas en el invierno, el taxímetro que fija el precio de “la dejada” y el gafete tamaño “carta” visible en la parte trasera del respaldo del asiento del copiloto. O Nueva York o Londres, en ésta, la de los taxis negros más caros del mundo conducidos por choferes flemáticos, encorbatados y negro asimismo sus trajes. O el ex Distrito Federal en México, cuyo Metro subsidiado no le pide nada a ninguno de urbe alguna, más limpio que el de la Gran Manzana, el Metrobús en Insurgentes y otras arterias y los taxis que no debieran mudar de cromática pero cambian en cada gobierno, desconocidos por las generaciones jóvenes los “cocodrilos” de los sesenta, negros con verde y dibujada la fila de dientes afilados en los costados… Cuernavaca no es ni el Queen profusamente iluminado de Nueva ni el Big Clock de la capital británica que mira al Támesis, pero merece y necesita un buen servicio de transporte público. ¿Están limpias las unidades? Regular. ¿Manejan bien los operadores? No, conducen como locos, rebasando, parando a media cuadra, hablando por celular, llevando la música a todo volumen, reemprendiendo la marcha cuando el usuario aún no acaba de bajar. ¿Son corteses? Para nada. ¿Les dan un trato especial a las personas de la tercera edad, les respetan el descuento en el pasaje, son cuidadosos con las señoras embarazadas y la gente minusválida? No. Y a todo esto, ¿hasta cuándo el Morebús? Anunciado una y otra vez que “ahora sí” empezará a funcionar, la gente de Cuernavaca ha acabado por no creerlo. Según la Secretaría de Movilidad y Transporte, no comenzará sino hasta el año que viene. Y mientras tanto, la utopía: ordenar el trasporte de personas con el que se cuenta, sacar de circulación a las “rutas” y taxis” carcachas, obligar a los permisionarios a que los cambien por modelos de no más de diez años de antigüedad, decretar la desaparición de los taxis “metropolizados”, para despresurizar la capital, prohibiendo que los taxistas de Temixco, Zapata, Jiutepec y Xochitepec ya no trabajen aquí como sucedió hasta 2016. El sueño guajiro, pues… ME LEEN EL DOMINGO.

Por José Manuel Pérez Durán

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