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El centro de rehabilitación para drogodependientes de Bicutan, en Manila, es uno de los más grandes de las Filipinas, pero sus 500 camas ya no son suficientes.

Desde el 30 de junio de 2016, cuando Rodrigo Duterte asumió la Presidencia de las Filipinas y lanzó su personal "cruzada contra las drogas", casi un millón y medio de personas se han entregado a la policía, cosa que hizo que se llenasen más que nunca las clínicas especializadas y las cárceles.

"Votadme y los drogadictos alimentarán a los peces en la bahía de Manila". Esta es una de las declaraciones de la popularísima campaña electoral de Duterte, que en varias ocasiones se jactó de haber matado a drogadictos cuando era alcalde de Davao.

En poco más de un año, miles de filipinos -más de tres mil, según el gobierno; unos siete mil para las organizaciones de defensa de los derechos humanos como Amnistía Internacional- han perdido la vida en las operaciones policiales o en las llamadas "operaciones extrajudiciales".

La clínica de Bicutan es uno de los más de 40 centros de rehabilitación reconocidos por el gobierno. Se encuentra en Taguig City, uno de los muchos distritos en los que se divide la capital, dentro de un enorme complejo policial.

En la clínica, que depende del Ministerio de Salud, hay escuelas, comedores, dormitorios para hombres, para mujeres y para menores, y un campo de baloncesto, que es el deporte nacional.

Los pacientes llevan una camiseta blanca y pantalones cortos que varían según el nivel de curación. Los que están al principio del camino los llevan verdes, y los que están al final, blancos.

"En la actualidad -explica el Dr. Bien Leabres, el director sanitario del centro- tenemos 842 pacientes, pero normalmente tenemos mil. Cuando Duterte comenzó su campaña antidrogas registramos un aumento repentino de ingresos, y alcanzamos un máximo de mil 500 personas en agosto de 2016”.

“En el 90 por ciento de los casos –dice- nuestros pacientes consumen metanfetaminas como el shaboo, muy común en las Filipinas porque es barato. Luego tenemos pacientes que consumen marihuana, y desde hace algún tiempo algunos que consumen éxtasis y cocaína".

Los pacientes del centro tienen que saludar a los visitantes. Los que no lo hacen están obligados por las enfermeras a disculparse.

"El consumo de drogas es prevenible. La adicción a las drogas es curable. Mantenga su lugar de trabajo libre de drogas", reza uno de los muchos murales del centro.

El Dr. Bien señala: "Tener siempre grabados en la mente los valores a seguir forma parte de la terapia. El centro debe ser una familia que ofrezca un modelo alternativo. Muchos de los problemas asociados con la adicción a las drogas se originan precisamente en las familias".

"Todo el ciclo de rehabilitación -añade el médico- puede durar entre seis meses y un año. Posteriormente, nuestros pacientes deben regresar con cierta regularidad, generalmente una vez a la semana, para seguir otro programa sanitario”.

“Ellos pagan solo una parte de la cuota mensual, tres mil pesos (unos 60 dólares), mientras que el resto lo paga el gobierno, que financia los 12 mil pesos restantes (unos 240 dólares). Pero si el paciente es pobre, entonces es el gobierno quien se encarga de todo. Alrededor de 60-70 por ciento de nuestros pacientes están aquí gratuitamente", añade.

El despertador suena muy pronto, a las cinco de la mañana. Después se hace actividad física y la limpieza de las áreas comunes. El tiempo restante se dedica a grupos de autoayuda y a cursos como el teatro y la pintura.

La comida es siempre la misma: arroz, carne, verduras y una pieza de fruta. Al final de la tarde cada paciente debe escribir en un diario personal, que después leen los psicólogos, cómo ha pasado el día, y finalmente a las nueve en punto se apagan las luces.

"Es como estar en la cárcel -confiesa uno de los pacientes-, pero es la única manera de salir de esta. De día trabajaba como panadero y por la noche trabajaba como guardia. No podía arriesgarme a quedarme dormido y perder el trabajo. Por eso consumía tanto shaboo, me mantenía despierto. Me lo dijo un amigo de confianza”.

Agrega: “Traté de parar pero no pude, no tenía ningún tipo de respeto ni por mí ni por los demás. Por este error mío perdí a mi esposa y a mis dos hijos, que nunca han venido a verme porque se avergüenzan. Ha pasado casi un año desde que entré y he podido reflexionar mucho. Probablemente si no hubiese venido aquí estaría enterrado quién sabe dónde. Hoy en día en este país si te drogas eres hombre muerto”.