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CUERNAVACA, MORELOS.- Eran casi las ocho de la mañana del 19 de septiembre de 1985 cuando el autobús escolar de la primaria Benito Juárez, en la Ciudad de México, llegó a su destino. En él iba Juan Bahena Porcayo, quien en ese entonces tenía 6 años, y que ahora vive en Cuernavaca; iba en primer grado. Aún tiene frescos en su memoria los recuerdos de aquella tragedia.
“Cuando llegamos a la escuela y vimos que estaba cerrada y vacía, el chofer, un tipo bigotón llamado Don Patricio, nos dijo que había temblado muy fuerte. Yo no entendí sus palabras, pero percibí que algo andaba  mal cuando mis compañeros del autobús rompieron en llanto”, asegura Juan, quien ahora tiene 37 años y habita en la colonia Las Águilas, de la capital morelense.
Juan es uno de los tantos sobrevivientes del sismo que pegó en las entrañas del país, y cuyo recuerdo es imborrable. “Acto seguido, vino el caos”, añade. “Niñas gritando que si sus padres estaban aplastados, otros peleándose por bajarse del camión, mi madre y mi abuela corriendo desde el metro Chabacano hasta la colonia Doctores, donde estaba el colegio, pensando que ya no me iban a encontrar”, prosigue.
“Un día antes, un niño del salón no había llevado una tarea y la maestra lo había amenazado con que al día siguiente tendría que llegar con la tarea hecha o si no, se iba del salón”, asegura.
“El día siguiente nunca llegó; el niño, según me contaron, murió entre los escombros del edificio en el que vivía”, comenta Juan, y desvía la mirada conteniendo las lágrimas.
“Después vinieron las réplicas; pude ver señoras hincadas en el estacionamiento de una tienda comercial pidiéndole a Dios clemencia, mi abuela, me tapaba los ojos para que no fuera testigo del nivel de destrucción dejada por el sismo”, relata.
Juan asegura que su madre le hizo un recuento de todas las personas que conocía y que ahora estaban muertas, “hablando sobre el departamento del edificio Chihuahua en Tlatelolco, en el que vivimos hasta que yo tenía cuatro años, y que se había venido abajo con el sismo”.
Tres días después, asegura, se enteró de José, un niño un año menor que él, amigo de juegos infantiles; el destino decidió que debían estar visitando a su abuela en su departamento del edificio Súper Leche.
En el momento en el que empezó a temblar, José y su madre salieron primero, el padre, la hermana y la abuela se quedaron rezagados. Cuando la madre llegó a la banqueta y volteó a ver si ya venían, el edificio de 10 pisos se le vino encima.
Horas después, aprisionada por una loza que le atoraba las piernas, la madre recobró el reconocimiento sólo para encontrarse con José con una piedra en la cabeza diciéndole lo mucho que le dolía. Sin poder hacer nada, la madre vio a su hijo morir.
“Posteriormente, mi madre me envió con mis tíos a Cuernavaca y desde ahí ya nadie me dijo de nada”, pero los recuerdos quedaron en mi memoria, imborrables, aún con dolor”, asegura Juan, quien ahora se dedica a la herrería.
Aun así, el sismo de 8.1 grados Richter de septiembre de 1985, que llegó furioso a las 7:17 de la mañana, cortando la existencia de más de seis mil seres humanos, “es el primer recuerdo real de mi vida. Aunque no lo sentí físicamente, pues la armatoste de un camión y la prudencia de un chofer me protegieron de ello, pero sí comprobé sus funestos resultados”, concluye Juan con un aire de visible tristeza.

Por: Carlos Soberanes /  [email protected]