Diario de Morelos
Copa Morelos 2016

La tinta del cronista - Y el tiempo regresó

Repasando por ene vez los voluminosos tomos de Historia General del Arte, impresos en Paris en M.CM.LII, bellos libros empastados en piel que me regalaría mi padre, me reencontré con un seca tinta, de esos que usábamos los alumnos de primaria para secar la tinta de nuestras plumas fuente, cuando la pluma atómica o bolígrafo no era todavía popular, y ahí lo había puesto yo a modo de señalador ¡más de medio siglo atrás!, y ahí mismo lo he dejado. Tocarlo me remontó a aquellas épocas de la Cuernavaca de mi niñez, a la de los años cincuenta. Esos seca tinta los regalaban los cines para promocionar las películas que proyectaban, cuando escribir a tinta era todavía artesanal. Como en Casablanca mi favorita, me hizo añorar otra tinta, aquella que elaborábamos con buganvilias machacadas con gotas de agua, con la que escribíamos cartas a las compañeras, tenía la ventaja que al secarse en unos minutos lo escrito desaparecía y no quedaba evidencia de nuestro amor ya ni tan platónico, lo que evitaba posibles burlas de nuestros compañeros. Otra más romántica era escribir con jugo de limón, cartas, que para poder leerlas era necesario pasarles un cerillo atrás del papel y lo escrito aparecía. Y estas formas de mensajear se extendieron a la secundaria, sumándose nuevas experiencias, como aquella cuando por las mañanas los amigos del rumbo nos subíamos al camión urbano, sentados siempre al fondo, camión que con sus movimientos avivaba instintos que abultaban nuestros pantalones y aun ya en el salón de clases y sentados en la banca practicábamos el levantamiento de libros, pero también le hacíamos al futbol americano, al soccer, al básquet, natación-buceo y mucha bicicleta. Bajábamos a las barrancas por lianas y raíces, escalábamos azoteas, practicábamos alto equilibrio corriendo sobre bardas, íbamos a la matiné, dos películas en las domingueras mañanas del Morelos antes y después de ser remodelado por primera vez, sentarnos por horas junto a la que nos gustaba era lo más ansiado, mano sudada, besos de chocolate, y de pronto… hábiles en botones y broches de gancho, oír en cabinas y comprar discos en la discoteca Yoli en la calle Guerrero, entonces discoteca era una tienda de discos, Los Plater’s, con Only you; Elvis, Blue suede shoes; Los Carpenter, Close to you; Guzmán, Tu cabeza en mi hombro-oo; Costa, Ahujetas (así) de color de rosa; Laboriel con Siluetas y Beatles con She loves you. En los paseos domingueros alrededor del Jardín de los Héroes hoy Plaza de Armas, que iniciaron mucho tiempo antes en el Jardín Maximiliano hoy Juárez -el del quiosco- donde todavía da serenatas la banda de música los días jueves y domingos. Pardeando el sol los hombres caminaban conforme a las manecillas del reloj y las mujeres en sentido contrario, costumbre conservada por más cien años en Cuernavaca, antes del porfiriato, cuando en esa época romántica de valses, fox-trots, y polkas entre estas surgió en 1896 “los muchachos por aquí, las muchachas por allá y sentados en las bancas los papás y las mamás”, pero ya en nuestro tiempo sin ellos, hombres y mujeres adolescentes nos encontrábamos cada media vuelta, eran unos segundos, las furtivas miradas embelesaban, miradas que entre los amigos nos ayudábamos a interpretar; pasando el grupo de chicas surgían los arrebatados comentarios; no te peló, te vio pero con ojos de no-me-interesas; otros más amigos alentaban, si, quiere contigo, llégale o te la bajan, no te va a esperar, fulano quiere y aquí anda, y aparecían los escalofríos, ¿cómo me le declaro, donde?, ¡pues a la salida pero mañana güey! ya no puedes esperar. Todavía en la secundaria, en 3º, llegó mi primer auto, una carcacha Ford 31, decían era de Eliot Ness aquel de Los Intocables, que mi padre me ayudó con tres cuartas partes para comprarla, en esos meses por las tardes yo trabajaba con mi padre cuando construyó los puentes del libramiento, y con esta entonces nueva vía, el tránsito carretero dejo de pasar por las céntricas avenidas Morelos y Obregón. Entonces dar La Vuelta al Jardín era ya en auto, como conductor me tocaba lado de jardín y así pasaba más cerca de las chicas. Cuando se nos hacía noche; ya joven Lavín, ya váyase a su casa, me decían afectuosamente los oficiales que vigilaban el Centro. La Vuelta al Jardín agonizaba en los sesenta cuando era común saludar a incontables personajes como a Siqueiros afuera de correos, a García Márquez en La Universal. Inmerso en aquella época, de súbito una descarga eléctrica me regresó de golpe al tiempo actual, era el teléfono, miro alrededor para ubicar donde me encontraba. Tratando de que aquel tiempo no se me fuera, recordé cuando un domingo estando en Catedral obligado a oír misa, me separé de la familia y me situé bajo el antiguo coro, a centímetros y de espalda a la gruesa pared, de pronto y en pleno medio día, una mano se asentó firmemente en mi espalda y luego de esto me dio un fuerte empujón, no había nadie a veinte metros, entonces la iglesia no se llenaba, el empujón me obligó a dar dos pasos al frente, no fue espanto, fue una amigable llamada a escuchar la misa que daba el mundialmente vanguardista obispo don Sergio Méndez Arceo auxiliado por el muy querido padre Nica ya viejo vicario de la Catedral. Por fuera, en ese grueso muro estaban varias lápidas de frailes que siglos antes ahí fueron sepultados, lápidas que retiró el obispo en 1957 cuando remodeló ¡LA! CATEDRAL, donde los cuernavacenses nos saludábamos cada domingo, ahora esto lo hacemos perdidos en las plazas comerciales.
P.D. Hasta el otro sábado.