Diario de Morelos
Copa Morelos 2016

Atril: Aquel paraíso que se nos fue

Tras una semana de trabajo, la diversión. Para empezar, los tacos en Plan de Ayala, denso el tráfico vehicular que se desplaza lentamente de poniente a oriente y viceversa. Son apenas las diez y el local está repleto de familias visiblemente contentas, parejas de novios acaramelados, grupos de muchachos ruidosos. En cuanto se sienta, Óscar ordena tres de chuleta. José opta por los de al pastor. “Quince, por favor, con piñita, unos frijoles charros y una cheve bien fría”, urge al mesero antes de justificarse con Óscar que lo mira con ojos de reproche: “Están bien chiquitos. El otro día me comí veinte y con trabajos me llené”. Luego, al bar de costumbre. “Para calentar motores. Quién quita y agarramos algo”, sugiere José. “Pues sólo que una pulmonía”. Ríen; lo hacen porque cuando se tiene lo necesario a la gente alegra cualquier nimiedad. Hay trabajo, casi todos lo tienen en la ciudad, no ganan mucho pero les alcanza. José trabaja en una oficina de gobierno y Óscar le ayuda a su padre en el negocio familiar, una tienda abarrotera heredada del abuelo. Cubren turnos matutinos y les da tiempo de estudiar en las tardes. El que va para arquitecto repite la broma al que sueña ser abogado: “Te vas a morir de hambre. Licenciados hay un chingo. Gritas en el Zócalo ‘¡licenciado!’ y voltean cien pendejos”. Carcajadas. Al rato, a la discoteca, presuntuoso el guiño de José en el momento de franquearle la portezuela a la güera que “levantó” en el bar: “¿No que no agarraba ni una gripa?”. Ahora son cuatro, despatarrado Óscar junto a la amiga de la chica güerita en el asiento trasero del Volkswagen humeante con tanque lleno de treinta pesos en la gasolinería del DIF. Abierta la pista a las doce, pronto se llena de parejas bailadoras, intercaladas las piezas aceleradas con las notas lánguidas de canciones románticas. Es la hora del  faje. Los muchachos beben, pero no todos y, estruendosa la música, el veinteañero “fresa” debe gritar a sus compañeros en la mesa minúscula: “¡Yo soy de dos y máximo tres! ¡Me gusta más el dance!”. En general las chicas toman poco, conversan oreja a oreja, manotean, ríen, coquetean; las atrevidas bailan solas sobre las mesas y todas van de cuando en cuando al tocador donde siguen de parlanchinas. José, Óscar, la rubita esbelta y la trigueña despampanante la han pasado platicando. “¿Bailar? ¡Ni que fuéramos osos!”, responden los dos riendo a cada requerimiento. Han resultado amigos. Conocidos, más bien dicho porque en Cuernavaca todos se conocen. (“Fulano es de tal familia, Zutano de aquella otra, ella hija de don Perengano, su prima vivió en el mismo barrio que yo…”). Todo perfecto si no fuera porque ya son las tres y hace un rato largo que debieron llevar a las muchachas a sus casas. Piden la cuenta, pero deben esperar media hora para que el mesero se las presente. Las chavas se inquietan. Salen de la disco, José se queja: “ya hace hambre”, y Óscar lo reprende: “¡pinche tragón!”. La avenida luce como si fueran las nueve, atestada de carros circulando en ambos sentidos con ellas y ellos rumbo a casa, maridos trasnochados temiendo la que se les va a armar, patrulleros somnolientos a quienes aburre la tranquilidad… Así era Cuernavaca antes. La gente que la vivió insiste: “Fue porque había seguridad, no como ahora, de robos en la calle y adentro de las casas, camionetas dejadas en tabiques, sirenas de patrullas y ambulancias día y noche”. Los meseros de los bares y cafés del centro se quejan en coro: “Cualquier viernes o sábado ganábamos mil pesos de propinas, y ahora con muchos trabajos cuando más nos llevamos doscientos”. Uno de ellos resume: “Pero todo se comenzó a descomponer hace ya como treinta años, poco a poco. Los chilangos dejaron de venir a ‘reventarse’ y las gringas hace años que no regresan. Desaparecieron el Harri’s, La Parroquia y El Viena. Hay un par de antros que sí se llenan, pero nomás. El centro no es lo que era. A las nueve comienza a irse la gente, y para las diez no se ve a nadie caminando”. El taxista que resulta filósofo también reclama: “Yo dejé de trabajar de noche; no hay pasaje, te arriesgas al salto, ya no sabes de quién cuidarte. Una vez levanté a una pareja, jóvenes los dos. Me dieron confianza. Ella llevaba un bebé en brazos, pero me asaltaron. Él chavo me puso una navaja en el cuello, me quitó ciento cincuenta pesos y mi celular”. Confía: “El otro día soñé que regresaba el antes y se iba el ahora. Nos quitaron todo. Soñar es lo único que nos queda”. ¿Coincide el lector cincuentón?.. ME LEEN EL LUNES.