Diario de Morelos
Copa Morelos 2016

De política y cosas peores: Vicios, padres y perdones

 

En cierto pequeño pueblo de Tamaulipas, bello estado donde hay ahora otro estado dentro del estado, había un señor cura que tenía un vicio. No era pederasta, ni trataba carnalmente con hombre o con mujer, ni se embriagaba en tristes borracheras de buró. Su vicio era el dominó. Ese juego es al ajedrez lo que la cumbia a la ópera, pero sus combinaciones enloquecían al presbítero en tal modo que dedicaba por lo menos dos horas cada día a su entretenimiento. Lo dominaba como maestro consumado; era el Lasker, el Capablanca o Kasparov del dominó. Conocía a la perfección el argot, jerga, caló, jiria o tatacha del juego. Sabía que “la Kitty de Hoyos”, “el queso gruyer” o “la cacariza” es la carreta de seises (al cacarizo o picado de viruelas se le llamaba en el pasado siglo “la mula de sietes”); que “la encuerada” es la carreta de blancas; que “el catre” o “cuajo” es el cuatro; que “dar changüí” es jugar con la intención de dejarse ganar, y que “ponerle número a la casa” es anotar cuando ya te ibas a quedar “zapato” o “zapatero”, esto es a terminar la partida sin haber obtenido un solo punto. Afrontaba un problema el señor cura: el único lugar del pueblo donde se jugaba al dominó era la cantina, sitio que ciertamente no se podía contar entre los santos lugares. Vencía sus escrúpulos el párroco –las tentaciones son para caer en ellas-, y diariamente iba a las 12 horas en punto a “La sacristía”, que tal era el nombre de la taberna. Se lo puso su dueño a petición del sacerdote. Así, si el señor obispo le hablaba al padre por teléfono, la encargada de la oficina parroquial podía decirle al dignatario sin mentir: “El señor cura está en La sacristía, Su Excelencia. Voy a llamarlo”. Tenía el tonsurado tres amigos; con ellos hacía el cuarto de dominó. Cierto día –desdichado día- su compañero usual faltó a la cita. El prebendado se afligió: ¿iba a perder el juego? Primero se perdería la eterna bienaventuranza o, más importante aún, la comida de langostinos, cauques, piguas, chacales, camarones de río o acamayas que Pascuala, su sabia cocinera, le preparaba los domingos y fiestas de guardar. Volvió la vista y vio en la barra de la cantina a un mocetón que, solo, bebía su Palfísico. Así llamaban los parroquianos a la rica cerveza Pacífico. Fue hacia él y lo invitó a hacerle el cuarto en el dominó. “Discúlpeme, padre –respondió el muchacho-, pero no sé jugar”. “Es la cosa más fácil del mundo, hijo –argumentó el presbítero-. Es más fácil que el pecado. Aprenderás en menos que se persigna un cura loco”. “Le digo que no sé jugar –repitió el joven-. Conmigo va usted a perder”. “Anda, ven –porfió el párroco-. Una de las obligaciones del creyente es acatar los designios del Señor, o en su lugar de sus ministros”. Velis nolis se sentó el muchacho a jugar como compañero del sacerdote. Excuso decir el resultado: se apostaba dinero, y los rivales del cura y su aprendiz les pusieron una zapatería de padre y señor mío. El ministro del Señor por poco pierde hasta la sotana. Se levantó de la mesa hecho una furia, y con ignívoma iracundia le reclamó al novato su crasa ineptitud; le dijo que por su pendejez había perdido las limosnas de toda la semana. “Perdóneme, señor cura –se disculpó, contrito, el infeliz. “¡En la iglesia te perdonaré, cabrón –le contestó en paroxismo de cólera el presbítero-, pero aquí vas y chingas a tu madre!”… Somos humanos –aproximadamente-, y nadie es perfecto, sobre todo en materias menos inocuas que la del dominó. Por ejemplo, las cosas de la carne. De la cintura para arriba todos somos buenos, pero en la parte sur no tanto. Recordemos aquella copla oaxaqueña que la Inquisición prohibió en tiempos de la Colonia. Decía a propósito de los Diez Mandamientos: “Si no se quita el noveno, y el sexto no se rebaja, ya podrá Diosito bueno llenar su cielo con paja”. Todos, o casi todos, tenemos en el clóset un esqueleto que tarde o temprano saldrá a luz. Lo que de noche se hace de día aparece. Eso es especialmente cierto en tratándose de amores: los de los perros siempre se ven, los de los gatos siempre se oyen, y los de los hombres siempre se saben. Pero ya lo dijo Perogrullo: una cosa es una cosa, y otra cosa es otra cosa. Si mis cuatro lectores me guardan su atención, mañana diré a qué viene todo este largo exordio, prolegómeno, limen, introito o prefación… FIN.

 

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