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Conserva en sus manos el arte Tlacuilo

 

CUERNAVACA, MORELOS.-  Su trazo es perfecto, conoce los colores, los aplica, sombrea, dibuja las sombras; él es pintor, dibujante, artista y, sobre todo, tlacuilo.
     Así se denomina Mario de la Rosa, proveniente de Tlacuiloya, un pueblo que se localiza en el municipio de Tlapa de Comonfort, estado de Guerrero. Mario crea y vende sus artesanías a un costado de la Plaza de Armas.La palabra tlacuilo es un derivado del náhuatl, su significado es “escriba, pintor o sabio”, es decir, “el que escribe pintando”.

Desde tiempos remotos, los tlacuilos eran hombres y mujeres hábiles en el dibujo, a quienes desde edad temprana se les instruía en el conocimiento profundo de su pintura, lengua y cultura.

Cosmovisión indígena
La inspiración de Mario nace de la cosmovisión de los pueblos indígenas, y lo ha llevado a ganar múltiples reconocimientos.
“Somos merecedores desde 1997 del premio en arte popular en México, con una medalla de oro, nosotros pintamos en papel amate, que es conocido a nivel nacional e internacional, porque exportamos las pinturas más importantes de la cosmovisión indígena”, asegura.
“Observamos cómo se trabaja el campo y la siembra de la cosecha de maíz, a lo que nos dedicábamos antes, sobre el trabajo de las ofrendas, todo lo que vemos lo plasmamos, y es lo que venimos pintando, lo que soñamos y lo que vivimos”, añade.
El artesano recuerda que su  interés por la pintura comenzó a los 10 años, al observar a su padre y abuelos.
“Mi papa y mis abuelitos trabajaron mucho tiempo el papel amate y el barro prehispánico, es como venimos heredándolo, así aprendimos a pintar paisajes y la tradición del pueblo, como las historias de las ofrendas, de la Santa Cruz del Miquiztli, y las bodas tradicionales que se hacen en Guerrero”, agrega De la Rosa.
“Mis hijos me observan cuando estoy trabajando y les gusta aprender lo que yo les enseño, tengo un niño de 12 años, ya va mejorando su trabajo, se fija cómo lo hacemos, lo intenta y le sale bien”, comenta.
En medio de un pasillo lleno de dulces y artículos típicos, Mario, de 36 años, junto a sus  tres hijos, comenta: “Cada obra es diferente y todas las piezas tienen algún tema y significados distintos, por cómo se hace el barro y cómo se prepara. “Los costos varían, el más barato es 70 pesos y el caro hasta los 800 pesos”.

Tradición en peligro
Sin embargo, esta tradición prehispánica se topa con dos grandes obstáculos: la primera, la falta de un lugar para exponer su trabajo, y el precio de los materiales que emplea.
La otra, es la competencia desleal. “Por ejemplo, aquí en el mercado de artesanías, hay algunos que  no realizan el trabajo a mano le sacan copias y luego lo pegan en el barro, la gente se da cuenta en la calidad y que varios tienen el mismo diseño, pero finalmente el costo repercute en la venta del producto”, concluye.

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