Marcelo Ebrard escucha unos gritos, se levanta y para asomarse desliza apenas lo suficiente la cortinilla del ventanal blindado de piso a techo en el Palacio del Ayuntamiento. Sin ninguna presión encima, está dedicado a organizar conciertos y contiendas deportivas.
Del otro lado de la Ciudad, en el sur, seis amigos casi cuarentones platican durante una fiesta nocturna. Un cirujano, un abogado, un alto ejecutivo, un constructor, un asegurador, un financiero. Una cuba, una Coca-light, dos vodkas, dos whiskeys.