La tribuna está fría. Los ¡sí se puede! mexicanos y las batucadas brasileñas se ahogan en la inmensidad de Wembley y sus 86 mil asistentes.
La mayoría son ajenos: no más de un 15 por ciento de las butacas están vestidas de amarillo o de verde. Los aficionados compraron su boleto meses antes de saber que la final por la medalla de oro del futbol olímpico sería entre México y Brasil.