El relato de doña Elvira, residente de la colonia Flores Magón, de Cuernavaca, no decrece. Antes bien, aumenta por momentos. Así, platica que se quedaron otras dos horas a la vera del camino, pero escondidos, en espera del coyote que había salido “disparado” tratando de huir de la Border Patrol. Hasta que lo vieron venir caminando, raspado de la cara y, sobre todo, sin auto.
“Me lo quitaron esos jijos y se lo llevaron. Hay que movernos rápido de aquí porque no estamos seguros”. Y así, caminaron para encontrar un puente o un paso por donde atravesar la ancha autopista de seis carriles.
Doña Elvira continúa: “Al fin llegamos a un drenaje de tubos anchísimos, como pasos de agua, que atravesaban por debajo la carretera. Ya se venía el agua, nos guarecimos como pudimos y a la espera de que pasara el chaparrón. Estábamos a oscuras, cuando sentimos que pasó la lluvia, seguimos caminando, y al fin vimos una luz al final. Salimos, y a seguirle en esa dirección hasta llegar cerca de una estación de servicio.
Estábamos empapados. Mi nietecito creo que hasta temperatura traía. El guía, que esperaba con el pollero a que llegaran por nosotros, antes de regresar a México, se prestó para ir a comprar dos galones de agua, unos burritos, jugos y galletas. Le dimos 20 dólares. Yo traía unos centavitos metidos en el brassier, bien guardados. Cuando terminamos de comer, nos arreglamos un poco como pudimos y al fin llegaron por nosotros. Esa espera fue maravillosa, de pronto volteamos mi hijo y yo, y vimos como 20 venados de todos tamaños en lo alto de una pequeña loma, observándonos, lo sentí como una buena señal de que todo saldría bien. En un descuido, desaparecieron, justo cuando aparecieron 2 autos junto a nosotos.
´¡Pronto, súbanse!´, nos urgían, y ´¡agáchense!´. Ya íbamos rumbo a Phoenix. El peligro había pasado. En esa ciudad llegamos a una “traila” -un terreno con casas remolque-. Mi hermana y yo llorando, ya no nos veríamos, ella se iba rumbo a Los Ángeles a ver a su hijo y nosotros a Chicago, todavía nos esperaba un largo tramo.
En ese lugar había cocina, cocinero, mucha gente que subía y bajaba, todo al servicio de los migrantes. Mi hijo pudo al fin llamar por teléfono a su casa, estaba reunida toda la familia esperándonos. Una vez que supieron dónde estábamos, pidieron que no nos moviéramos de allí, que un primo y un tío vendrían por nosotros en 2 carros nuevos que les prestaron unos amigos para no despertar ninguna sospecha. Y ahí, antes de abordar los autos con la familia, le pagamos al pollero 800 dólares por cada uno de los adultos y 300 por cada niño. Finalmente, nos cobró 3 mil dólares, que si por el pago extra al gu&iac
