Diario de Morelos
Copa Morelos 2016

Teodolito: Desmitificar y mitificar...

No me cansaré de repetir el comentario de Carlos Monsiváis respecto al año de Juárez celebrado hace más de treinta años…“Nunca se dijeron más estupideces de Juárez como en su año”. En nueve meses en los que se realizó la celebración del bicentenario de la Independencia y el centenario de la Revolución vimos de todo y algo más. Doy inicio con la sentencia de los dueños de la verdad absoluta: “no hay nada que celebrar, los dos movimientos armados valieron madre, el país está más jodido que antes; vamos rumbo al caos”. ¡Patético! Baste ver la pose que adoptan. Cierto es que las celebraciones estuvieron llenas de desorganización y de un profundo desinterés de parte de los que tuvieron la profunda responsabilidad del lucimiento y trascendencia de los eventos conmemorativos de tan importantes gestas heroicas (de hecho Cuauhtémoc Cárdenas se deslindó de dicha responsabilidad a tiempo). Por ejemplo bastaron quince minutos de pólvora quemada, una proyección sobre la catedral metropolitana que por su esoterismo el pueblo ni lo entendió, o el enderezamiento de un tremendo muñecote denominado el coloso, que en un principio pensé lo quemarían y harían estallar como judas, pero que ya de pie no encontré causa alguna para haber invertido una millonada en su manufactura, amén de su extraordinario parecido con el tristemente célebre presidente de las botas de charol. Aunque todo eso lo he digerido con un poco de bicarbonato de sodio, lo que no comprendo es la campaña evidentemente financiada no se por quién, para “desmitificar” a los héroes nacionales y “mitificar” a malandrines y dictadores. La palabra “desmitificar” significa según el diccionario de la lengua: “hacer que alguien o algo deje de ser un mito”. Saco a conclusión de que todo lo que me han enseñado o he aprendido de la historia de México es un mito. Pero eso es lo que menos importa; si mis conocimientos acerca de los héroes nacionales son producto de un fraude y en cambio doy paso a los descubrimientos de los nuevos agoreros del fracaso para sentirme realmente documentado sobre el tema, eso sí es importante; quiere decir que estoy actualizado aunque los que me estén transmitiendo la información, sean unos verdaderos mamarrachos. Presencié una discusión por televisión “cultural” de más de dos horas de duración, respecto a que si “el Pípila” había en realidad existido o era producto de una masturbación mental de guanajuatenses drogados. Otros argumentaban también en un coloquio de frívolos intelectuales de café, que Narcizo Mendoza, nuestro presumible y morelense “Niño Artillero”, tampoco había prendido la mecha del cañón, aquel que provocó la retirada realista de la ciudad de Cuautla, que ahora no se si también debo quitarle la famosa “H” con la que la conozco desde hace sesenta y cinco años, que tengo de vida. Y leo pasmado: “El propósito del filme Hidalgo, la historia jamás contada, que se estrenó meses atrás, es bajar del pedestal al Padre de la Patria, pero eso mismo impediría que la Secretaría de Educación Pública (SEP) recomendara a los niños irla a ver. “Eso lo piensa Demián Bichir, a pregunta expresa, quien da vida a este cura en su faceta de bailarín, amante de la música, con hijos y con mujeres a su lado. “Claro, la versión que se pasaría en escuelas, contemplaría eliminar la única escena erótica que hay entre Hidalgo y una mujer (interpretada por Ana de la Reguera)”. ¿A quién beneficia ésta obligada desmitificación? Más aún ¿Quién la solicitó? ¿Qué sector de la población está interesado en llegar a tan importantes verdades? Durante uno de mis tantos viajes a Cuba, me conmovió estando en uno de sus tantos museos, ver en caja de cristal, una carterita de cerillos donde Castro había enviado un  trascendente mensaje a uno de sus generales durante la revolución cubana. Era obvio lo joven del movimiento armado cubano, para rendir pleitesía a tan insignificante objeto. Pero era ya un símbolo de identidad para los antillanos. El historiador (éste sí) don José Herrera Peña escribe un artículo titulado “El Pecado” que textualmente dice: “A pesar de ser conocido por la historia como José Ma. Morelos y Pavón, su verdadero nombre es José María Teclo Morelos Pérez. Consta en su acta de nacimiento. No es Morelos Pavón. Menos Morelos “y” Pavón, que denota cierta nobleza, como la que ostenta el juez Abad “y” Queipo, hijo de un conde español; ilegítimo, si se quiere, pero de estirpe aristocrática. A pesar de todo, su nombre de batalla triunfará sobre la realidad legal y, obedeciendo a sus deseos, la posteridad lo nombrará Morelos “y” Pavón, no Morelos Pérez, ni siquiera Morelos Pavón”. Y se anuncia en éstos días la proyección de una serie televisiva y la presentación de un libro intitulado “Cien años sin patria” con datos míticos (eso sí) del dictador y multihomicida Porfirio Díaz tratando (eso sí) de mitificar la personalidad de un hombre que desde el principio de su mandato, fundamentó éste en la traición, la tiranía y el homicidio como fundamento de su gobierno. Baste ver cómo llegó a la presidencia a través de un golpe de estado y como se fue en calidad de expatriado por traición a la Patria. Y no es personal éste comentario, prácticamente todo el pueblo está en contra de repatriar los restos de Díaz. Pongo un ejemplo reciente: una estatua de Porfirio Díaz que fue develada en Orizaba, Veracruz, ha causado polémica entre los pobladores y usuarios de redes sociales. En el Parque Bicentenario de Orizaba, el alcalde de ese municipio, develó la estatua con motivo del centenario de la muerte del general, de quien dijo dedicó 65 de sus 85 años de vida para defender a la patria, “aunque como cualquier persona humana tuvo errores”. Sin embargo, los habitantes de Orizaba se manifestaron en contra de la develación de la estatua y durante el evento gritaron consignas como “traidor”, “dictador”, “asesino”. Además, los manifestantes amenazaron con tirar la estatua. Me quedo con lo expresado por  Emilio Maillé, quien realizó la producción televisiva: hablar de Porfirio Díaz no sólo es tocar temas de polémica, también es abordar “al héroe, al traidor, entre comillas, y si las contribuciones que hizo en México fueron importantes y luego como el poder hace que él se desmorone, entonces la televisión tiene algo fantástico que es seguir viendo la historia e interpretarla con mucho rigor”, dijo respecto al documental que da la oportunidad a cada espectador de dar sus propias conclusiones. ¿Cuál es la suya? Sin tomar en consideración la publicidad mitificadora de televisa al respecto, porque es Enrique Krauze el hijo putativo de ésa televisora el que ha impulsado éste movimiento entre la élite burguesa del país.  ¿Cuánta polémica crónica? ¿No cree usted?