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Se niega Margarito a perder sus raíces

SAN DIEGO, CA.


Conclusión


“Aunque estábamos apretados, durmiendo tres en una cama y muchos más en el suelo, ya no me sentía solo. Había encontrado a Inocente, mi antigua amiga de Pitzotlán, Morelos. De allí, ella encontró trabajo en una casa cuidando un niño y como le daban un cuartito para dormir, pues al poco tiempo yo ya me mudé con ella con el permiso de la señora, que era mexicana y muy comprensiva con nosotros. Y ya acostado en un buen lugar por primera vez, me pasó que me despertaba desorientado sin saber ni por dónde salía el sol, hasta que me acostumbré. Fui cambiando la naturaleza por mi nueva vida.
“Ella ganaba un poquito más que yo y fuimos ahorrando, porque en el transcurso ella también se embarazó o, mejor dicho, yo la embaracé. Tuvimos de inicio muchos problemas. Fueron cuatro meses terribles que ella pasó sola, porque yo me iba a trabajar y la patrona también; pero como estaba muy flaquita y muy deshidratada, el doctor nos dijo: ‘les dejo la decisión de tenerlo o no’, y esperó. ‘Yo te apoyo -le dije a Inocente-, pero como no estoy en tu cuerpo no puedo decidir por ti. Tú eres quien tiene que decir y te apoyo como venga’. El doctor americano sólo nos oía. Los dos llorábamos y por fin mi esposa se decidió a tenerlo y en ese momento se compuso, se comenzó a poner bien bonita, empezó a comer bien, su cuerpo fue aceptando tanto la comida como la idea de tener un hijo.
“Y nació Jonathan, sano y bien bonito. Pesó 7 libras 11 onzas. Tres kilos pasadito. Seguimos un tiempecito allí y bueno, Lya, al irle narrando mi historia, no puedo evitar las lágrimas. Se me juntan varios sentimientos, todos encontrados, por lo que tuvimos que pasar y de afrontar. Fueron años muy duros en los que sufrimos mucho y, ahora, esas lágrimas se confunden con la felicidad porque pudimos pasar esa época y ahora estamos ya bien establecidos. Tenemos, además de Jonathan, a mi hija Gabriela, a quien le puse el nombre de mi madre que se quedó en el pueblo. Nuestros hijos ahora tienen 23 y 14 años. Ellos hablan bien el inglés, pero procuramos que no olviden el español, nuestro lenguaje original,  que viene siendo una mezcla de palabras nahuas o aztecas y español.
“Llevo varios años intentando un negocio de mecánica automotriz y por las tardes continúo con mi trabajo de cocinero, porque me gusta y porque el taller aún no prospera lo suficiente como para vivir de él. Seguimos viviendo en San Diego y tanto Inocente, mis hijos y yo, tenemos ya papeles, somos ciudadanos americanos. Nos llevó varios años, fue un proceso largo pero lo conseguimos, y cada que podemos agarramos pa’l pueblo con todo y nuestros hijos. A pesar de la vida tan  diferente que llevan en esta ciudad, les gusta ir. A mi mamá pudimos ya mudarla para que no estuviera aislada. Ahora vive en la col. Adolfo López Mateos del municipio de Tepalcingo con un nieto que la acompaña para que no esté sola. Tiene 84 años y le da muchísimo gusto vernos.
“Si pasa un tiempo largo sin ir, ella nos habla por teléfono cuando las añoranzas son muchas y, pues, no la olvidamos. Tengo esa fortuna grande, la vida me permitió ver por mi viejita, primero a la distancia y, ya con papeles, voy y vengo cada que puedo. Además, llevo 20 años apoyando a nuestra comunidad. Ya hasta construimos puentes donde antes había vados, y calles, donde había pura tierra; además pude hacer una donación para iglesias para que cuando mi madrecita vaya a misa, piense: esta iglesia la ayudó a construir mi hijo. Y cuando muere alguien del pueblo, hacemos coperacha en San Diego y mandamos unos 2,000 dólares a las familias, y es que las raíces de nacencia no se olvidan. Aquí habrá mucha modernidad, pero la felicidad que sentimos al ir al pueblo es grande, bien grande. Cada vez que voy recorro el cerro donde vivíamos y apunto los árboles que lo rodean, tengo ya 70 nombres, entre árboles, arbustos, plantas y flores. Mire, en este momento me acuerdo de tecohuixtle, huayacan, cola de coyote, San Pablillo, cebollejo, tapaqueso, canelillo, los cacachis que son algo así como pochotes, se los quiero dejar apuntados a mis hijos para que nunca los olviden, y eso que mi tierra es un lugar seco. Y bueno, un día por Internet conocí a Pablo Castro, a través de clubes morelenses. Me hizo una invitación y ahora ya formamos una Confederación de Morelenses en Estados Unidos y Canadá, y ahí la llevamos, ¿cómo ve?, termina la plática riendo.

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