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No tenía conciencia de la pobreza

Primera parte

“Mire usted, soy originario de Pitzotlán, Mor. (cerquita de Tepalcingo). De niño, le daba yo beneficio a la milpa de temporal y ayudaba a pasar la yunta de bueyes. Es que mi mamá, que crió sola a sus tres hijos, tenía muchas carencias. No había luz más que la del quinqué. A los seis años me iba caminando hora y media a la escuela “Lázaro Cárdenas", en Tepalcingo y a la salida igual de regreso a casa. En cuanto llegaba, cuando bien nos iba, había frijolitos, tortillas y salsa de chile pahuaxtle (chile criollo ya seco)”.
Cuando escucho a este hombre, hoy, alrededor de 45 años, narrando con tanta claridad la realidad del campo pobre alejado de toda ayuda gubernamental, pienso: ¿A dónde se van todos los planes, proyectos y presupuestos que no alcanzan a llegar completos a un territorio pequeño como el de Morelos? La voz de Margarito me saca de mis pensamientos y le escucho decir a través del teléfono: “Hay tanto que contar de mi pueblo; por ejemplo, nuestro chicle era una pequeña bola de resina de amate, la revolvíamos con un poco de masa y nos pasábamos horas masticándola; pero aunque jugábamos casi todo el tiempo, ayudábamos por la tarde en los quehaceres de la casa: cortábamos algo de leña, traíamos los caballos del potrero de temporal y los encerrábamos en un corral pegado a donde vivíamos. Con todo, fíjese que fue una infancia feliz, porque en ese tiempo no tenía yo conciencia de si había necesidades o no. Éramos tres hermanos. La casita estaba a la orilla de una barranca, era de adobe y tejado unido por ixtle de maguey. Nunca la he olvidado y cada vez que voy, porque ya tengo la nacionalidad americana -dice con la voz un tanto apagada-, recorro todos los lugares por donde anduve de chiquillo”.
-¿Porqué la voz apagada?, ¿Qué recuerda?,- pregunto.
“Es que fueron grandes las humillaciones que pasé en los primeros trabajos que conseguí, ya le contaré más adelante. No fue nada fácil lograrlo.
“Así crecí. Nuestros juguetes eran carritos que hacíamos de acahual (planta que nace de temporal en los campos de milpa, como de dos metros y medio, con una flor amarilla). A los marranos, que no eran nuestros, les encantaba comerla; pero nosotros les ganábamos algunas para hacer juguetes pues. Verá –me dice-, la cortábamos, por dentro es como colchoncito y hacíamos carritos como carretillas donde llevábamos piedritas de un lado al otro. Nos colgábamos de los árboles, de los temecates (lianas) y caíamos en blandito porque poníamos gehuites como colchón debajo. Así pasó el tiempo, pero al crecer pude ver que a mi madre no le alcanzaba con lo que sacábamos de la milpa. Como en ese entonces usábamos el trueque, nos íbamos a cortar fruta de algunos árboles y cambiábamos pitayas, guajes y limones  por manzanas, jarros de barro para el té de limón (porque el café casi ni lo usábamos).
“Estaba yo todavía soltero, tenía 21 años, pero no había trabajo para muchachos del campo que ofreciera alguna ganancia. Así que se me presentó la oportunidad de irme pues al otro lado con un amigo en ese entonces, ahora es mi cuñado. Y nos fuimos en el camión de pasajeros de Tepalcingo a Cuautla, de ahí a México y luego a Tijuana. Y verá, al ir dejando atrás mi pueblito, veía yo los árboles pasar como un sueño, como una incógnita de cuál sería mi porvenir.”
-Margarito, ¿nunca se ha puesto a escribir sus recuerdos de vida? Narra usted bien bonito sus recuerdos-.
“Anteriormente tenía yo la idea de redactar un libro de todo lo que se vive en el campo, pero nos venimos acá y pues todo se quedó atrás, igual que se quedó atrás mi madre con algo de familia. Ahora, que varios de su famiia estamos aquí, duerme con ella uno de sus nietos. Ella no se adaptaría a dejar su tierra. La recuerdo como una mujer fuerte, muy luchona, que trabajó mucho por sacar adelante a sus tres hijos ella sola. Disculpe –me dice– que llore. A ver pues, esos recuerdos duelen".

 

"Hay tanto que contar de mi pueblo; por ejemplo, nuestro chicle era una pequeña bola de resina de amate, la revolvíamos con un poco de masa y nos pasábamos horas masticándola, pero aunque jugábamos casi todo el tiempo ayudábamos por la tarde en los quehaceres de la casa."

(Continuará)

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