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No se lo deseo a nadie: Margarito

San diego, Ca.- A medida que esta entrevista avanza, es curioso, pero la voz de Margarito nunca pierde su optimismo. En ocasiones, la emoción aflora a su voz, sobre todo cuando recuerda su pueblo, su casa de adobe, a su madre criándolos con su pobreza y su ternura con los hijos. Contagia su tristeza o alegría al otro lado de la línea, donde pregunto y escucho a veces sus lágrimas; otras sus silencios entre comentarios que salen, a veces como borbotones, otras no. Así, van fluyendo las palabras y, con ellas, sus experiencias. De risa pronta, Margarito, que platica en estos momentos cerca de donde se encuentra parte de su familia, ríe cuando le hacen alguna broma respecto a nuestra plática. Y yo río con él. Me involucro en los comentarios, y al rato ya estamos en una conversación compartida. Pero luego, volvemos a la plática.
“Sin dinero llegamos a Tijuana, sólo nos alcanzó para llamar por teléfono a San Diego para que nos fueran a traer. Allá ya estaban algunos primos y cuñados. El día fijado nos pasamos por el campo y a correr se ha dicho, eso sí, unos 10 minutos pero recio. Llegamos a un camino de terracería y ya estaba un carro esperándonos. Esto fue hace 24 años, en el 88, entonces estaba yo de a tiro joven. Y lo de todos, llegamos a acomodarnos con algunos primos, hasta que nos consiguieron trabajo al principio, sólo dos días a la semana, ganando un promedio de 4 dólares con 25 centavos, lo que para nosotros era mucho. Comencé limpiando, aspirando, sacando basura, barriendo en casas de americanos.
“En una de ellas, tuve una experiencia que no olvido. La señora, hablando en inglés, yo sin entenderle y sin saber cómo usar la aspiradora y los líquidos que usaban para limpiar y, pues, la situación fue empeorando y al poco rato que se desespera, comienza a dar de gritos y yo seguía sin entenderla hasta que me jaló de la camisa, me bajó a empujones por la escalera, me sacó violentamente cerrando la puerta de un portazo detrás de mí. Ese día me sentí humillado como nunca me había sentido. Me quedé como paralizado sin saber qué hacer. Me acordaba de mi pueblito Pitzotlán, allá por Tepalcingo, de mi pobre casa y extrañaba mucho a mi madre y el pobre mundo en el que vivíamos. Pero llegó un compañero y, al verme tan ahuitado, me pasó su brazo por el hombro y me dijo: ´no te preocupes, esa mujer está loca. No sabe lo que hace. No tiene paciencia ni corazón´. Entonces agarré aire y me dije: tengo que salir adelante.
“De a tiro, ese tipo de situaciones no se las deseo a nadie. Son muy duras, pero luego conseguí trabajo en un restaurante de lavaplatos y ahí me seguí de preparador (preparando comida), todavía no hablaba inglés, pero ahí no era tan importante. Hacía yo enchiladas y burritos de frijol con queso, salsa ranchera y una charola de vegetales cortados en tiritas. Ya me pagaban unos centavos más, 4.65 la hora. El problema en ese lugar era el hambre que tenía yo todo el tiempo.  Llegaba y me encontraba con un altero de platos y sartenes, y al poco rato ya tenía yo hambre y no podía comer. Había un manejador que era de Cuernavaca y, un día que tenía mucha hambre, se me hizo fácil agarrar un burrito que sobró de un plato que regresaron a la cocina, y cuando le di la primera mordida, me sorprendió, me arrebató el burrito y lo tiró al bote de la basura con la orden de que ahí no se podía comer. Me lo dijo enojado, molesto. Yo también me sentía muy mal por el hambre y sólo me la aplacaba con agua o soda. Y seguía trabajando 6, 7 horas sin comer.
“Así estuve unos seis meses, hasta que encontré otro trabajo más mejor en donde me pagaban 5 dólares la hora. Ya iba subiendo. Me sentía yo bien orgulloso, pensaba: ´si me viera mi madre, qué gusto le daría´, pero ahí todavía no le podía mandar dinero. Trabajaba mis 8 horas y me daban mi comida: ensaladas, quesadillas, nachos o hamburguesas. A pesar de todo, extrañaba yo mis frijolitos y mis salsas que hacía mi mamá Gabriela y los jumiles, crudos, asados o en salsa macha, con puro chile, pues. Pero me sentía muy solo. Afortunadamente, poco después me encontré con una antigua amiga de mi mismo pueblo, se llama Inocente. Yo tenía 21 años y ella 22. Comenzamos a tratarnos como novios y decidimos juntarnos porque en la casa donde vivíamos éramos 15 ó 16 personas que dormíamos en dos recámaras. Ahí estábamos, como dicen en pocas palabras, revueltos. Yo dormía en medio de la cama, mi mujer de un lado, de mi otro lado un compañero, y en el suelo había más.
(Continuará)

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