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Negligencia en el Consulado mexicano de San Francisco

San Francisco, California. -Mucha es la negligencia y falta de atención de parte de las empleadas del Consulado mexicano de esta ciudad. A principios del mes pasado, llegué a las seis en punto de la mañana para la renovación de mi pasaporte mexicano. Ya había unas 50 personas delante de mí e iban llegando otras. Como a las 10 de la mañana al fin pude entrar al edificio y recoger el número que correspondería a mi llamada. Entregué mis documentos a una de las dos empleadas que atendían en las cerca de diez ventanillas que había, y que permanecían sin atención, y tomé asiento.
Un viento frío calaba todo el cuerpo. Muchas señoras con niños en brazos o en carriolas tiritaban de frío en una de las banquetas de la calle Fortson, donde se encuentra el Consulado, y al voltear la esquina, ví una enorme cola que daba la vuelta en la otra esquina. Dieron las doce, la una y las dos de la tarde y no me llamaban, las dos empleadas importándoles un comino nuestra situación y la de todas las madres que iban con sus hijos, se distraían conversando entre sí, tomando café y comiendo galletas, limando o pintando sus uñas sin percatarse del enojo colectivo de la gente dentro y fuera del edificio.
Delante de mí, una anciana señora como de 70 años de edad me hizo plática: “Yo cada año hago mis ahorritos para viajar a México a visitar a mi familia y amistades y pasar el Día de Muertos en mi pueblo. Tan pronto llego, ayudo a hacer el altar con flores y participo en la preparación de la comida y ofrendas para aguardar por mis "muertitos". Espero a mis padres, a mi esposo y a una hija que murió de parto. Es muy bonito señor, convivir ese día con los seres queridos que ya se nos adelantaron. Yo no voy a México en Navidad, ni tampoco en Semana Santa, pero estos días de muertos no me los pierdo. Aquí los gringos no celebran esta fecha, celebran a las brujas y todos se visten de monstruos, a ver, qué visiones son esas.”
Una señora con dos niñas y un niño quería viajar a México con sus pequeños para que aprendieran esa tradición y no olvidaran sus raíces. “Y claro -me dijo la señora-, el Día de Muertos es una tradición muy hermosa. Día en que uno cree que desde el más allá viajan los seres queridos para visitarnos y si uno no está con ellos en el terruño, puede ser que regresen desconsolados porque crean que ya nos olvidamos de ellos.”
Entrada ya la tarde, seguía yo sin escuchar mi número. Me acerqué a una de las dos empleadas y le pregunté a una de ellas qué pasaba con mis documentos, de mal humor me dijo que la culpa era mía, yo que llegué a las seis de la mañana y que debía de dormir en la banqueta para estar más cerca de la puerta cuando la abrieran.
Sería bueno que el cónsul general de México en esta ciudad, de vez en cuando, deje su cómoda oficina y se diese vueltas para supervisar la atención que brindan sus dos empleadas que a todas luces son insuficientes o debía de instalar una cámara oculta para ver en qué pierden el tiempo en lugar de atender diligentemente a los paisanos. No es justo que si las autoridades americanas nos ven con malos ojos, también hagan lo mismo los connacionales.

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