1ª. Parte
Entrevistar a Javier de Jesús Moyado, oriundo del mero Centro de Cuernavaca, es toda una eseñanza de lo que la voluntad logra cuando uno se propone avanzar en la vida. Al contestar el teléfono, casi inmediatamente entramos en confianza y, casi sin sentir, comienza la entrevista:
“Nací en la calle de Zarco, en la vecindad de Picho Arenas. Mi condición económica en Cuernavaca era paupérrima, por lo que hube de comenzar a trabajar a los 16 años de ayudante de mecánico automotriz, pero en aquella época eran principios de los años 80, ganaba yo 12, 15 pesos a la semana, y ya era una ayuda, pero imagínese”, me dice.
“Mi papá fue fotoperiodista en los años 60, trabajó para don Pepe Gutiérrez en su periódico La Voz, en el periódico el Avance de Morelos y en el Correo del Sur. Su nombre era Crescencio de Jesús Atrisco, yo me sentía muy orgulloso de él. Pero la precaria situación económica en la casa seguía, ya tenía yo esposa y dos hijos para ese entonces, así que un buen día tomé la decisión de emigrar de mi país y buscar lo que se llama “el sueño americano”, pero le juro, Lya, que fue la pobreza lo que me orilló a salirme de mi casa, porque éramos pobres pero muy unidos. Me despedí llorando de mi madre”…De pronto dejo de escuchar su voz y percibo un llanto quedo pero profundo, y es que al recordar la despedida de su jefecita y del resto de su familia no puede evitar las lágrimas. Yo, del otro lado del hilo, también me emociono. Como puedo lo tranquilizo poco a poco.
Pasan unos minutos, con dificultad regresamos a la plática. A manera de explicación le escucho decir: “Dejé a una esposa y a mis dos hijos pequeños. Realmente me costó mucho separarme de toda mi gente y me fui sin dinero, arriesgando mi vida, de aventones, no tenía yo ni para el camión. Tardé como 13 días en llegar a Tijuana. Ahí contacté con una persona que me ayudaría a cruzar por el cerro sin necesidad de pagar un coyote. Caminamos dos días a campo traviesa, cuidando que no nos fuera a agarrar la migra. Esa vez, fue en el año de 1986. Me instalé en Los Ángeles, California, y comencé a trabajar en lo que yo sabía hacer, en un taller mecánico de mexicanos. Y allí trabajé un año dos meses.
“Al juntar un poco de dinero decidí regresar a mi tierra, pensando que con lo poco que yo había ahorrado mi suerte cambiaría en Cuernavaca. Pero lamentablemente no fue así, ya que no era fácil poner un negocio en Cuernavaca a finales de los 80. Había muchos trámites en ese entonces, muchas trabas y muy costosas. Me quedé en mi ciudad otro año y medio y decidí volver a E.U. Ya para ese entonces lo hice con pasaporte y visa, todavía era posible conseguirla. Tomé un autobús, igual para Tijuana y entré otra vez a los E.U. pero ya de otra manera, no ilegal.
“Como ya había estado allí, volví a trabajar nuevamente la mecánica automotriz, buscando la forma para sobresalir más y poder mandar dinero a mi familia en Cuernavaca. Busqué la manera de entrar a una escuela para aumentar mis conocimientos de mecánica. Mi sueño era llegar a ser un mecánico calificado en este país, así que estudié dos años en mis ratos libres los nuevos sistemas de los carros modernos que yo desconocía. Y nuevamente la añoranza por mi familia, por mi país, por mi Estado de Morelos, me hizo regresar. En esa ocasión me quedé con mi gente unos siete años. Pero viendo que no era posible salir adelante volví a regresar a E.U. con una experiencia más triste ya que se me había vencido mi visa y no hubo ya manera de renovarla por el alto costo y problemas de papeleo sobre todo. Tenía yo que comprobar propiedades y cuentas bancarias que yo no tenía. Así que volví a meterme como la primera vez, ilegalmente.
“En esa ocasión estuve a punto de perder la vida dos veces, ya que al pasar por un túnel por el que me indicaron meterme, fuimos sorprendidos por migración y nos balacearon. Éramos siete personas y ya venía un coyote con nosotros, afortunadamente no nos hirieron, pero fue terrible escapar de la migra persiguiéndonos por la carretera y nosotros corriendo por los conductos de desagüe para eludirlos. Recuerdo que de uno de ellos para poder salir de ahí me atoré dentro del tubo, ya que no cabía, era yo más grande y grueso que los demás. Me tuvieron que amarrar con unos cinturones y chamarras para poderme jalar. Mis compas no me abandonaron, por lo que les estaré eternamente agradecido. Así llegamos a Los Ángeles otra vez, y de nuevo empecé a trabajar de mecánico, pero ya con más conocimientos y más seguridad en mí mismo. Así que cuando junté una cantidad para rentar un local puse mi taller, se llamaba “Javier Auto Clínica”. Y me comenzó a ir mejor. Ya era yo mi propio patrón.
Por Lya Gutiérrez Quintanilla
lyagquintanilla@hotmail.com
Los Ángeles, Ca.
