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HACERLA EN EU NO ES FÁCIL: Alejandro Pérez Rivera

Por Lya Gutiérrez Quintanilla
lyagquintanilla@hotmail.com
Minneapolis,  MN.

PRIMERA PARTE

Este joven de apenas 34 años de edad es todo un ejemplo de solidaridad en su comunidad. Su trabajo de ayuda a los migrantes más desfavorecidos lo hizo merecedor de recibir la Presea Emiliano Zapata 2011 que otorga el Congreso Local y que le fue entregada en enero de este año. Recibí tantas referencias de él, entre ellas la de que es un vendedor nato, que al entrevistarlo vía telefónica bromeamos, le digo que estoy segura que antes de colgar ya me habrá vendido algo. Él ríe y de manera campechana me dice, “lo que quiera: un seguro de vida, de autos, una casa”. Luego, ya serios, iniciamos el recuento de su vida: “Mi padre falleció cuando yo tenía 13 años, eso fue un golpe terrible para toda mi familia, mi hermano, mi madre y yo, nos quedamos en la orfandad. De hecho, mis padres ya vivían separados, pues mientras que nosotros vivíamos con mi madre en la colonia de El Empleado, en Cuernavaca, mi padre se quedó a vivir en Dallas, Texas; pero era importante el apoyo que recibíamos de él, no muy frecuente, pero la verdad nos ayudaba en lo que él podía.
Le menciono que por las fotos, se ve que él siempre ha pertenecido a una clase acomodada, que a qué se debe su migrar a EU.
“Mire, Lya, en Cuernavaca vivíamos en la calle Felipe Ángeles, muy cerca de la Parroquia de Cristo Rey, allá por la avenida Domingo Diez. Íbamos a misa cada domingo, inclusive mi hermano y yo servimos algunas veces de monaguillos. De niños nuestra existencia transcurrió hasta cierto punto normal. Un tiempo vivimos con él en EU, pero nos regresamos con mi mamá. Pero con la ausencia definitiva de mi padre, la economía de mi casa se vino abajo. Nos salvó el que mientras mi madre vivió con mi padre en EU, ahorró lo más que pudo, eso nos ayudó bastante. Yo mientras seguía estudiando primaria y secundaria.
“Sin embargo, comprendí que no teníamos una estabilidad económica como para tener un buen futuro, así que cuando cumplí 17 años decidí emigrar a Dallas, Texas, que es la ciudad que yo conocía y en la que había vivido de niño unos años; así que cuando tomé la decisión de irme, a los 17 años de edad, entré sin ningún problema a EU. Tenía mis papeles en orden y, al llegar, mi hermano, que ya estaba allá, me preguntó qué prefería, si estudiar o trabajar, ya que él me ayudaría.
“Yo decidí trabajar porque de joven realmente no sentí la necesidad de estudiar, craso error, porque vino a ser a una edad adulta cuando aquilaté la falta que hace una cabal preparación escolar o universitaria. Así es que entré a laborar a un negocio de comida rápida de mesero y a veces de cocinero, ganaba unos 3.50 de dólar la hora. Gracias a que mi manera de pensar ha sido siempre ver el vaso medio lleno en lugar de verlo medio vacío, asumí mi trabajo con entusiasmo y ahí me quedé con ese duro ritmo de trabajo, casi diez meses.
“Pero fíjese, Lya, lo que es la suerte, cuando todavía vivía en Cuernavaca, uno de mis mejores amigos era Eduardo Salgado, su papá tenía una ferretería en la esquina de Juan Álvarez y Poder Legislativo, y allí trabajé, al mismo tiempo que estudiaba, de los nueve a los 15 años, pero los sueldos en México son muy bajos.
“Ya en Dallas, me reencontré con ese buen amigo de mi infancia, quien me invitó a trabajar con él de nuevo, pero ahora en la ciudad de Minneapolis. Así que le dije adiós a mi hermano y me mudé al norte de este país, aunque no sabía yo al frío que me enfrentaría, pero bueno, a todo se acostumbra uno. Llegué con nieve y me encantó. Nunca había yo visto nevar, ni nieve en toda mi vida. Así que era una novedad para mí. Como mi amigo Eduardo tenía una taquería, le entré a todo, a lavar platos, servir mesas y preparar tacos con él y su esposa. Estaba yo muy contento; con ellos duré unos dos años.
“Al mismo tiempo, al llegar a Minneapolis, un pariente de mi amigo Eduardo que tenía una  discoteca me invitó a trabajar unas horas por las noches, pues necesitaba gente de confianza en el bar. Ahí duré casi siete años y, claro, ganaba yo muy bien con mi doble empleo. Las propinas eran buenísimas, fíjese –me dice–, llegué a ganar de propinas 200 y, en contadas ocasiones, hasta 300 dólares por noche. Pasó el tiempo y ya era yo el responsable de la barra, tenía que cuidar todos los detalles junto con otro paisano que era mi jefe y se llama Marcos Ocampo. En Cuernavaca fue maestro del Colegio Cristóbal Colón y su esposa, maestra como él, del Colegio Morelos, excelentes personas. Sin embargo, como yo, buscaron ampliar sus expectativas económicas en EU.”

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