Entrevistado vía telefónica, el periodista Simón Hipólito desgrana a DDM sus recuerdos de cuando fue encarcelado por ser de la Sierra de Atoyac y conocer a Lucio Cabañas.
¿Te habrá ayudado mucha gente al salir de la cárcel?, le pregunto. “Sí, claro, después de don Sergio, agradezco a Eduardo del Río, “Rius”, que llevó mi libro, “De albañil a preso político”, a la editorial. Pero mira, luego de un tiempo que aproveché para descansar y reponerme de la prisión, me dirigí a la Sierra de Atoyac, mi tierra, procuraba no encontrarme con miembros del Ejército, estaba yo ciscado, aunque ya había muerto Lucio Cabañas. Y es que una de las cosas que me prometí mientras estuve preso es que al salir procuraría yo ayudar a otros como a mí me habían ayudado personas que yo ni conocía. Agradecería a la vida ese gesto preocupándome por desaparecidos y en mi tierra, Lya, como tú sabes, eso, sobre todo en esa época, era frecuente. En la Sierra de Atoyac nací, ahí están mis raíces, de ahí soy, aunque haya vivido en Cuernavaca tantos años, el apego no se pierde.
Si me preguntas exactamente dónde nací, no puedo señalarte un barrio, porque lo hice en tierras de un latifundista, patrón al que mi papá le pagaba cada año su derecho a vivir allí con una fanega de maíz, -medida antigua de granos- y una fanega de arroz que le pagaba por trabajar la tierra en donde vivíamos. Pero te decía. Ya en la sierra me dediqué a investigar casos de desaparecidos, estuve un mes por allá, que fue el tiempo que me llevó recorrer los 23 ejidos donde encontré varios casos. Los documenté y al mes que regresé a Cuernavaca los trasmití a organismos de derechos humanos. En ese momento me puse a escribir otro libro, titulado: “Guerrero, Amnistía y Represión”, publicado por la Editorial Grijalbo. Cuando salió a la venta, comencé otra vez a recibir amenazas que si no me retractaba de lo que decía el libro me iban a desaparecer. Hice la denuncia en el periódico Uno más Uno, en Excélsior y a don Sergio Méndez Arceo, quien me pidió tomar precauciones. Don Sergio se preocupaba mucho por mí, recuerdo que una vez me invitó a la ciudad de México a ver en el teatro las 100 representaciones de “El Extensionista”, de Felipe Santander, él manejaba su carrito y ya de regreso como a la una de la mañana no me dejó ir a mi casa, me pidió que durmiera arriba del claustro en el dormitorio de los seminaristas. Otra vez, el periodista Froylán López Narváez dio una plática en uno de los salones de la Catedral de Cuernavaca que acabó como a las 12:00 de la noche, entre comentarios del público asistente, refrescos y unos bocadillos. Don Sergio, ese día, tampoco me dejó salir a esa hora, me pidió me quedara de nuevo protegido por la Diócesis. Como hubo denuncias públicas de que estaba amenazado de muerte, pararon de golpe y fue entonces cuando don Sergio me invitó a colaborar en El Correo del Sur, ahí retomé de lleno mi carrera periodística. A los pocos años colaboraba tanto en Correo del Sur como en el periódico local “Presente”, de don Cristóbal Rojas Romero, y como corresponsal en el Uno más Uno. En esa época nos conocimos Lya, ¿recuerdas?”, -me dice. Asiento, luego prosigue: “Pasaron ocho años y llegó el gobierno de Lauro Ortega Martínez, quien siendo candidato electo me mandó a llamar un domingo muy temprano a su rancho de Xochitepec. Desayuné con él y ahí me propuso mejorar mi sueldo, me dijo que fuera al Banco de Crédito Rural a recoger un cheque por 300 mil pesos, a lo cual me negué. Le dije que yo no vendía mi conciencia. Que como periodista todo lo que hiciera bueno durante su gobierno lo iba a publicar…pero también lo que hiciera malo se lo iba a criticar. Como buen político que era, me dijo que estaba bien y que ya yo vería que él solo haría obras buenas. No todo fue bueno y así se lo publiqué, lo que en su momento no le gustó.
Mientras tanto seguía trabajando como periodista, como albañil en pequeños encargos y en mis tiempos libres de pintor de brocha gorda. En ese entonces don Lauro lanzó una convocatoria para hacer un reportaje sobre un programa piscícola en el poblado de Tlayca, que lo dirigía y muy bien el Dr. Luis Fermín Cuéllar, ya fallecido. Gané el primer lugar, me dieron un reconocimiento que en su momento publicó Diario de Morelos. De ahí hice un reportaje sobre el Cañón de Lobos que considero fue la mejor obra de don Lauro. Pero seguía recibiendo de vez en vez amenazas que no habían parado desde lo de Guerrero. Pero cuando ya de plano me preocupé fue cuando en una llamada telefónica me dijeron que iban a matar a mis hijas. Tomé acuerdos con mi familia y resolvimos venirnos a los E.U. Llegamos con visa de turista a San Francisco, pero con el pie derecho porque mis hijos Lourdes y Miguel entraron de inmediato a estudiar de tiempo completo a una escuela mientras mi hija María Elena trabajaba de medio tiempo para ayudarme a pagar la renta de 3 mil dólares de la casa que ocupamos. En ese tiempo estaban caras las rentas por la cantidad de migrantes que, de El Salvador y Nicaragua, huían de la guerra en sus países. Me hice amigo de un periodista director del semanario “Horizontes” de esta ciudad, y me invitó a escribir. Comencé con un reportaje acerca de una escuela que iban a cerrar por falta de presupuesto y esa nota paró el proyecto de cierre y la escuela sigue abierta. Las maestras y la directora, en agradecimiento, me mandaron una carta muy emotiva que aún conservo y, con ese reportaje, les dieron becas a mis hijos, y así ellos pudieron seguir estudiando hasta graduarse como profesionistas. Mi hija Malena es contadora, mi hija Lourdes, bióloga, y mi hijo Miguel, dentista pediatra. Ganan muy bien y ahora que mi esposa y yo ya estamos viejos, tengo 84 años de edad, nos ayudan y no nos dejan regresar a vivir a Cuernavaca. Pero aún sigo vigente como periodista, y aunque lejos vivo de frente a México y sus problemas y viajo esporádicamente a Cuernavaca a visitar a Gonzalo, mi primer hijo y a mis amigos. Trabajo con la Confederación de Morelenses en E.U. y Canadá con su dirigente Pablo Castro, quiero mucho a Cuernavaca, aprecio mucho a todos los periodistas, incluso a ti Lya, que me aceptaron como colega en mis inicios. Me da gusto que al encontrarme a viejos conocidos me saludan con aprecio. A todos un fraternal abrazo.
