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Como migrantes, aprendemos a valorar todo

Hace un par de semanas, al visitar a una amiga en Xochitepec y después de platicar en la cocina por un buen rato, vi una diminuta calabaza anaranjada, la tomé, le pregunté si ya las estaban vendiendo y respondió que sí; me sorprendí de la rapidez con que pasa el tiempo, iniciaba octubre.  Mi mente se transportó al supermercado al que en la ciudad Nueva York, sábado a sábado, acudía a comprar el mandado. Recordé aquellas gigantes calabazas que cuando vi por primera vez adornando en forma alineada los largos pasillos, me sentí en uno de esos viajes de Gulliver, un enano entre gigantes.
Como migrantes, día a día aprendemos de la cultura de la planeación, su importancia y de sus consecuencias; sabemos que vivimos de un presupuesto basado en nuestros ingresos, ya en aquellos anhelados y muy esperados billetes verdes, los cuales inicialmente nos parecen muy buenos, altos, y en algunos casos, muy altos en consideración, y en su caso, a lo antes percibido en nuestros países de tercer mundo o emergentes. Rápida y lamentablemente todo cambia al vivir lo real, un muy alto porcentaje de nuestros ingresos es destinado a pagar las altas y conocidas rentas, más lo que éstas implican, de cualquiera de los cinco condados de la ciudad: Manhattan, Brooklyn, Bronx, Staten Island o Queens.
Asimismo, aprendemos, somos parte, y disfrutamos de las costumbres y de los diferentes tipos de clima de cada estación; esto es natural, pues lo vivimos día a día con los hijos en las escuelas, en nuestro trabajo, con los vecinos y amigos, en donde siempre encontramos una diversidad de razas, etnias y culturas.
Retomando a esas famosas, muy esperadas, gigantescas y coloridas calabazas, viene a mi memoria el recuerdo de los maravillosos colores que el otoño nos regala en Nueva York, en sus paisajes, en cada una de las hojas de esos inmensos árboles que encontramos en banquetas, jardines, parques y carreteras, y que poco a poco van cayendo al suelo por los fuertes vientos, conforme la temperatura va bajando.
Y aprendemos que después de un largo, divertido, caluroso y húmedo verano en La Gran Manzana, hay que informarse y cuidarse muy bien de las bajas temperaturas que inician, que se agudizan durante el invierno, y que no vuelven a subir sino hasta casi fines de primavera, trayendo consigo el retoño de preciosas flores, plantas y árboles.
Vivencias todas ellas que me hicieron reflexionar, comparar y apreciar que en nuestra Cuernavaca, La Ciudad de la Eterna Primavera, disfrutamos de un bello clima y de una extraordinaria gama de flores los 365 días del año.

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