Hola amigos, el pasado domingo les prometí “un cruce” de película a los EU., hoy se los cumplo con el testimonio de Érick. Pero fíjense que mientras lo escuchaba hablar, me preguntaba:
¿Cuántos Érick hay, no sólo en Cuernavaca, sino en México entero? ¿Qué se está haciendo por chamacos como su sobrino, abandonados a su suerte con un padre “atorado” y una madre inexistente? Los llamados “jodidos” por el mismo Érick, ¿acaso entrarán dentro de un programa de gobierno? o seguirán excluidos de todo proyecto nacional y estatal. Todavía recuerdo el título de un magnífico libro del sacerdote holandés, el llamado padre del Comercio Justo, Francisco Van Derhoff, multi premiado en varias partes del mundo: “Excluídos Hoy, Protagonistas Mañana”. También les prometí hablar de las que se quedan. Lo comenzaré a hacer en ésta, su columna, porque es de ustedes, no mía, yo sólo compongo, y a veces no tan bien, estas letras. Platicaba yo, en Axochiapan, frente a un exquisito mole verde, con doña Petra Calero Morales, de 75 años de edad, y esto me comentaba: “Cada vez se van al norte menos mujeres, porque sienten que aumenta día a día la dificultad para cruzarse”, entre otras razones. Doña Pertra, ocho hijos, de los cuales cuatro se fueron para allá, confiesa: “Es muy duro aguantar la partida de un hijo”. A leguas se le ve la tristeza. Tres de los cuatro regresaron ya, la hija se casó con un vecino de Axochiapan y se quedó a vivir en Los Ángeles, sus 4 hijitos, nietos de doña Petra, son norteamericanos, ella no. Y no la ha vuelto a ver desde hace 20 años. Otra, Bertha Ávila, de 63 años, también vive en Axochiapan y viaja dos veces al año a visitar a sus cuatro hijos, todos por allá. Tiene visa desde hace 30 años, sus hijos no, por lo que tuvieron que emigrar “de mojados”; unos entraron por Texas; otros, por Arizona y llegaron a Nueva York a trabajar en restaurantes unos y de panaderos otros. Se fueron jóvenes, dice doña Bertha, quien de alguna forma ya se acostumbró a vivir sin ellos y a viajar para irlos a ver. Cuando le pregunté por qué si vivía sola en su pueblo no se mudaba con alguno de sus hijos, sobre todo si están bien establecidos, doña Bertha me contestó: “No me voy del todo porque aquí tengo mi casa y mis cosas, ésta es mi tierra y aquí quiero morir”. En este espacio, como ven, les voy a ir deshojando, una a una, historias que nos rodean, que están allí, que están acá y que, sin embargo, no vemos. En preparación, una bella migrante que para no perder sus raíces morelenses, en Minnesota, fundó su grupo de danza azteca con puros conacionales. Así como la historia de un migrante, cuatro veces deportado, hoy ya american citizen. También el relato desde California de un viejo amigo, compañero de profesión de varios lances periodísticos y muy conocido del Cuernavaca de los años 80. Con una vida digna de filmarse que, junto con Pablo Castro, Presidente de la Confederación de Morelenses en Estados Unidos y Canadá, también dejaron un cacho de su corazón aquí, en su tierra zapatista.
