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Y llegaron los 3 chistes más pelados del año

-Llegó el vitando día en que debo relatar aquí “Los Tres Chistes más Pelados del Año”. Semejante tríade no se había visto en la historia de la sicalipsis. He narrado en otras ocasiones “El Chiste más Pelado del Año”. Alguna vez llegué a contar “Los Dos Chistes más Pelados del Año”. Pero ¿tres chascarrillos de subidísimo color? Ésa es inédita desmesura. Dejémonos de exordios, sin embargo, y vayamos a la materia que nos trajo aquí… Primer chiste más pelado del año… La princesa estaba triste. ¿Qué tendría la princesa? Salió a pasear por el jardín con su tristeza a cuestas. Junto a un regato oyó a sus pies una tímida voz que la llamaba. Volvió la vista y se sorprendió bastante al ver que quien le hablaba era un horrible sapo. ( “¿Y a poco tú estás muy bonito, caborón?” –le dice el sapo con enojo al que escribe esto). La princesita tomó en sus manos al batracio y le preguntó: “¿Quién eres?”. “Ni soy sapo ni batracio soy –respondió la fea criatura-. Soy un hermoso príncipe a quien una malvada bruja redujo a esta triste condición. Si me das un besito volveré a ser príncipe, y me casaré contigo”. La princesa estaba aburrida, pues aún no había iPod, iPad, iPhone y los demás artilugios o tabletas de la misma laya. Pensó entonces que sería interesante casarse, a ver qué se sentía. Acercó a su boca al feo sapo y le dio un beso en los labios. Y sucedió que… no sucedió nada. A pesar del beso de la princesita el batracio siguió siendo batracio. Le dijo entonces el sapo a la princesa: “Vaya, vaya. Parece que lo del beso no dio resultado. ¿Qué te parece si probamos con un chupadita?”. (¡Salaz anfibio anuro! ¡Tenía tentación de un beso mordelón!)… Segundo cuento más pelado del año… Don Poseidón, ranchero acomodado, tenía un hijo llamado Bucolino. Se casó el muchacho con una linda muchacha campesina, y con ella se fue al viaje de bodas. Al regreso de la luna de miel don Poseidón, atusándose el bigote con orgullo, le preguntó a su primogénito cómo le había ido con su novia. Bucolino respondió con vaguedad que bien, y cambió al punto la conversación. Eso escamó al viejo, Dejó pasar algunos días, y volvió a hacerle la pregunta. El muchacho se turbó, y no respondió nada. Preocupado en extremo don Poseidón le pidió a doña Holofernes, su mujer, que hablara con su nuera para saber qué sucedía. Cumplió doña Holofernes la encomienda, y se enteró de una tremenda novedad: la muchacha le dijo que su esposo no había consumado el matrimonio, y que ella, a pesar de ser ya mujer casada, estaba tan entera y virgen como cuando era célibe doncella. Le fue con la noticia la señora a su marido, y el añoso señor, sorprendido y molesto al mismo tiempo, llamó a su hijo para saber qué estaba sucediendo. Le preguntó: “¿Qué no te gustan las mujeres? ¿O acaso sufres de alguna disfunción que te ha impedido izar el lábaro de tu masculinidad y cumplir tus deberes de marido?”. “Al contrario, ‘apá –respondió Bucolino-. Mi mujer me gusta tanto, y me excita en tal manera, que mi atributo varonil se me irgue y pega al cuerpo en modo tal que ni con ambas manos lo puedo separar de mí para efectuar el acto marital”. No dijo nada don Poseidón. Tomó su navaja –eso asustó mucho a Bucolino-, y con ella cortó una horqueta de una rama. Se la dio a su hijo y le recomendó: “Esta noche usa la horqueta para separar de arriba hacia abajo tu parte de varón. A mí me pasó lo mismo que a ti, y con la horqueta pude cumplir mi obligación”. Al día siguiente tanto Bucolino como su joven esposa lucían una radiante sonrisa de satisfacción. “La horqueta dio resultado, ’apá –le dijo feliz el muchacho a su añoso genitor-. Tenga la horqueta”. No la aceptó don Poseidón. “Guárdala, hijo –le dijo a Bucolino-. Llegará el día en que la necesitarás, como yo, para usarla otra vez, pero ahora de abajo hacia arriba”… Tercer chiste más pelado del año… En la nocturna oscuridad, propicio cómplice; en soledoso y romántico paraje, él y ella sostenían un amoroso e íntimo coloquio. El muchacho le preguntó a la chica con dulce y tierna voz: “¿De quién son estos ojitos?”. “Tuyos, mi amor” –respondió ella. “¿Y de quién es esta naricita?”. “Tuya, mi cielo”. “¿Y de quién son estos cachetitos?”. “Tuyos, mi vida”. “¿Y de quién son estas trompitas?”. No contestó la chica. “¿De quién son estas trompitas?” –volvió a preguntar el novio. Ella siguió en silencio. Repitió el galán, impaciente y atufado ya: “¿De quién son estas trompitas?”. Respondió la muchacha con enojo: “¡Son de Falopio, desgraciado! ¡Y ya saca la mano de ahí!... FIN… A mis cuatro lectores: ¡Feliz Año Nuevo!