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Valores cívicos

No mucho tiempo ha transcurrido desde nuestro cambio en muchos sentidos, aunque tengamos el orgullo de nuestro fuerte bagaje agrarista, en la práctica hemos pasado de ser una entidad agrícola a urbana y prestadora de servicios, la proporción se ha invertido. Cuernavaca, la capital, a pesar de tantos conflictos, sigue siendo un lugar bello; tanto, que apuesto doble contra sencillo a que la inmensa mayoría no cambiaría su lugar de residencia. Ha dejado de ser la apacible ciudad provinciana con cincuenta mil habitantes en la que muchos crecimos para ser un fuerte núcleo urbano con una populosa zona conurbada. Con el crecimiento de la población, no sólo en Cuernavaca sino en las regiones oriente y sur poniente, por lógica, han salido a flote los problemas y características propias de las grandes concentraciones humanas.
Entre estos problemas, persiste de manera alarmante la cada día más notoria ausencia de valores cívicos entre los morelenses. Como nativo de este estado, lo anterior no me enorgullece, al contrario,  me preocupa. Sería irresponsable culpar de ello a la explosión demográfica, que si bien va aparejada a este fenómeno, no lo decide; es tan absurdo como afirmar que la buena educación se pierde por estar rodeado de mucha gente.
La lista de manifestaciones de la creciente falta de valores cívicos entre los morelenses es interminable, va desde la carencia de respeto y cuidado al medio ambiente: las calles plagadas de basura, los conductores estacionándose en doble fila u ocupando el sitio destinado para personas con capacidades diferentes, la ausencia total de respeto y cortesía a la mujeres, no como una cuestión de género pero sí como de elementales y básicas formas de urbanidad. El astuto intentando colarse en la fila del banco o el supermercado, la nula cortesía a los mayores y la falta de respeto al uniforme de alguna autoridad; en fin, como sostengo líneas arriba, la relación de estas conductas es inacabable.
Sin embargo, no sólo son las conductas, que se han convertido ya en costumbre, lo más deplorable, lo es, sin duda alguna, la “institucionalización” de la anarquía en la ciudadanía, suena duro, pero los acontecimientos me darán la razón.
Desde tiempos inmemoriales, las sociedades han tenido elementos artísticos que, más allá de ser gratos a la vista o dar cuenta de la calidad de sus creadores, tienen como objeto exaltar los valores, el pasado de una sociedad, así como el reconocimiento a miembros destacados de la misma, en  concreto, la más atinada muestra de ello son los monumentos.

Personalmente, confieso ser parte de un hogar donde se valora y se aprecia el arte en todas sus manifestaciones, unas me son gratas, otras menos. Entre las que menos lo son o que no comparto se encuentra el grafiti. Respeto el Derecho de quienes se sienten identificados con este “arte”, pero también exijo que ellos respeten los espacios de quienes no comparten su afición y los que son compartidos por toda la comunidad. Desde hace ya décadas nuestras calles, muros, monumentos, edificios públicos y privados, puentes y un sinfín de espacios son anárquicamente cubiertos de grafiti, dando una lamentable imagen urbana de las ciudades del estado.
Como si lo anterior no fuera suficiente, ahora,  no sólo se “grafitean” los muros, sino que grupos de desconocidos se dedican a destruir monumentos, unos por la actividad criminal que remunera en el robo de metales como el bronce, otros por mera diversión. Varias voces se han alzado en las últimas semanas denunciando el atentado al monumento al Generalísimo Morelos, el más grande de nuestros héroes, en la autopista que lleva a  México, me uno a ellas. No sólo es algo inconcebible para el pensamiento mexicano, sino que tiene el vergonzoso antecedente del trato dado al “Morelotes” cuando fue reubicado. También desde hace años el monumento al General Ávila Camacho, en Cuernavaca, es tratado con nulo respeto: la base del monumento sin placa desde hace lustros es utilizada por habitantes de la zona para colocar cartulinas multicolores señalando la dirección hacia sus fiestas y, en los últimos días, ociosos piensan que es gracioso colocar una roída sudadera sobre la efigie. En fin, esta denuncia podría parecer exagerada pero no lo es. ¿Qué podemos esperar de una sociedad que ya ni siquiera respeta los símbolos que son referentes de su identidad y orgullo?

opinion@diariodemorelos.com