Siguenos en
    

Teodolito: La barda...

A las 6:30 de la mañana, corriendo, salíamos de casa para irnos a la escuela. Por el camino teníamos que recoger una piedra de regular tamaño, pesada, muy pesada para nuestra edad, condición inevitable para poder entrar al plantel a recibir nuestras asignaturas. Las autoridades de la Escuela Secundaria Federal profesor Froylán Parroquín García, habían llegado al acuerdo de realizar la barda que separaría al vetusto campo de futbol del Miraval con el edificio de la escuela, (bella estructura arquitectónica diseñada y construida por el arquitecto Leopoldo del Portillo Cárdenas, sí él mismo que diseño y construyó el Palacio de Gobierno y el cine Ocampo, a más de un sinfín de inmuebles que a la fecha siguen luciendo su belleza) y con ese fin todos los lunes, sin pretexto alguno, alumno por alumno depositaba a un costado del campo de fútbol su cargamento. Con uniforme de gala, útiles escolares, maleta con la indumentaria de deportes, la piedra y con miedo a que nos pusieran retardo (tres hacían una falta y cinco faltas ameritaban la expulsión) ya se podrá usted imaginar la penitencia. Indudablemente el edificio era bello, soberbio, muy grande y construido particularmente para albergar a la mejor secundaria del estado, la única en esas fechas y en lo particular me impresionaba diariamente, en el momento mismo en que empezaba a distinguirlo desde la calle de Pericón, a la altura del Hotel Miraval, de cinco estrellas para los usuarios “chilangos” del Distrito Federal. En la puerta se apostaban los prefectos, una anciana noble y simpática, de pelo totalmente blanco muy cariñosa con todos nosotros la inolvidable señora Leyva y un joven alto de bigote que aparentaba más dureza de la que realmente tenía, pues era buen “cuate” cuando las circunstancias lo ameritaban Porfirio. Un poco más al fondo se dibujaba la solemne figura del subdirector, el prestigiado maestro Gualberto Castañeda Linares del meritito Chamilpa, con lentes polarizados, tratando de disimular un accidente físico en uno de sus ojos, sin pronunciar palabra, únicamente vigilando que se cumpliese al pie de la letra la tarea impuesta. En nosotros había una mezcla de admiración, respeto y miedo. Los varazos, borradorazos, cinturonazos y coscorrones de la primaria habían desaparecido y no nos explicábamos el porqué ahora guardábamos más disciplina que en la Benito Juárez, donde el director Agustín Román Bustamante era infinitamente más rígido y autoritario. En el portal del auditorio, ah, porque teníamos auditorio y grande, junto a las escaleras para ascender a las oficinas administrativas, la ilustre figura del director, don Manuel Villavicencio Pérez. Alto, gordo, de tes blanca y de pelo ídem, impecablemente vestido con traje de alpaca azul claro, camisa blanca de cuello almidonado, corbata obscura y zapatos “Domit” negros relucientes de lo bien boleados. Con aquellas miradas encima de nosotros, nos apresuramos a entrar al auditorio y en especial los integrantes de la “palomilla barrenadora” hasta los vestidores del mismo, pues era lunes y al grupo le correspondía la guardia, es decir, la realización del homenaje a la bandera y el programa artístico cultural. Vigilamos que todo estuviera bien: sonido, luces, telones y escenografía, coordinamos el programa y la maestra Fina, nuestra encauzadora, estuvo de acuerdo. A las ocho en punto dio inicio el programa; hicimos los honores a la bandera y cantamos el  Himno Nacional. De los amigos, uno tocaba regular la guitarra, otro mal y otro cantaba pésimo, pero a nuestra edad, Enrique Guzmán se nos hacía poco. Esa mañana hacíamos nuestro debut y por ende despedida. Ensayamos hasta el cansancio “Colina azul”, melodía con la cual las chamacas invariablemente caían en nuestras redes. Nos pusimos de acuerdo en una propuesta que hice de subir el pie los tres, sobre un banco de piano, con mirada fulminadora y pose de conquistador para que cuando abriesen el telón poco a poco, cautivar a todas y cada una de nuestras admiradoras. Todo iba bien, el lienzo fue izándose lentamente, pero conforme se veía el grueso del público, los otros dos (el gordo y el de los barros) completamente apenados, bajaron el pie a la voz de “sácate” dejándome completamente solo, con la rechifla y burla de todos los que buscaban pretexto para reírse y estar contentos, haciendo broma de todo, ¡bendita edad! Todo el día soporté la presión, pero el aprecio y confraternidad con la que convivíamos todos, era superior a cualquier diferencia. A los cuernavaquenses definitivamente, es más lo que nos une, que lo que nos separa. A la salida, en grupo, por cierto muy grande ya que se conjugaban amigos de los tres grados, vecinos todos del Vergel, como lo hacíamos todos los días pasamos al Parque Melchor Ocampo. Entre la escuela Felipe Neri y el jardín de niños, bajo la sombra de un tremendo y vetusto laurel, había un local hecho de estructura de acero y lámina, con piso de cemento rojo siempre reluciente de limpio. Una pequeña cocina, ocho mesas con cuatro sillas cada una y en un espacio muy especial una tremenda sinfonola, para deleite de todos nosotros. El negocio era de una anciana que fingía ser de mal carácter y se dirigía a nosotros regularmente con palabras altisonantes, pero que regularmente terminaba riéndose de nuestras ocurrencias y travesuras. “La abuela” le decíamos con cariño y era auxiliada en su trabajo por un hombre calvo, también de edad avanzada, juguetón y encajoso de nombre Renato. Los cobros los hacía una mujer incapacitada más joven y la cocinera era la esposa del calvo. Con hambre y cansancio después de exhaustiva jornada de trabajo, el atractivo eran las fabulosas tortas que ahí preparaban. Las de mole con ilusiones de pollo de a 25 centavos y las de frijoles con tremendo chile jalapeño en vinagre de a 20 centavos. Sin chiste alguno, abrían por mitad la telera y le embarraban mole o frijoles y tremenda raja de chile en vinagre. Había que bajársela con una spur cola, refresco que competía inútilmente con la coca cola. Traigo a nuestra memoria ésta crónica porque después de haber presenciado el homenaje que organizó Helena Noval (mis felicitaciones) y todos los involucrados con ella para conmemorar el centenario del natalicio del padre Armando Vargas Caraza, considero que justo sería continuar con el reconocimiento pleno de tantos mentores, que desde su trinchera, sin importar el estrato social y económico trabajaron por el engrandecimiento del estado, forjando por el camino recto a muchas generaciones de alumnos que pasaron por las aulas donde ellos enseñaron muchas materias, pero sobre todo la de Civismo, porque si bien es cierto dicen que tiempos pasados no fueron mejores, desde mi particular punto de vista, en aquellas décadas no hubo ningún fallecido víctima del llamado bulling o violencia a terceros. Hay muchos rincones para colocar láminas denominando plazas con el nombre de dichos profesores, evitando de ésta forma, suceda lo que pasó con el jardín donde inicia precisamente la calle Armando Vargas Caraza, que siendo área de donación del ayuntamiento capitalino, de pronto fue vendido al mejor postor y hoy desaparecido luce una espantosa construcción violando flagrantemente los reglamentos de construcción establecidos en el municipio. Vaya un reconocimiento excelso a todos mis maestros y a los de todos ustedes, de todas y cada una de las escuelas de Cuauhnáhuac públicas y particulares, eso que importa. Lo fundamental es que su esfuerzo en muchos casos se vio coronado con la forja de muchos profesionistas que hoy nos ganamos la vida con la frente en alto, pero sobre todo reconociendo lo que es nuestro sentido de pertenencia y que ya es propiedad de la crónica de Cuauhnáhuac. ¡Cuánta Crónica! y la que falta mi querido Cesáreo Medina