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Sigifredo Lavín Oliveros

Hijo del ex gobernador de Morelos, don Carlos Lavín Aranda, don Sigifredo Ramón Lavín, precursor de la vida social y empresarial de Cuernavaca: fue uno de los fundadores y primer presidente de la Cámara Nacional de Comercio, de los iniciadores del Club de Leones, de los transportes México-Zacatepec y de muchas empresas que le dieron renombre a la ciudad capital del Estado de Morelos.
Sus orígenes vienen de San Luis, La Loma, del Estado de Guerrero, donde nació el 9 de agosto de 1907, llegando a Cuernavaca a trabajar como gerente general al Hotel Moctezuma en el año de 1934. La mayor parte de sus estudios los cursó en la Ciudad de México, en Azcapotzalco. Vivió un tiempo en Iguala, Guerrero, donde conoció a Carlota Carrasco Miranda, cuyo abuelo fue uno de los redactores del Plan de Ayala. Se casaron en Cuernavaca, procreando siete hijos: Sofía, Edna, Aida, Alma, Graciela, Lilia y Sigifredo (quien falleció a la edad de 9 meses).
Fue uno de los más activos presidentes de la Cruz Roja Mexicana de Cuernavaca, ayudando al engrandecimiento de la recién reconocida como Delegación Morelos.
Su vida fue de trabajo y amor por su familia. Un hombre íntegro, de gran vitalidad y en especial de una gran visión comercial, incursionó con éxito en grandes negocios. Lo invitaron a la política y contestaba que él sólo era comerciante.
En Cuernavaca obtuvo la concesión de los automóviles Nash, algunos de los cuales, junto a los autos Dodge de ocho pasajeros, hacían el viaje México-Cuernavaca. Vendió los autos y camiones foráneos y puso una distribuidora de Tractores y maquinaria pesada: Massey Ferguson en la calle de Matamoros, frente a la botica “El Sol”. Ahí era distribuidor de Nitrato Natural Chileno Fertilizantes. Vendía todo tipo de implementos agrícolas. Ahí mismo tenía su exposición de Bombas y Motobombas, además de uno de los primeros en traer Molinos de Nixtamal a todo Morelos.
Cuenta una de sus hijas, que cuando eran niñas junto a sus hermanas tenían que trabajar en el negocio, ya sea midiendo el cloro, pesando los fertilizantes o haciendo la limpieza del local. “Antes de salir a jugar con las amigas, todas nos teníamos que volver a bañar, porque apestábamos a granja porcina” –menciona Alma bromeando.
Don Sigifredo Lavín era dueño de un trapiche de caña en la ciudad de Jonacatepec y cada fin de semana llevaba a toda la familia a la huerta y al trapiche. En una ocasión, a la hora de regresar la señora Carlota estuvo llamando a sus hijas pero Lilia no aparecía, por lo que el señor Lavín la fue a buscar hasta que escuchó un fuerte chillido que provenía detrás de un mogote de piedras, donde a Lilia le acababa de picar un alacrán. “Me acuerdo que mi papá tuvo que abrirme la carne para sacar el veneno y no sé qué me dolió más, si el piquete o la paliza que me gané”.
Estuvo un tiempo en Europa y de regreso trajo unas plantas de olivo del norte de España y unas semillas para sembrar manzanas. Tenía un terreno de 25 hectáreas en Huitzilac, Morelos. Los olivos tardaban de 7 a 8 años en dar fruto y él jamás llegó a verlos florear, pero los manzanos le respondieron muy bien y toda su cosecha se la compraba la compañía refresquera “Manzanita Sol”.
Su afición más importante era viajar. Conoció casi toda Europa. En 1961 su esposa Carlota, la señora Elenita y su marido el ingeniero Felipe Rivera Crespo, se fueron juntos a Italia y en el “tour” del Circo Romano la pareja Lavín se entretuvo observando las galeras de los Gladiadores y el camión de turismo estuvo a punto de partir sin ellos.
Lilia cuenta con orgullo que años después de la muerte de su padre, pidió un préstamo en el Banco Nacional de México, sin tener una línea de crédito y ni siquiera una cuenta. “Usted quién es”, le preguntó, don Antonio Leal el Gerente. Lilia le dio su nombre y al saber que era la hija de don  Sigifredo, ordenó que se le diera el préstamo de inmediato.
El señor Lavín Oliveros fue un cariñoso hombre de hogar, quien a pesar de que le gustaban las fiestas, no era afecto a la bebida. Era una persona reservada, siempre entregado a su trabajo, a su esposa e hijas. Don  Sigifredo Lavín falleció en 1969 a los 62 años, dejando el recuerdo de hombre recto, honesto y trabajador.
 
rafaelbenabib@hotmail.com