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Recordando a Marcel

No hacía mucho que yo había llegado a Cuernavaca y en los desayunos sabatinos en que Alberto Vadas reunía a intelectuales y artistas, conocí a Marcel Sisniega. En ese entonces, él tenía 34 años, había ganado competencias mundiales de ajedrez y desde los 18 años obtuvo el grado de “maestro internacional de ajedrez”, pero ya el ajedrez no centraba su interés total, de manera que estaba incursionando en la literatura y el cine… Poco después lo entrevisté y fue cuando me contó cómo es la vida de un ajedrecista profesional, de un virtuoso del ajedrez, alguien como él quien decía que ser ajedrecista es saber “manejar ciencia y arte”.
Marcel se inició en el ajedrez desde los cuatro años. De su madre recibió las primeras nociones del juego en un viejo tablero del abuelo. A los doce años, Marcel pasaba de tarde en tarde a “El rizo de oro” –una peluquería que luego se convirtió en “La Española”, cerca del Cine Alameda— y llegaba a retar a la clientela de “don Rufino”, poseedor de un legendario ajedrez de madera que ocupaba buena parte de esa peluquería de la calle de Matamoros. De esa época, el ajedrecista recordó que durante los primeros seis meses fue ganando y perdiendo como cualquier jugador de los que participaban en el Rizo de Oro. Pero a partir de completar el año jugando, aumentaron su posibilidad de ganar y ganar. Y entonces decidió ampliar sus horizontes e inició excursiones de fin de semana a la ciudad de México para jugar en el Club Metropolitano.
Ajedrecista nato, Marcel se volvió campeón nacional a los 14 años y con el título a cuestas pudo participar en torneos juveniles en Centroamérica para, finalmente, a los 16 años, decidir que se iría a Holanda para entregarse al ajedrez, donde también se mostró ganador, hasta obtener el diploma de “maestro internacional de ajedrez”.
En ese entonces —hace más de dos décadas— Marcel Sisniega estaba en una etapa de su vida que le obligaría a replantearse el seguir siendo sólo ajedrecista, o incursionar en otras disciplinas. Ya había coqueteado con el teatro, con la literatura, con el cine. Había empezado a escribir novelas, guiones y filmar cortometrajes. Estaba en espera de debutar como director de una historia cinematográfica escrita por él mismo. Me dijo, entre broma y serio que quería “ser como Bergman”. En ese momento estaba en espera de lograr el financiamiento de su proyecto fílmico, escrito por él mismo, una historia de dos jóvenes cuernavacenses con un porvenir incierto… La película pudo filmarla, con lo que su sueño se logró. De ese entonces a la fecha, Marcel Sisniega siguió escribiendo y filmando. En 1997, su primer largometraje “Libre de culpas”, fue premiado en San Juan Cinemafest, en San Juan de Puerto Rico. Hizo otras diez películas. Y la última, “A través del silencio”, basada en la novela del poeta y escritor, también su paisano, Javier Sicilia, película realizada en 2010, que fue reconocida por su guión en Trieste, Italia, además de que en México fue nominado para el Ariel, el máximo reconocimiento nacional a un cineasta. Como escritor Marcel Sisniega también tuvo lo suyo por las novelas “Anda suelto un Befo”, así como “Eliseo Zapata” y algo que no podía dejar de escribir como fue la “Crónica personal de un torneo de ajedrez”. En los últimos tiempos fungía como director de la Escuela Veracruzana de Cine Luis Buñuel.
El pasado sábado corrió la noticia de su fallecimiento. Marcel Sisniega, de poco más de 50 años, murió de infarto, aquí en Cuernavaca. No pude menos que recordar a ese hombre introvertido, hasta tímido diría, que a pesar de ello mostraba enorme entusiasmo por esa pasión suya por el ajedrez.
“Después de conocer lo básico, todo en el ajedrez es creación, improvisación, posibilidades infinitas. No terminar nunca de sorprender y sorprenderse… Es la posibilidad de enajenarse, picarse en el juego, soñar con el juego, vivir para el juego, morir sin el ajedrez”, me dijo.
“Es pasarse las horas frente al tablero con un rival que hay que matar, aniquilar. Un rival que está maquinando lo mismo. Un rival que quiere arrasar tus jugadas y al que le quieren adivinar las suyas. Un ser que tiene las mismas piezas en juego  y al que hay que acorralar.
“Es más absorbente que una mujer dominante… Requiere más atención que un recién nacido. Invalida cualquier posibilidad de otro pensamiento. ¿Cómo dejarse llevar por algo más –se preguntaba Sisniega— que no sea la batalla que quieres ganar, cuando estás frente a la cuadrícula blanquinegra, dispuestos los peones, alfiles, caballos, torres, reyes, todo listo para dar la pelea y empeñados en ganar?”
¿El ajedrez es un deporte?, le pregunté entonces. Y me dijo: “Cuando menos hay que hacerse a una disciplina, como en cualquier otro deporte, en cualquier otros trabajos. Enfrentarse a un rival en el ajedrez es pasarse horas y horas inmóviles, si acaso levantarse para estirar las piernas, para despejarse reafirmando aquello que en el ajedrez todo es alternativo: el éxito de uno es el fracaso de otro”.
“Estar frente a un jugador durante varias horas libera todas las emociones. Es un reforzamiento de la voluntad, del carácter, del conocimiento de uno mismo…”
Eso me dijo hace 20 años. Lo volví a ver en algunas ocasiones, no muchas a decir verdad. Supe de él y sus andanzas por su hija Vera Sisniega, esa valiente, joven mujer que se dedica a la política morelense, que heredó del padre valores importantes y casi inexistentes en el ambiente político nacional como que la disciplina no es sometimiento, sino una herramienta para la superación de los individuos y de las sociedades. A Vera y toda su familia, un abrazo… Hasta el jueves.

nadiapiemonte@gmail.com