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Perspectiva: Era digital y desigualdad

Estuve tentado de asomarme al escabroso tema del  bullying, ese fenómeno creciente que ocupó los noticiarios  en la semana a raíz de la muerte de un niño en una escuela. Lo primero que me pregunté fue ¿Y como no va a haber esa agresividad si en los medios, en las películas, o en las series de tv se alimenta permanentemente  la violencia? Me sorprendió que México ocupara el primer lugar en el mundo de la agresión que se produce en las escuelas de educación básica. Pero habré de posponer y meditar una reflexión sobre ese tema para referirme a otro que lo influye, el de la era digital que no deja de  maravillarnos. Sabemos que los últimos quince años han sido los más rápidos de la historia: Google, esa famosa firma y técnica a través de la cual se navega y que utilizan millones de personas, se inventó  apenas en 1998; hace doce años no había blogs;  hace 11 años no se enviaban mensajes (SMS) por teléfono celular;  hace ocho años no había Facebook ni Youtube;  hace seis años no sabíamos que era Twitter; hace unos meses no sabíamos lo que era telegram. Esa rapidez nos enmudece. Es a través de esos medios como se transmite la información y a través de los cuales están  comunicados  quienes tienen acceso a  internet, a la red, esa palabra que da a entender que todos estamos entretejidos.
Y todo pasa ahí. Los mandatarios gobiernan con su apoyo y la sociedad participa por ese conducto, aunque en ambos casos de manera superficial.  También la tecnología de la era digital se utiliza para delinquir, para hurtar identidades, para difamar y agredir desde el anonimato, para practicar el llamado ciber-bullying  pero de que es un fenómeno que trastoca nuestras formas de convivencia nadie lo duda. Y nadie puede prescindir de la utilización de esa tecnología y de esos lazos que se forman a través de ella. El mundo del trabajo menos que nadie. Pero  esta era digital que debiera unirnos a todos, margina y genera desigualdad.  Quienes  no tienen acceso a internet, están excluidos  de cualquier posibilidad de desarrollo. Especialmente   en materia educativa. De ahí la importancia de la reforma en telecomunicaciones y la estrategia digital nacional que intenta remontar el rezago que México tiene en esta materia.
 En el evento del CONACYT en que se dio a conocer esta estrategia se señaló que de los 38,000 sitios de conectividad públicos que hoy operan en escuelas y hospitales se pasará a 250,000.  El esfuerzo no es nada despreciable pero insuficiente. El problema es que la cara bonita de  las tecnologías de la información no siempre iguala a las sociedades ricas con las pobres y menos, al interior de estas, a los estratos altos con los bajos. En otras palabras en esta era digital se acentúa la desigualdad, se concentra el ingreso, se concentra el poder. Y no  supone  mejores tiempos para la convivencia democrática como  la realidad pareciera confirmarlo, cuando menos bajo el actual orden económico internacional. En efecto, la brecha social entre  países desarrollados y subdesarrollados o emergentes, si se quiere ser menos pesimista, se agranda cada vez más. Y aun cuando esas tecnologías son benéficas en la industria, en la agricultura en la propia educación, en la medicina y en prácticamente cualquier actividad, no hay manera de alcanzar el nivel de  aquellos países en materia tecnológica.  A la brecha social pues  que nos separa de aquellos hay que añadir la brecha digital. Parece plausible que México tenga una estrategia para la era digital, que estemos en posibilidades de aumentar la velocidad de nuestra “conectividad”, que haya más sitios públicos de acceso a la red sin olvidar que las sociedades también están cambiando muy rápido, más rápido que sus instituciones, que ya no creen en sus autoridades y que están generando formas de auto-representación en diversos espacios que ponen en entredicho los avances de la tecnología.