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Perspectiva: Cruzada contra el Hambre ¿funcionará?

En Chihuahua, con la presencia de indígenas tarahumaras, el Presidente de la República, realizó un evento más del  programa “Cruzada Contra el Hambre”, que surge tomando como ejemplo, el programa brasileño, “Hambre Cero” que instrumentó el presidente de Brasil, Lula da Silva. No es el primer intento para abatir la insuficiencia alimentaria en México. Cada administración ha puesto en marcha diversos programas para combatir la pobreza. COPLAMAR, en la época de López Portillo, fue una instancia para que todas las dependencias que atendían a los grupos marginados trabajaran conjuntamente. Tuvo éxitos parciales. Con Carlos Salinas se instrumentó el programa “Solidaridad”. Zedillo apadrinó su política social con el programa PROGRESA. Después surgió “Oportunidades” y han habido  otras acciones derivadas de esos programas. Algunos terminaron por extinguirse, otros subsisten, y otros más han generado dudas sobre su efectividad  o  por su falta de claridad, reglas y, en algunos casos, corrupción. La conceptualización misma de cómo abatir la marginación ha sido cuestionada en muchas ocasiones.
“Cruzada Contra el Hambre” es un programa en el que los esfuerzos del gobierno se focalizan en aquellos municipios más rezagados y que experimentan condiciones extremas de pobreza. Pretende beneficiar a 7.4 millones de mexicanos mediante  una alimentación y nutrición adecuada a las personas que no tienen acceso a la alimentación; la eliminación de la  desnutrición infantil aguda; el aumento de la producción de alimentos mediante la participación en la producción de pequeños productores agrícolas; la reducción de las pérdidas post cosecha durante su almacenamiento, transporte, distribución y comercialización;  y la mayor participación  comunitaria. Diez y seis secretarías están integradas en el programa.  El programa es ambicioso pero sobra decir, muy importante.
La atención de la opinión pública o de quienes opinan sobre la situación económica, los empresarios o algunos actores sociales, se centra sobre aspectos macro económicos, pero a veces se olvida que las  cifras generadas por la medición multidimensional de la pobreza  son indicativas de la carencia de oportunidades sociales, del rezago en los derechos sociales y de la vulnerabilidad de algunos grupos sociales. Basten unos botones de muestra: a nivel nacional 44.2 por ciento de la población vive en pobreza y  el 37.5 por ciento de la población es vulnerable por ingresos o por carencia de derechos sociales. Lo más dramático es que  la pobreza golpea de manera severa a los niños (42.1 por ciento), a los adultos mayores (51.2 por ciento) y a los indígenas (23.1 por ciento). De ahí la importancia de que el evento citado al principio se haya dado en una región indígena en Guachochi, Chihuahua.
La gran pregunta que muchos nos hacemos es si se podrán corregir las fallas de los programas previos, si se evitará la corrupción, si se aprovecharan adecuadamente los recursos, si se eliminará el carácter asistencial de los programas y si, en suma, se podrá abatir la pobreza y  la desigualdad que padecemos. Las perspectivas en el mediano plazo  son difíciles, pues existe un  aumento sostenido en los precios de los alimentos, la economía está estancada, ha habido una precarización de la clase trabajadora  y las alzas sucesivas en el precio de la gasolina y otros bienes y servicios públicos son hechos que seguramente repercutirán en un aumento de la incidencia de la pobreza.  Con todo, la forma en que se ha instrumentado el programa, los recursos que se le han asignado, el aprovechamiento de las tecnologías para focalizar los nichos y las personas por atender,  y la voluntad política que se le ha imprimido, deben alentar una razonable esperanza de que tenga éxito. Por lo demás, el desarrollo del conjunto nacional en gran parte depende de que la política social sea eficaz.