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Otros tiempos del PRD...

Tabulina Rasa, muchacha en flor de edad, era muy plana en la región del pecho. Una amiga le recomendó a cierto brujo llamado Merlin Black, que tenía un ensalmo infalible para hacer crecer esa comarca. Lo visitó la chica, y el hechicero le indicó: “Cada mañana recite usted estas palabras dirigiéndolas a su busto: ‘Lero, lero, lero; que me crezca lo que quiero’”. Siguió Tabulina aquella prescripción, y a la semana notó que, en efecto, la zona pectoral le iba creciendo. Cierto día tuvo que hacer un viaje en jet. Al ocupar su asiento recordó que esa mañana no había recitado aquel ensalmo. Dirigiéndose a su busto dijo: “Lero, lero, lero; que me crezca lo que quiero”. Oyó aquello el hombre que iba al lado y le dijo a Tabulina: “Disculpe: ¿es usted paciente del brujo Merlin Black?”. “Así es –respondió ella con asombro-. ¿Cómo lo supo usted?”. Con una sonrisa el  tipo dirigió la mirada a su entrepierna y dije: “Lero, lero, lero; que me crezca lo que espero”… Un individuo le dijo al doctor Sigmund Headpeeper, célebre psiquiatra: “Tengo visiones del futuro”. Preguntó el facultativo: “¿Cuándo empezó a tenerlas?”. Responde el tipo: “El próximo jueves”… Han empezado a soplar vientos de modernidad en México. La reforma laboral, siquiera sea parchada en incompleta, representa a mi juicio un gran avance: se logró superar ese inmovilismo legislativo que en nombre de conceptos ya anacrónicos impedía todo cambio en el País. Un buen anuncio es ése; creo que podemos esperar otros cambios aún más importantes, y que dejaremos atrás caducos dogmas de un nacionalismo ya obsoleto que no cuadra con el mundo y el tiempo en que vivimos. Celebro que los senadores y los diputados hayan conseguido llegar a acuerdos a través del diálogo y la concertación política. Por eso llama la atención, y preocupa, la declaración de un diputado del PRD en el sentido de que los perredistas no permitirán que “ese señor del copetito” rinda la protesta presidencial en un ambiente de orden y civilidad. ¿Volverá a las andadas ese partido cuya fuerza política le permitiría ahora mostrarse como un partido maduro, ajeno a pataletas y algaradas, o permitirá que unos cuantos despistados insistan en mantener los viejos usos y costumbres que en otro tiempo dieron fama de violento al PRD? Dejo en el aire la pregunta… Aviso importante: Sigue ahora un cuento en el cual se usa al final un vocablo de cuatro letras muy inconveniente. Las personas que no gusten de leer cuentos en los cuales se use al final un vocablo de cuatro letras muy inconveniente deberán saltarse en la lectura hasta donde dice FIN, vocablo que tiene nada más tres letras… Un galancete se presentó ante don Poseidón y le dijo que deseaba hablar con él. Lo hizo pasar el jefe de la casa y le preguntó en qué lo podía servir. “Don Poseidón –dijo el boquirrubio-: su hija Susiflor y yo nos amamos. Vengo a pedirle que me permita entrar en su familia”. Frunció don Poseidón el ceño y otras cosas y dijo al visitante: “¿En qué trabaja usted?”. “Por el momento en nada –respondió con franqueza el mozalbete-. He estado desempleado los últimos cinco años, y aunque me han ofrecido varios trabajos no los he aceptado, porque estoy en espera de un puesto gerencial”. “Entonces –inquirió don Poseidón, severo-, ¿con qué va usted a mantener a mi hija?”. “Para eso –dijo el solicitante-, me confiaré a la Divina Providencia y a la generosidad de usted y de su digna esposa”. “Ya veo –refunfuñó don Poseidón-. Y dígame: ¿dónde van a vivir?”. “Por el momento no tengo un techo que me cubra –confesó el pretendiente-. Pero la casa en que usted y su señora viven es muy grande. Con la mitad de ella me conformaría para vivir aquí con Susiflor”. “Entiendo –gruñó el viejo-. Y otra cosa me gustaría saber: “¿tiene usted coche?”. “Por el momento no –replicó el muchacho-. Pero usted tiene en su casa dos vehículos. Puede escoger el que le guste más, y yo me conformaré con el otro”. En eso llegó la esposa de don Poseidón, doña Holofernes. Le dijo éste: “Qué bueno que llegas, mujer. Quiero presentarte al joven árbitro, que desea casarse con Susiflor y entrar así en nuestra familia”. Desconcertado le preguntó el visitante a don Poseidón: “¿Por qué me llama usted ‘árbitro’, señor?”. “¡Cabrísimo grandón! –estalló el viejo-. ¡Porque lo único que traes es el pito!”… FIN.

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