No hubo festejo

No hubo fiesta ruidosa ni se vieron el entusiasmo y esperanza de hace cuatro años. Ni festejos frente a la Casa Blanca ni espontáneos cantando o bailando en las calles de otras ciudades. Del poderoso “Yes, we can” se pasó al cumplidor “Four more years”.

La nota principal de The New York Times reprochó en su primer párrafo al perdedor Mitt Romney el hecho de que le haya tomado 90 minutos salir a reconocer el triunfo de su oponente Barack Obama. Les pareció demasiado tiempo.

 Pero el engranaje democrático funcionó y los estadounidenses refrendaron un sistema que desde fuera nos parece lleno de hoyos pero que a ellos les ha servido para más de dos siglos de elegir democráticamente a sus presidentes. En la historia reciente, salvo los célebres reparos a la presunta manipulación electoral del clan Kennedy en los años sesenta y a los chanchullos del clan Bush en el 2000, Estados Unidos ha confiado en su sistema y le ha funcionado.

 Tal vez eso explica que a ellos no les haga falta un instituto electoral federal o una ley llena de candados como la nuestra. Es que ellos vienen de esa historia y nosotros venimos del régimen priista tramposo y apenas tenemos 20 años de construcción de un sistema electoral confiable.

 Ellos pueden recaudar dinerales, así que Obama, en funciones como presidente, recuadó y gastó oficialmente más de mil millones de dólares y Romney poquito menos de mil millones. Pero 70% de los recursos con los que contaron no es fiscalizable por ley, pues son donaciones en los Súper Comités de Acción Política. Ambos gastaron a manos llenas en anuncios de televisión.

 El acarreo de simpatizantes es permitido y ambos lo hicieron. La cobertura informativa de los medios cercanos a Obama fue considerada por los cercanos a Romney (ciertamente menos) la más sesgada de la historia, mientras que a ellos los tildan de propagandistas estridentes. Pero a la hora de los resultados, todos dieron el triunfo de Obama sin regateos.

 Si en la campaña hubo polarización y discursos republicanos radicales, pasada la votación hubo buenos deseos y referencias a la necesidad de trabajar juntos por el bien del país, además de reconocimientos personales.

 Nada de descalificaciones ni escenarios de buenos y malos, puros e impuros, santos mártires y demonios victimarios. Los jugadores aceptaron las reglas, las doblaron todo lo que pudieron y saltaron a la cancha. Al final, todos aceptaron el resultado. 

Acá, todos aceptaron jugar con las reglas de un sistema electoral muchísimo más estricto, todos intentaron (y lograron) darle vuelta a los candados. Todos usaron dinero privado y público sin reportarlo, todos movieron sus mecanismos clientelares, todos usaron programas sociales para sus fines electorales y muchos etcéteras.

 Pero un candidato no reconoce las reglas con las que aceptó jugar y sólo ve la paja de las trampas ajenas. Y a él y sus seguidores más duros les sigue tomando meses, años y sexenios procesar lo que a Romney le tomó 90 minutos.

 


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