Nalgarina, cuentos y más...

“No puedo –se disculpó el artista-. Está usted sentada sobre él”… La señorita Peripalda, catequista, pensó en criar pollos en el corral de su casa. Fue a una granja que estaba cerca de su pueblo y le explicó al granjero su intención. Le dijo: “Véndame diez gallinas y diez gallos. Quiero tener muchos pollitos”. El granjero le aconsejó: “No necesita usted diez gallos. Con uno solo basta para las diez gallinas”. “¡De ninguna manera! –se encendió la señorita Peripalda-. Pollitos sí; promiscuidades no!”… La novia de Babalucas fijó en él la mirada y con tono de solemnidad le confesó: “Estoy viendo otro hombre”. “Soy el mismo –respondió el pasmarote-. Quizá necesitas lentes nuevos”… Doña Gordoloba, señora rica en carnes, por no decir obesa en grado extremo, se dispuso a descender del autobús. En la puerta le dijo con acrimonia al chofer: “¡Qué autobús tan lento el suyo!”. “Sí, señora –contestó el chofer-. Pero ya verá cómo agarraremos velocidad cuando se baje usted”… Uglilia era más fea que un coche por abajo. Era tan fea que ni calladita se veía más bonita. A pesar de eso se había casado. ¡Cuán sabio es el refrán que dice que nunca falta un roto para un descosido! Sin embargo su esposo y ella dormían en cuartos separados, pues el marido tenía muy desarrollado el instinto de conservación. Cierto día Uglilia le dijo a su consorte en tono muy romántico: “¡Ay, Picio! ¡En las noches de plenilunio siento vagos impulsos de erotismo que me incitan a ir a tu cuarto!”. “Te agradezco el aviso –replicó el tal Picio-. Cuando haya luna llena cerraré con llave por dentro la puerta de mi habitación”… Don Astasio llegó a su casa y encontró a su mujer, como de costumbre, acarrazada con un desconocido. Colgó en la percha su saco, su sombrero y la bufanda que usaba incluso en los días de calor canicular, y fue al chifonier donde guardaba la libreta en la cual anotaba palabras de mucha acerbidad para enrostrar con ellas a su esposa. Volvió a la alcoba y le espetó: “¡Adempribia!”. Debo explicar esa palabra. El adempribio es el pastizal común a dos pueblos, y don Astasio pensó que si al poner el vocablo en femenino serviría para tildar a la mujer común a dos varones. Doña Facilisa –tal es el nombre de la infiel esposa- se quedó como quien ve visiones al oírse llamar con tan extraño calificativo. El mitrado marido aprovechó su azoro para decirle: “¿Qué clase de imbécil crees que soy?”. “Sinceramente no lo sé –replicó doña Facilisa, desconcertada-. ¿Cuántas clases hay?”. Don Astasio se volvió hacia el conchabado, un mocetón enrobrescido y lacertoso que le pareció conocido. Le preguntó: “¿No es usted por ventura el repartidor de pizzas?”. “Para servir a usted, caballero –respondió el interrogado-. Vine a traer dos: de salami una, de pepperoni la otra, y la señora aquí presente me apostó a que ella podía hacer una entrega más rápidamente que yo”. “Y le gané” –apuntó muy orgullosa doña Facilisa. “Es cierto –admitió el repartidor-. Pero ya me ofreció la revancha”. “Mujer –reprendió don Astasio a su cónyuge, severo-. Ya te he dicho que esa manía tuya de apostar no te va a conducir a nada bueno. Recuerda los versitos que te hice aprender de memoria: ‘De la suerte nunca esperes / ni dinero ni ventura, / trabaja duro si quieres / ser dueño de una fortuna’. ¿Acaso los olvidaste ya?”. “Perdona, Astasio –se apenó la señora-, pero ya sabes: desde que tuve aquel desorden tiroideo empecé a olvidar las cosas. ¿Por qué no vas y me escribes otra vez esos versos tan aleccionadores? Te prometo que volveré a memorizarlos. Anda, y entretanto yo terminaré lo que estoy haciendo. Ya no nos falta mucho”. “Con su permiso, joven –se despidió don Astasio del robusto mozallón-. Tampoco usted ande apostando; limítese a ser repartidor de pizzas”. “También compongo celulares” –apuntó el mancebo. “Lo tomaré en cuenta” –prometió don Astasio. Y así diciendo fue a su estudio a escribir los versitos que su esposa debía memorizar… FIN.

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