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Mi calle, Comonfort

El gobierno de Juan Álvarez fue fugaz pero brillante, logrando reunir a una generación excepcional: Ignacio Comonfort en el ministerio de Guerra, Melchor Ocampo en Relaciones Exteriores, Guillermo Prieto en Hacienda y Benito Juárez en Justicia; declara capital de la república a la ciudad de Cuernavaca, y en los escasos 38 días que gobernó, tomó dos medidas conocidas como Ley Juárez que cambiarían el destino de México: la convocación al Congreso que elaboraría la Constitución de 1857 y la abolición del fuero militar y eclesiástico. Es el motivo fundamental de que varias calles y espacios de tradición en Cuauhnáhuac lleven el nombre de alguno de estos próceres, como Ignacio Comonfort, localizada en el primer cuadro de la ciudad, aunque este espacio no esté considerado como Centro Histórico. Llamada calle del Mesón del tramo comprendido entre Rayón y Lerdo de Tejada, y calle de La Cañada entre Rayón e Hidalgo, esta arteria fue, por muchos años, ramal del famoso tranvía de mulitas, cuya estación terminal estaba en el antiguo Hotel Bellavista. Pero lo anterior es Historia, y esa materia la dominan los historiadores; al igual que la Cultura, la cual es operada por los cultos. Como cronista de los de a de veras, vienen a mi memoria espacios arquitectónicos y personas que fueron muy trascendentes en mi vida, y el verlos cotidianamente hizo que se volvieran costumbre, estimándolos antes y añorándolos ahora. Cómo olvidar a don Humberto T. Meléndez, corresponsal del prestigiado diario “El Universal”, con su pequeña estatura y andar divertido a toda prisa, saliendo y entrando constantemente de La Casona, pensión por todos conocida, donde además de su máquina de escribir, almacenaba una inmensa cantidad de latas de importación de carnes frías y mantequillas, decía él mismo, “para emparejarse” con el gasto. –“Tu papá era de la Ollaga, Oaxaca”-, me decía insistentemente, porque sabía que yo le iba a contestar que no era cierto. –Mi padre era de San Andrés Tuxtla-, le respondía, haciéndome el enojado. En tanto, no suspendía su conversación con don Polito y su esposa Juanita, matrimonio de excelentes personas que, pulcramente uniformados, cuidaban la casa que hoy se llama de Las Campanas, y que pertenecía a un rico empresario finsemanero. Enfrente vivía la familia de don Eduardo Osorio, compañero de trabajo de mi progenitor, allá en los Servicios Coordinados de Salubridad, precisamente en el Departamento de Higiene de la Alimentación. Recuerdo cariñosamente a doña Chabela, que al enviudar, con mucho esfuerzo y preparando los más ricos tamales del rumbo, sacó adelante a sus hijos, dándoles profesión y oficio. Seguía un local donde se vendía tubería y accesorios de plomería de un hombre de origen español, y junto, el despacho de bienes raíces de don Rafael de la Huerta, siempre elegante con su traje color beige y su impecable sombrero Tardán, con su “cohíba” en la boca, oliendo a loción fina y con su amable sonrisa para todos. Junto estaba el edificio donde habitaba, teniendo como vecinos a los Sazoni y a doña Laurencia, decían, la dueña de toda la propiedad, y en la planta baja, mis adoradas tías Bertha, Eloisa y Evita Romero Flores, hermanas del internacional sastre Leoncio Martínez Flores, mejor conocido hasta la fecha, a sus 96 años, como “El Negro”. Luis Sazoni y su motoneta “Vespa” color gris, con un gran número de pares de zapatos también italianos, atados en la parte trasera; íntegramente vestido, con mocasín sin calcetín, emulando en todo momento a Marcelo Mastroiani. Continuaba una casa con tres balcones medio curvos y un portal de madera de caoba tablereada de las clásicas; permanecían casi siempre abiertas y únicamente se observaba el vuelo de unas cortinas de gasa provocado por el viento, dejando ver una casa impecablemente ordenada. Vivían un par de señoras de edad avanzada, de tez blanca y pelo cano. Decían en aquel entonces que eran hermanas de Francisco Gabilondo Soler, “Cri Cri”, el grillito cantor, al cual conocíamos porque diariamente interpretaba una melodía en la XEW en punto de las siete de la mañana, después de la cabalgata Gillette. En un par de ocasiones lo llegamos a ver: alto, fortachón, también de piel blanca y pelo cano, de carácter amable y una amplia sonrisa, cuando saludaba a mis tías. Y enfrente, la vivienda donde nací, propiedad de mi padrino Miguel Ángel Cendreros, licenciado de profesión, nativo de Santa Catarina, Tepoztlán. Hombre calvo, de tez muy morena y recio carácter. Fajado más allá del ombligo con su camisa almidonada y gruesa, corbata con un torero pintado al óleo sobre ella, conversaba permanentemente con don Esteban y su esposa, la güera, dueños de la panadería vecina “La Paloma”, cuyos aromas impregnaban toda esa cuadra, alentando el hambre al paso de los transeúntes. –“Qué hubo, Leonel, ahí te dejo a mi hijo”- le indico mi padre al peluquero de la esquina de Rayón y Comonfort. –Déjelo aquí, don Miguel; agorita se lo devuelvo con orejas de pollo, ja, ja, ja.- respondió con sorna el fígaro, que en puntos briagos acostumbraba torear carros enfrente del bar Cuernavaca del estimado señor Arámburu. –Voy a echarme un refresco aquí enfrente, con La Tehuixtleca, y regreso para leer la revista Policía- le confirmó, en tanto la vida en esa calle seguía su monótono pero inolvidable acontecer.