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Los mareados

Se marean algunos que viajan en coches, y con más en el vaivén de los barcos. Sufren vértigos las mujeres embarazadas, y a los abstemios desequilibra el primer sorbo de licor. Pero existe otro tipo de mareados. Algunos se curan con el tiempo, pero otros no regresan a la normalidad. Es que padecen el síndrome del tabique; los síntomas se les notan desde un avión: No son lo que fingen ser. Cambiaron de pronto. De humildes pasaron a soberbios. Se sienten hechos a mano. Caminan como si trajeran un palo clavado donde la espalda pierde su nombre. Escupen por un colmillo. Miran desde lo alto de su pequeñez mental. Arrogantes con los de abajo, se arrastran con el jefe. Urden negocios para el futuro inmediato. En casa prometen que se mudarán al fraccionamiento residencial que siempre han soñado y los hijos irán a colegios de ricos. “Justifican” las trapacerías que harán presumiendo que ya tienen lo que no poseen. Traen las tarjetas al tope y vehículos prestados. Otros vendieron la carcacha para comprar uno nuevo en abonos y “tener nivel”. Se ven estrenando “hueso” el Año Nuevo. Pretenden puestos donde hay dinero mal habido, aunque no den el perfil. Hay licenciados que no saben de números y ambicionan ser el tesorero, o policías que no lo son pero se promueven como “expertos” en seguridad. Unos más se dicen “licenciados”, cuando su única licencia es de conductor. Blofean currículums, alardeando cargos mayores que jamás desempeñaron. “Seleccionan” sus llamadas y contestan sólo las que les dan “importancia”. Dicen estar “en reunión con el jefe”, pero éste ya se les esconde. Aseguran tener soluciones “para todo”, y sus antecedentes los muestran incapaces. Metamorfoseados, los gordos se volvieron flacos, guapos los feos e inteligentes los tontos. El mareo, el síndrome del tabique, los volvió incoherentes, falaces, hipócritas. Se santiguan, ponen caras de mustios, juran que ellos no robarán y nadie les cree, ni su jefe. Para ser premiados hicieron “méritos” en campaña, cargándole el portafolios al candidato, sacudiéndole el saco, sirviéndole de “corre, ve y dile”, manejando la camioneta, cumpliendo “misiones de confianza”, atendiendo los celulares, llevando los hijos del jefazo a la escuela, consiguiendo recursos para la campaña, pasando la charola a presuntos proveedores, comisionistas y constructores... Todo lo cual sería irrelevante, a no ser porque los mareados serán funcionarios, todos o los que quepan en la repartición de posiciones. Manejarán presupuestos, “cabildearán” obras y compras de bienes o servicios, se agenciarán los diezmos completos o los compartirán. Llenarán la nómina con parientes, compadres, amigotes y socios, así sean una partida de inútiles; darán trabajo a sus amiguitas y poco tardarán en destinar vehículos oficiales a la familia, para que la señora vaya de compras y el chofer, también pagado con los impuestos, lleve y traiga los hijos al colegio… Los nombres están plenamente identificados; deambulan a lo largo y ancho de los treinta y tres municipios: Luises, Jaimes, Alfredos, Juanes, Marios. A los excepcionales habría que buscarlos con la lámpara de Diógenes, pero a lo mejor ni así… y de nueva cuenta, ¡pobre Morelos!.. ME LEEN MAÑANA.
 
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