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Los funcionarios conocen el honor

En un maravilloso libro, en vista de que todo mundo anda de vacaciones, del extraordinario filosofo Arthur Schopenhauer, ”El Arte de Tener Siempre la Razón”, nos señala qué es el honor y que en nuestros tiempos es algo perdido, y analice por qué:
“La disertación acerca del honor será más difícil y extensa que la del rango. Antes que nada tenemos que definirlo. Si yo dijera, por ejemplo: El honor es la conciencia externa, y la conciencia, el honor interior, quizá podría agradar a algunos, pero no sería una definición brillante y tampoco clara ni completa. Así pues, diré: el honor es, objetivamente, la opinión que tienen los demás de nuestra valía, y subjetivamente, nuestro temor frente a esa opinión. Esta última característica ejerce a menudo en el hombre de honor un efecto muy beneficioso, aunque de modo alguno fundado en la pura moral.
    “La raíz del honor y la vergüenza, innata en todo hombre que no esté corrompido por completo, así como el origen del enorme valor que se concede al primero, radica en lo siguiente: el hombre solo puede muy poco, es como un Robinson abandonado; sólo en comunidad es y puede mucho. En cuanto su conciencia comienza a desarrollarse, advierte tal circunstancia e inmediatamente surge el afán de participar y ser considerado miembro activo de la sociedad humana: alguien capaz de ser un hombre apto en la acción común y, con ello, tener derecho a tomar parte en las ventajas que aporta la comunidad. Y llega a formar parte de ella cumpliendo con lo que se exige y espera de todos sus miembros y, en segundo lugar, con lo que se le pide a él en particular según sea el puesto concreto que ocupe. Pero también reconoce de inmediato que en sociedad no se trata de ser lo que él cree ser según su propio criterio, como de ser en la opinión de los demás. De aquí proviene su celoso afán por la opinión favorable de los otros y del enorme valor que le confiere. Ambas cosas las manifiesta el ser humano a través de la originalidad de un sentimiento innato conocido como el honor y que, según las circunstancias, también se denomina sentimiento de pudor. Tal es el que hace ruborizar sus mejillas en cuanto cree descender en la opinión ajena, aunque se sepa inocente; y hasta cuando la carencia descubierta sea sólo relativa, por ejemplo, cuando se relaciona con una obligación libremente asumida. Por otra parte, nada vigoriza más la vitalidad de este sentimiento que la seguridad adquirida o renovada de la opinión favorable de los demás, puesto que ésta le promete la protección y socorro de las fuerzas de todos, una muralla infinitamente más poderosa que todos los males de la vida.
    “De las diversas relaciones que el hombre establece con sus congéneres en virtud de las cuales éstos depositan en aquél su confianza, formándose de él una buena opinión, surgen varias clases de honor. Tales relaciones son las de la propiedad privada y la ajena, las prestaciones a las que obligan los compromisos adquiridos y las concernientes al comportamiento sexual. A ellas corresponden el honor burgués, el honor del cargo y el honor sexual, cada uno de los cuales tiene a su vez sus propias ramificaciones.
    “El honor burgués posee el ámbito más amplio. Se basa en la suposición de que respetaremos incondicionalmente los derechos ajenos y que jamás recurriremos al empleo de medios injustos o ilícitos en nuestro beneficio. Es la condición necesaria para participar en toda relación pacífica. Se pierde a consecuencia de un único hecho que atente de forma evidente contra él. Una condena criminal que sea justa. No obstante, el honor radica en la inmutabilidad del carácter moral, en virtud de que una única acción reprobable garantiza la misma índole moral de todas las acciones siguientes cuando corresponden las mismas circunstancias en que se ejecutó aquélla. Esto mismo expresa la palabra inglesa character, que significa renombre, reputación, honor. Por eso el honor perdido es irrecuperable, a menos que su pérdida se deba a un error, como la calumnia o la falsa apariencia. Por eso existen leyes contra la calumnia, los pasquines y contra la injuria; pues la injuria es una calumnia sumaria, sin indicación de los motivos; esto se expresa muy bien en griego: el insulto es una calumnia breve, expresión que, sin embargo, no aparece en lugar alguno. Quien insulta demuestra que no tiene nada real y verdadero que aducir contra el otro, pues, de ser así, lo enunciaría mediante premisas y dejaría la conclusión a cargo de los oyentes; más en lugar de hacerlo así, muestra la conclusión y adeuda las premisas; confía en la presunción de que lo mejor es la brevedad”.
 Y desde luego, el Honor del Cargo, que es el que deberían tener todos aquellos que aceptan un cargo público, por lo que el juicio de los que representan debería ser profundamente importante para ellos, y que, como podemos ver, cada vez es menor, sino al contrario, para cubrirlo dicen medias verdades y medias mentiras, para según ellos no ser condenados tan duramente. ¿No cree usted?

lavinleon@gmail.com
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