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Los últimos días de Morelos

Hay efemérides que pasan inadvertidas para el calendario cívico, pero tienen una honda significación histórica. Recrear en la memoria hechos significativos nos remite a valorar los orígenes de la nación. El próximo miércoles 7 es una de esas fechas importantes para la historia patria, pues se cumplen 197 años del apresamiento del generalísimo José María Morelos y Morelos, a manos de las fuerzas realistas. Sucedió un martes, en el poblado de Tezmalaca, Puebla. Para sopesar hechos y circunstancias en este Atril dominguero, es válido recrear interpretaciones posteriores sobre los últimos días de Morelos en lugares como Cuernavaca, la Ciudad de México y Ecatepec, Estado de México, que van del ya mencionado 7 de noviembre al viernes 22 de diciembre, en que fue fusilado.

HUMILLANTES PROCESOS

Uno lo describe el escritor y dramaturgo Vicente Leñero, en la obra de teatro que en 1981 causó escándalo, pues en la representación retrató al caudillo forjador de la nación mexicana como un perdedor, deprimido y arrepentido, lo cual  contravenía la imagen “oficial” que se tenía del Siervo de la Nación y héroe de la Independencia. Una segunda interpretación del episodio de Morelos antes de su fusilamiento es el del historiador Carlos Herrejón Peredo, en un trabajo de distinto género, de carácter rigurosamente histórico que se publicó casi en secreto, el ensayo llamado "Los Procesos de Morelos". Con distintos enfoques, uno y otro trataron de desentrañar las preguntas que escritores e historiadores se han hecho: ¿Cuál fue la actitud de don José María Morelos al ser aprehendido por sus enemigos y recluido en las cárceles de la Inquisición en la Ciudad de México? ¿Se arrepintió de haber participado en la elaboración de la Constitución de Apatzingán? ¿Rechazó haber contribuido a forjar el alma jurídica de la nación mexicana? ¿Declaró realmente que cuando firmó el decreto constitucional que surgió de los Sentimientos de la Nación  no sabía lo que hacía? ¿Transmitió a sus enemigos información militar calificada de confidencial? ¿Delató a algunos de sus compañeros de armas? ¿Se le doblaron las rodillas frente a sus enemigos? Se puede concluir entonces que,  espantado ante la muerte, ¿se quebró en los momentos decisivos, se hincó ante sus enemigos y les pidió perdón...?
De las lecturas escolares y recreaciones posteriores, uno se imagina al hombre valiente de carácter firme, de indudable carisma y don de mando, visionario en lo político y aguerrido y astuto en lo militar; que es todo lo recio y temible que quiere nuestra imaginación, el eficaz Generalísimo orgulloso, mestizo y guadalupano… Que se transforma de pronto en un prematuro viejo cincuentón indefenso, sumiso y taciturno, pues ya está preso. Uno piensa que se halla derrotado, pero la derrota apenas se le viene encima: lo aplastará con una lenta acumulación de humillaciones, y él se rendirá a sus enemigos, les dará información, se dejará llevar hasta el paredón sin más consuelo que la gloria de entregarle el alma en paz a Dios. El Morelos derrotado militar y moralmente no lo es en espíritu, si queremos pensar en su inextinguible fe católica. Pero sin duda las aberraciones y ofensas impuestas doblegaron, precisamente, su orgullo insurgente y su autoestima personal. No cualquiera aguantaría un sistemático proceso de denigración y desprestigio para servir de ejemplo a otros insurrectos.
Dos fueron en realidad los juicios contra Morelos: el eclesiástico y el civil. De entrada hay que decir que el bando virreinal ordenaba que los clérigos aprehendidos con armas in fraganti podían ser ejecutados de inmediato, sin juicio de por medio; pero a los jerarcas eclesiásticos y al virrey Calleja les convenía un juicio a Morelos para hacer propaganda antiinsurgente. Así que, una vez apresado en Tezmalaca, Puebla, el 7 de noviembre, y trasladado a Cuernavaca, donde estuvo preso el sábado 11 y domingo 12 del mismo mes, llegó a la Ciudad de México el lunes 13. Del martes 14 al jueves 23 fueron diez días de acoso psicológico, acusaciones de blasfemias y torturas física, las que concluyeron cuatro días después (lunes 27 de noviembre) con la “degradación pública”, es decir, despojado de su calidad de sacerdote, raspada la piel de las palmas de las manos para quitarle la unción de impartir sacramentos. Todo ello vestido con una sotana amarilla de menor talla  que le daba a las rodillas, siempre encadenado. La tarde del 27 de noviembre, en la Capilla del Santo Oficio, donde después sería la Escuela de Medicina, Morelos fue conducido a degradación pública, oficiada por el Inquisidor General, Antonio Bergoza. Según Lucas Alamán, quien presenció la escena, tal indumentaria “le hacía ver mal”. Bergoza pronunció en latín las palabras de la degradación, cuya traducción al español sería: “Apartamos de ti la facultad de ofrecer el sacrificio a Dios, y de celebrar la misa. Con esta raspadura, te quitamos la potestad, que habías recibido en la unción de las manos. Te despojamos con razón del vestido sacerdotal. Te privamos del orden levítico, porque no cumpliste tu ministerio dentro de él. Como a hijo ingrato, te echamos de la herencia del señor”. La narración del historiador conservador Lucas Alamán dice que Morelos derramó lágrimas al momento de ser degradado, pero José María Bustamante, historiador insurgente,  desmiente esto al decir que quien lloró fue Bergoza, pues sentía admiración por  Morelos. Los principales argumentos usados por los inquisidores fueron sofismas, es decir, mentiras oficiales que pretenden pasar como verdades, pero el más usado fue la firma de la Constitución de Apatzingán, que había sido condenada en Roma por Pío VII  y se acusó de contener ideas contrarias a la fe católica. Por ello, el propósito fue “desprestigiarlo ante la población, y que se le acusaba de mal católico y mal ciudadano”.
De tal manera que el  juicio civil o de la Corona y de la Iglesia contra el súbdito descarriado fue el Proceso de las Jurisdicciones Unidas, presidido por el auditor de guerra, Miguel Bataller, y por el representante del arzobispado, Félix Flores Alatorre. La principal acusación contra Morelos fue la de “haber incurrido en el delito de alta traición al rey, la patria y Dios, sabotaje del virreinato y provocar muertes y destrozos”. En su respuesta, Morelos dijo: “En España ya no había rey, se fue a su casa de Francia, pero si bien regresó, volvió al trono como un déspota contaminado de irreligiosidad”.
 
LA RASPADURA DE LAS MANOS

Después continuó el juicio eclesiástico, donde fue acusado de violar el celibato al tener tres hijos ilegítimos, de no hacer caso de las excomuniones levantadas en su contra por el obispo michoacano Manuel Abad y Queipo. Morelos expresó que las excomuniones sólo eran válidas en caso de que el Papa o un concilio las dictara, pero por decreto del Tribunal de la Inquisición Morelos fue confirmado en la ya citada degradación religiosa.
El arzobispo Pedro de Fonte redactó la retractación que Morelos debía firmar para que se le concediera el perdón del gobierno. A pesar de que Morelos reconoció no haber caído en ninguna herejía, la Inquisición le declaró hereje el día de su degradación y le condenó a reclusión perpetua en un convento africano. Fonte visitó a Morelos para exigirle la firma de su retractación, y tras varios días, el arrepentimiento firmado por el Generalísimo comenzó a circular el 10 de diciembre. El 12 Calleja recibió una carta del procesado, indicándole estrategias y lugares clave para el Ejército Insurgente.
La madrugada del jueves 21 de diciembre, Calleja dictó la sentencia de muerte para Morelos, y el coronel De la Concha, su captor, fue el encargado de ir a la prisión y leerla al condenado, quien la escuchó de rodillas. Dieciocho años antes, en esa misma fecha y de rodillas, José María Teclo Morelos, había recibido la unción sacerdotal.
El viernes 22 de diciembre, al amanecer despertó en su celda, desayunó pan con café y enseguida fue encadenado de manos y pies, subió a una carroza custodiada por 50 soldados y marchó a Ecatepec, donde se realizaría la ejecución, por orden de Calleja, ya que temía  un motín para rescatarlo. Al pasar por la Basílica de Guadalupe intentó hincarse, pero el peso de las cadenas se lo impidió. Llegó a Ecatepec a la una de la tarde. El sacerdote Miguel Salazar fue comisionado por Manuel de la Concha para asistir a Morelos y preparar su sepultura. Después de comer, el cura insurgente conversó un poco con Salazar y De la Concha, y posteriormente se confesó. Antes de pasar al paredón, rezó el Salmo 51. Luego tocaron los tambores, el condenado abrazó a Concha, se vendó los ojos, tomó un crucifijo y exclamó: “Señor, si he obrado bien, tú lo sabes, pero si he obrado mal, yo me acojo a tu infinita misericordia”. Enseguida se arrodilló con la espalda al pelotón. A la voz  de “¡fuego!” sonaron dos descargas. A las cuatro de la tarde ese 22 de diciembre de 1815, José María Morelos y Pavón había muerto...
 
SEIS AÑOS DESPUÉS

De las interpretaciones históricas o literarias se pueden sacar variadas conclusiones. El hecho es que de la saña militar e inquisitorial sobre el individuo, no puede esperarse más que la locura o la desesperación por la causa perdida. Pasados seis años la lucha había concluido y el realista Agustín de Iturbide y el insurgente Vicente Guerrero entraron con el Ejército Trigarante a la Ciudad de México. Iglesia y Ejército del rey español iban de salida. La muerte de Hidalgo, Allende, Morelos y miles más no había sido en vano…Todo lo anterior para recordar que “Morelos” no es sólo el nombre de nuestra entidad, ni sólo una estatua grandota en el Centro Histórico de Cuernavaca, ni una carita en los billetes de  cincuenta pesos. Es el hombre que ayudó a forjar el Estado mexicano. Así transcurrieron los últimos 45 días del Siervo de la Nación… ME LEEN MAÑANA