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Las calaveras me pelan los dientes  

El estado ruinoso en que se encuentra el tradicional Panteón de La Leona, me hizo reflexionar acerca del irremediable paso que habremos de dar al más allá. Definitivamente, ¡no somos nada! En la mini rotonda de hombres ilustres que existe en dicho cementerio, se alcanzan a leer nombres de personajes que trascendieron por sus acciones en favor de la sociedad. Fueron receptores hasta de genuflexiones de serviles, que al quemarles incienso se veían beneficiados en sus intereses particulares. Hoy, ruinas y olvido. Cuánta razón tenía el poeta cuando versaba: “en vida, hermano, ¡en vida!” Mucho se ha escrito sobre la muerte, aquí, allá y en todas partes del mundo. Ese irremediable estado en el que algún día el ser humano estará, no puede en ningún momento de su existencia pasar desapercibido. Quizá la forma más excéntrica y frívola de querer preservar la presencia del alguien sobre la faz de la tierra sea la que por siglos realizaron los egipcios; la más filosófica la de los orientales e hindúes; fría y plástica la de los norteamericanos; mística la de los pueblos latinoamericanos. En México, tendemos un poco al “vale madrismo” y tratamos de disfrazar de innumerables maneras el miedo que sentimos por dicho personaje representado por la calavera, la dama de velos negros, la mujer descarnada vestida de blanco y más. Dividimos en dos escenarios nuestro temor: el teológico y el festivo. Durante la celebración del acto religioso, invocamos al poder superior para obtener la absolución de nuestros pecados y acceder de tal forma al reino de los cielos. Le pedimos que nuestros difuntos sean recibidos a su diestra y suplicamos, realmente acongojados, para obtener la resurrección en el momento señalado por las escrituras. En realidad sentimos temor y por más que nos neguemos, no podemos dejar de hacer constantes ejercicios mentales en los que nos ubicamos en la oscuridad del féretro o del sepulcro, sin posibilidad alguna de regreso. Y durante la fiesta, nos cansamos de mentarle la progenitora al tétrico personaje. "¡A mí las calaveras me pelan los dientes!", gritamos eufóricos con cierta cantidad de mezcales en la panza. Condimentamos nuestros mejores platillos, alistamos los mejores vinos y licores, desempolvamos las prendas de vestir más glamorosas, arrimamos flores frescas y olorosas, quemamos incienso y encendemos veladoras; conformamos nuestra ofrenda y esperamos a que nuestros difuntos bajen a compartir ese convivio. Empezamos a acordarnos de las cualidades histriónicas de los que ya se fueron, pero que nos dejaron un sinnúmero de anécdotas que hoy bien vale la pena traer a la memoria. ¿Te acuerdas, compadre, qué chingón cantaba mi jefe? Preguntó "El chaparro", cuyo fenomenal abdomen se dejaba ver por la camisa desabotonada. Cómo no, compa, le salía de poca el corrido de Modesta Ayala, respondió el otro, a quien le escurría un líquido blanco y viscoso en las comisuras de la boca. Yo siempre lo respeté... ¿y sabes por qué, ‘inche compadre?, insistía el panzón. No, compita, ¿por qué?, interrogó con voz aguardientosa el otro. Por que mi jefe, además de viejero, ¡nunca le tuvo miedo a la muerte!
Los Santos y Fieles Difuntos son, sin duda, de las fiestas más espectaculares en nuestro país. En algunos sitios se distingue a los que murieron “matados” (28 de octubre), a los “muertos chiquitos” (1 de noviembre), a los “muertos grandes” (2 de noviembre) e incluso a las almas “en el limbo” de los niños que murieron sin ser bautizados (30 de octubre). “La celebración del Día de Muertos es una de las más típicas y representativas del pueblo de Ocotepec, ya que es tiempo de recordar a aquellos seres queridos que han muerto, y sentir que no se han ido del todo. En Ocotepec, conmemoramos a nuestros familiares y amigos difuntos con una manifestación de amor; el culto a la muerte en este pueblo no es algo nuevo, pues ya se practicaba desde 1800 a. C.”, dicen los viejos de la comunidad. De cualquier manera y sea vista al modo de los nativos de Mesoamérica o de la cultura española, la muerte es realidad y misterio en que acaba la vida terrena. Si hay algo en el más allá, sólo quienes cruzan el umbral lo han de saber. ¿Acaso vale la pena saberlo ahora, cuando podemos recordar a nuestros muertos y reírnos a carcajadas de la huesuda calaca? El 1 Y 2 de noviembre, durante la fiesta grande de los Santos Difuntos, se observa en los panteones una romería interminable desde la madrugada. Venta de flores de los más variados y hermosos colores, veladoras, ceras e incienso. Chamacos que acarrean el agua, rotulistas, albañiles, herreros y más. Tal vez durante todo el año ni nos acordamos de los que nos antecedieron en el viaje sin regreso, pero hoy, ¡qué caray!, nuestra tumba será la mejor. No en balde reza la sentencia sobre el viejo portón de La Leona, y que a todos nos eriza la piel inevitablemente: “Postraos, aquí la eternidad empieza y es polvo aquí la mundanal grandeza”.

victorcinta_2005@hotmail.com