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La presencia de Calderón en Harvard

El guía del museo antropológico les mostró a los niños un diorama en el cual aparecían hombres y mujeres de la Edad de Piedra. Les dijo: “Durante millones de años el hombre de Neanderthal no anduvo erecto”. “Me lo explico –le comentó en voz baja Pepito a Juanilito-. ¿Ya viste a la mujer de Neanderthal?”… Yo también me explico la actitud de quienes protestaron por la presencia de Felipe Calderón en Harvard. Algunas cosas buenas hizo el michoacano, pero quedó señalado de manera indeleble por la sangre que corrió durante su sexenio. Caso semejante es el Díaz Ordaz. Muchos lo consideran uno de los mejores Presidentes que México ha tenido en la época moderna, y sin embargo todo lo que hizo desaparece ante la mancha del 68. Igual, me temo, sucederá con Calderón. Se olvidarán sus buenas obras –ya se han olvidado-, y se le recordará como el Presidente de las muertes, de la muerte. Un observador sereno e imparcial podrá citar logros incuestionables del panista: la estabilidad económica, los programas sociales en beneficio de los pobres, etcétera. Pero en la memoria colectiva permanecerá la enorme cifra de muertos y desaparecidos que hubo durante su mandato. Se piensa que por causa de Calderón y de su desatinada guerra millones de mexicanos perdimos –y quizá ya no recobraremos nunca- la paz y la tranquilidad en que vivíamos. La inseguridad es tal que la vida se nos ha vuelto una aventura peligrosa. Así las cosas, el saldo sangriento de estos años prevalecerá sobre cualquier otra imagen, y constituye ya el juicio final sobre el ex Presidente. Fue esa sombra la que se proyectó sobre la admisión de Calderón, aun como huésped transitorio, en la Universidad de Harvard. Se le recibe en forma vergonzante, como a invitado incómodo, en medio de balbuceantes explicaciones tendientes a paliar lo más posible los malos efectos que para la inmaculada imagen harvardiana pudieran derivar del paso del combatido personaje por su sagrado campus. Me pregunto cómo se las arreglarán aquellos solemnes profesores para deshacerse de esa ingrata presencia. Y otra pregunta me hago: ¿cuál es la capital de Dakota del Sur?... Meñico Maldotado era un pobre joven con quien se mostró avara la naturaleza. En la región de la entrepierna tenía 5 centavos de canela, y mal despachada. Tan escaso capital poseía en esa parte que una vez estuvo con una chica del talón. Cuando ella lo vio al natural le propuso: “¿Qué te parece si nos saltamos hasta lo del cigarrito?”. Y es que Meñico le había dicho que primero disfrutarían el acto del amor y luego se fumarían un cigarro. (En otros tiempos las tres mejores cosas de la vida solían ser una copa antes y un cigarrito después. Ahora, para no acortarse la vida, muchos suprimen lo del cigarrito). Pues bien, sucedió que en cierta ocasión Meñico Maldotado entró en un bar. El cantinero y los parroquianos se sorprendieron al verlo, pues el recién llegado traía un avestruz atado a una cadenita, como si fuera un perro. Pidió Meñico una cerveza para él y unos cacahuates para su exótica ave. El hombre de la cantina le preguntó, asombrado: “¿Podría decirme, señor, por qué viene con usted un avestruz?”. “Es hembra –precisó Maldotado-. Y la razón por la cual viene conmigo es una historia en verdad triste”. “Me gustaría oírla –dijo el barman-. Los cantineros somos especialistas en historias tristes”. “Ninguna más pesarosa que la mía” –se dolió Meñico. Y relató: “Ha de saber usted, amigo, que la naturaleza me escatimó sus dones en el renglón correspondiente al atributo varonil. Desde niño era yo la burla de mis amiguitos, que hacían ludibrio de mi escasa dotación en esa parte. Luego, ya joven, fui la irrisión de mis compañeros de escuela en los vestidores del gimnasio. ¿Y qué diré de mi presencia en el baño de vapor del club? Todos al verme rompían en estruendosas carcajadas. Cuando salía de ahí, las señoras, sabedoras por sus maridos de aquella insuficiencia mía, se reían entre sí y luego figuraban con índice y pulgar una medida mínima, como de un centímetro. Y aquí viene lo del avestruz hembra. Un día, en una tienda de antigüedades, compré una misteriosa lámpara. Al frotarla salió de ella un genio que me dijo: “Te concederé un deseo”. Ni siquiera lo pensé. Le pedí: ‘¡Quiero una polla grande!’. Y aquí estoy”… FIN