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La Piruja, olvidadizo, Babalucas y más

“Aquella mujer es la mayor piruja de toda la ciudad’’. Así dijo en la fiesta un muchacho señalando a una de las invitadas. Un señor lo reprendió, enojado: “Joven -le dijo-. Olvida usted que mi esposa está presente’’... Caía la tarde, y un ancianito lloraba desconsoladamente en la banca del parque. Se le acercó un policía y le preguntó con solicitud y cortesía (Nota: esto es un cuento): “¿Por qué llora, señor?’’. Sin dejar de verter sus lágrimas responde el maduro caballero: “Tengo 84 años de edad. La semana pasada me casé con una muchacha de 25. Ella no se lo esperaba, y menos yo, pero la luna de miel fue todo un éxito. Una y otra vez le hice el amor apasionadamente; volví a mis 20 años. Cuando regresamos del viaje ella venía locamente enamorada de mí. Piensa que soy el mejor amante del mundo. Todos estos días nuestra vida ha sido un constante arrebato de pasión’’. Pregunta asombrado el policía: “Y entonces ¿por qué llora?’’. Responde el ancianito al tiempo que estallaba en sollozos: “¡Es que hoy en la mañana salí de mi casa, y ahora no puedo recordar dónde vivo!’’... Babalucas envió un mensaje a la Secretaría de Turismo para preguntar por qué, si la tecnología está tan avanzada, no han hecho inalámbricos a los voladores de Papantla… El reverendo Rocko Fages, pastor de la Iglesia de la Tercera Venida (no confundir con la Iglesia de la Tercera Avenida, que permite el adulterio a condición de que se lleve a cabo sólo una vez por sesión), predicaba contra las diversiones profanas. “¡Y esos antros, cabarets o salones de baile! –clamaba con santa indignación-. ¡Parecen un burdel!’’. Al salir del servicio lo felicitó una de sus feligresas: “¡Qué gran sabiduría tiene usted de la vida, reverendo! -le dijo-. ¡Se ve que ha estado en todas partes!”... A aquella madura señorita le decían “La Melodía Olvidada’’. Ya nadie la tocaba… La democracia es como el embarazo: o se tiene o no se tiene. Una mujer no puede decir: “Estoy un poquitito embarazada”. Un país no puede decir: “Tengo algo de democracia”. El ejercicio democrático debe abarcar lo mismo a la nación que, digamos, a las sociedades de alumnos de las escuelas. Y es que la democracia, más que una forma de gobierno, es un modo de vida. No puede haber en una democracia ínsulas antidemocráticas. Si las hay, eso contaminará al resto de las instituciones. En México la democracia se detiene ante los sindicatos. Entes muy poderosos son esas organizaciones. El himno del SNTE, por ejemplo, empieza precisamente con una declaración de poderío: Su primera línea dice: “Poderoso Sindicato de Trabajadores de la Educación…”. En nombre de la autonomía sindical se excluye a los sindicatos de las normas que la democracia impone, y se permite que sigan siendo feudos en donde privan los usos y costumbres de hace más de medio siglo. Ninguna diferencia hay entre Fidel Velázquez y los líderes sindicales de hoy. Con el regreso del PRI ese añejo sindicalismo se fortalecerá aún más, y a los sindicatos y a sus líderes no se le tocará ni con el pétalo de una reforma… Aquel charro tenía fama de agarrado, cicatero, avaro, excesivamente ahorrador. Un día se presentó en el lienzo a charrear. “Don Avaricio -le advirtió uno de sus compañeros-. Trae usted una sola espuela. Se le olvidó ponerse la otra’’. “Solamente uso una -respondió don Avaricio-. He notado que cuando se mueve una mitad del caballo la otra mitad se mueve también’’... Bill Swiftdick, vaquero americano, aprovechó la ausencia del sheriff Jack Longhorn para entrar en su casa a refocilarse con su esposa, mujer que había conocido -en el sentido bíblico de la palabra- a todos los hombres al oeste de Abilene. Estaba el cowboy en el culmen del erótico deliquio cuando se oyó, cada vez más cercano, el trote de un caballo. Le dice la mujer a Swiftdick: “¿Es cierto que los vaqueros de verdad mueren con las botas puestas?’’. Respondió el jinete sin dejar de jinetear: “Así es. El verdadero cowboy muere con las botas puestas’’. “Pues póntelas aprisa –sugirió la mujer-. Ahí viene mi marido’’… La esposa de Capronio, sujeto ruin y desconsiderado, le dijo un día: “Tarde o temprano tendremos que conseguir otro espantapájaros para alejar a los cuervos de nuestro jardín”. Capronio replicó: “¿Qué hay de malo con el espantapájaros que tenemos ahora?”. “Nada –reconoció la señora-. Pero a mi mamá ya se le están cansando los brazos”… FIN.
 
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