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La danza de los millones

El México y el Morelos del siglo XXI entrañan retos y condiciones muy distintas a las del aún no lejano siglo XX. El siglo actual se caracteriza por una dinámica en la cual los jóvenes llevan la batuta.  Sin menospreciar la experiencia o la pátina que dan los años, ahora, el momento es de los jóvenes, prueba de ello es el promedio de edad en el Gabinete legal y ampliado del Presidente de la República. Lo anterior lo afirmo en función de que quienes nos encontramos en la madurez de nuestras vidas debemos ser muy cuidadosos de no caer en las siempre molestas comparaciones, en actitudes nostálgicas o redundar en la frase de que “tiempos pasados fueron mejores.” Sin embargo, hoy impera una realidad que fue insignia de los gobiernos de la Docena Trágica y que tanto ha lesionado a la sociedad morelense: La danza de los millones.
Los recursos económicos siempre serán bienvenidos, y el político que tenga la destreza de lograr recursos federales o de otro orden para su entidad o municipio es un buen funcionario público, la única condición legal, moral y ética que se debe imponer, es que dichos recursos lleguen al destino para el cual fueron solicitados.
Anteriormente, cuando las condiciones eran más modestas y los estados y municipios no recibían galeones cargados de oro, se podían ajustar a los presupuestos y las obras se hacían y los servicios se dotaban. Es por ello una inmoralidad que después, cuando los recursos fluyeron como nunca antes, ya fueran enviados por la federación o producto de algún empréstito con una institución de crédito, las obras y servicios fueran menores que en los tiempos modestos.
La sociedad en general hace un gran esfuerzo para tributar, las condiciones no son fáciles, me atrevo a asegurar que en cualquier rubro o gremio la prosperidad no es una característica de estos tiempos, es por ello que el más modesto comerciante o trabajador hasta el más grande industrial se sienten lesionados cuando sus impuestos no son invertidos en Morelos, sino en los bolsillos de funcionarios, en prebendas o canonjías que dichos servidores jamás podrían obtener trabajando en el sector privado o, lo peor, cuando esos recursos millonarios simplemente desaparecen por arte de magia.
Es particularmente preocupante la noticia con la cual amanecimos los morelenses hace días, en el sentido que se desconoce a dónde fueron a parar los millones de pesos que fueron destinados al operativo “Morelos Seguro”; no sólo es preocupante, es inmoral y una afrenta para todos y cada uno de quienes vivimos en la entidad. En una analogía que no es exagerada, es equiparable a robarle los alimentos y las municiones a los soldados que defienden una plaza sitiada.
Lo anterior no sólo es una puñalada en la espalda a la ciudadanía, sino también una piedra en el camino para la nueva administración, pues le atan las manos en la lucha contra la inseguridad, la cual, como es del dominio público, el gobernador ha transformado en una carrera contra el tiempo.
Pero no sólo la “desaparición” de millonarios recursos en el rubro de la seguridad pública, sino otras medidas injustas con los que menos tienen, tal y como lo es que la Secretaría de Hacienda condone el ISR  a estados y municipios.  En pocas palabras, los estados y municipios le descuentan a rajatabla el ISR a su base trabajadora y, en lugar de ingresarlo a Hacienda, le dan un fin desconocido y, finalmente, Hacienda les perdona que no le paguen dicho impuesto, en fin, un crimen perfecto que robustece la danza de los millones.
Al final y sin el ánimo de caer en estereotipos o poses demagógicas, considero que hoy más que nunca debe estar vigente e impuesta en todos y cada uno de los servidores públicos, de cualquier orden o nivel de gobierno, la máxima juarista de que deben “vivir en la honrada medianía que proporciona la retribución que la Ley les señala”.