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La Atenas de México

¿Qué le puede decir una mujer a un hombre un minuto después de tener sexo con él? Puede decirle cualquier cosa. Ya está dormido… Doña Panoplia de Altopedo, señora de buena sociedad, fue con las socias del Club de Amigas de la Naturaleza a visitar una granja cercana a la ciudad, pues las señoras querían ver a “los animalitos”. Llegaron en el momento en que las vacas eran ordeñadas. Doña Panoplia le preguntó al granjero: “¿Por qué no están ordeñando a aquella vaca que quedó en el corral?”. “Sería un poco peligroso, señora –le contestó el granjero-. Lo que llama usted vaca es el toro”… Son famosas las miríficas aguas de Saltillo, cuyas virtudes enaltecen las potencias del varón y las conservan por encima del paso de los años. Pero mayor es la fama que tiene mi ciudad por su cultura, reconocida por propios y extraños. (Sobre todo por extraños). Solía decirse que en Saltillo el que no es poeta hace cajeta. La cajeta es un dulce sabrosísimo elaborado en las cocinas saltilleras por sabias manos de mujer con los frutos emblemáticos –perones y membrillos- de las añosas huertas que plantaron nuestros antepasados tlaxcaltecas. Mi ciudad fue llamada alguna vez “la Atenas de México”. Alguien consideró hiperbólico ese mote, hasta que yo le dije que en la capital de Grecia vi un letrero que proclamaba con orgullo: “Atenas: el Saltillo de Europa”. Ese prestigio de cultura le viene a mi ciudad por su centenaria tradición educativa y por los hombres de letras, ilustrísimos, que salieron de esta tierra a enriquecer la cultura nacional. Me alegra poder decir que las tareas del espíritu siguen floreciendo en Saltillo. Recientemente el gobernador Rubén Moreira inauguró con don Joaquín Díez Canedo una preciosa librería, seguramente una de las más bellas que el Fondo de Cultura Económica tiene en el País, pues se encuentra en una antigua casona porfirista, frente a la hermosa alameda de Saltillo. Sentado entre el público que asistió a la inauguración creí irme de espaldas con todo y silla cuando el señor Díez Canedo, en su intervención, mencionó mi nombre entre los de aquellos escritores que han dado nombre a la ciudad. Aquí se lo agradezco. Días después el gobernador Moreira anunció la creación de un importante premio literario en homenaje a Manuel Acuña, nuestro poeta epónimo, y que tendrá categoría internacional, pues abarcará a todos los países de habla hispana. En estos tiempos de sombría violencia únicamente los valores del espíritu pueden dar esperanza y poner luz. Yo, que nací en Saltillo y que aquí espero nacer a nueva vida, siento un íntimo orgullo por saber que mi ciudad mantiene y agranda sus tradiciones de educación y de cultura… Turi Ferario, piadoso joven, casó con Sally Dora, joven mujer con mucha ciencia de la vida. Al empezar la noche de las bodas Turi se puso de rodillas junto al tálamo nupcial. “¿Qué haces?” –le preguntó la  sabidora novia a su flamante maridito, quizá para saber en qué posición debía ponerse ella. Respondió él: “Estoy rezándole al Señor para pedirle guía”. “Ah vaya –dijo entonces Sally Dora-. Mejor pídele fortaleza. De guiarte me encargo yo”… Doña Jodoncia, la fiera esposa de don Martiriano, le contó por teléfono a una amiga: “Ayer tuve una discusión con mi marido, y el pobre se pasó toda la noche viendo a través de la ventana con una tristísima mirada”. “¿De veras? –se conmovió la amiga. “Sí –confirmó doña Jodoncia-. Supongo que al rato tendré que dejarlo entrar”… Capronio, sujeto ruin y desconsiderado, se quejaba siempre de lo mucho que él tenía qué trabajar mientras su esposa se quedaba en la casa muy tranquila. Le pidió al Señor que cambiara los papeles. El buen Dios accedió a su petición, y un buen día Capronio se encontró convertido en mujer, y vio a su esposa transformada en el hombre de la casa. Todo el día Capronio tuvo que afanarse en las duras faenas del hogar, en la atención y cuidado de los hijos, en las mil y mil cosas que una esposa debe hacer para tener la casa en orden. Para colmo esa noche su mujer –convertida en hombre- llegó con copas y en estado erótico, y pese a que Capronio ya lo único que quería era dormir le hizo el amor con ardimiento. Al día siguiente el incivil sujeto, arrepentido, le dijo a Dios: “¡Perdóname, Señor! ¡Qué equivocado estaba! La verdad es que mi esposa trabaja más que yo. Estoy arrepentido, y te pido que las cosas vuelvan a ser como eran antes. Vuélveme a mi ser de hombre, por favor”. “Lo haré con gusto, hijo –le respondió el Señor-. Pero tendrás que esperar nueve meses: anoche quedaste embarazado”… FIN