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Hasta el fondo, cuentos y más

En la alberca del club nudista la guapa chica le preguntó con inquietud al instructor de natación: “¿Está usted seguro de que si quita la mano de donde la tiene me entrará agua por ahí y me hundiré hasta el fondo?”… He aquí un acertijo relacionado con los números. Dada una serie de guarismos es posible, mediante la aplicación de una sencilla lógica de matemáticas, decir cuál es el número siguiente. Por ejemplo, si escribimos: 2-4-6-8-10, sabremos que el número que sigue es 12. Si ponemos: 3-6-9-12-15, es fácil discernir que el siguiente número es 18. Veamos ahora esta serie, y tratemos de encontrar el número que debe seguir al que aparece al último: 2-10-12-16-17-18-19… ¿Cuál es el número siguiente? Daré en seguida la respuesta, para que nadie se fatigue el seso tratando de aplicar la lógica matemática al asunto, o de solucionarlo con el empleo de alguna complicadísima ecuación. El número que sigue al 19 en esa serie de guarismos es el 200. ¿Por qué? Porque entre todos los números que siguen al 19 el 200 es el primero cuyo nombre empieza con la letra d. Y los nombres de los números que forman aquella serie empiezan todos con esa misma letra. Ya se ve que hay aquí una pequeña trampa que se puede advertir desde el planteamiento de la cuestión. La solución de un caso, en efecto, ha de empezar a buscarse a partir de la forma misma en que el dicho caso se plantea. Obsérvese que no dije: “Un problema de matemáticas”, y ni siquiera: “Un acertijo de números”. Dije: “Un acertijo relacionado con los números”. Y es que el asunto aquí no es de números, sino de letras. Igual ocurre con la adivinanza que el pasado viernes, en la grata reunión semanal de la familia, me planteó Rodrigo, mi inteligente nieto. Me dijo: “150 monos, y hay 150 sillas. ¿Cuántas sillas sobran?”. “Ninguna” –dije con rapidez suficiente. O, más bien, con suficiente rapidez. Respuesta equivocada. Y es que no examiné bien el planteamiento: “Siento 50 monos, y hay 150 sillas”. Sobran 100 sillas, claro. En México, a diferencia de en España, las palabras “ciento” y “siento” son homófonas; tienen igual sonido. Todo lo anteriormente dicho me sirve para hacer una reflexión. Creo que la cuestión de la reforma energética no es de letras, sino de números. Quiero decir que en ella no se deben aplicar criterios letristas de política –el nacionalismo, la Revolución-, sino criterios numéricos de economía. Se trata de hacer de Pemex una empresa eficiente, productiva, capaz de competir con las de su misma clase en el extranjero. Se trata de aprovechar cabalmente un recurso necesario para cuyo aprovechamiento no tenemos los necesarios recursos. Vivimos ahora en un mundo globalizado en el cual las ideologías políticas van cediendo el paso a consideraciones de orden económico. Los dogmas nacionalistas del ayer no pueden aplicarse hoy. Decir esto no es asunto de tecnocracia o pragmatismo. Es asunto de supervivencia. Necesitamos más economía y menos politiquería… Y también necesitamos más sustancia y menos juegos de palabras, columnista inane. ¿Acaso seguirás fatigando a la República con otras giladas como ésa que nos acabas de asestar?  Vamos, narra algunos chascarrillos finales y luego haz un discreto mutis. La Nación te lo agradecerá… Al bajar de la tribuna el diputado reprendió con acrimonia a su asistente. “¿Por qué me haces tan largos los discursos? –le reclamó, exasperado-. Cuando acabé de leer éste ya no había nadie en el recinto”. “Señor –contestó el otro-. Me pidió usted el discurso con tres copias, y leyó las tres”… La mamá del pequeño Miguel Ángel le dijo con impaciencia a su retoño: “¿Por qué no puedes rayar las paredes, como hacen los demás niños? ¿Tienes idea del trabajo que me cuesta borrar esos monigotes que pintas en el techo?”. Y la mamá del pequeño Lincoln: “¿Otra vez vas a salir a la calle con ese ridículo sombrero? ¿Por qué no te pones una gorra de beisbol, igual que todos los chamacos de tu edad?”. Y la esposa de Edison: “Me vale que tú seas el inventor del foco. No me gusta hacerlo con la luz prendida”… El reportero entrevistaba a un hombre que cumplió 110 años de edad. Le preguntó: “¿Qué me puede decir de su vida sexual?”. Suspiró con tristeza el individuo: “Dejé de tener sexo hace 5 años”. “¿Por qué?” –se sorprendió el periodista. Responde el matusalén: “Me gustan las mujeres mayores que yo”… FIN.
 
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