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Gracias, Don Alfonso

Esta historia comienza a mediados del siglo pasado, en agosto de 1951, cuando Monseñor Alfonso Espino y Silva, VI Obispo de Cuernavaca, es designado Arzobispo de Monterrey. Espino y Silva dejó entonces un buen recuerdo entre la gente de su Diócesis y de la en ese entonces apacible Cuernavaca. En 1972 ordena en Monterrey a un joven Sacerdote de sangre neolonesa y michoacana: Alfonso Cortés Contreras.
Entiendo que se debe de ser cauto y cuidadoso cuando se tocan temas relacionados con la fe y las creencias religiosas muy particulares de cada persona. En lo personal, en esos temas me asumo plural y tolerante; sin embargo, esa postura no me cubre con una venda los ojos para reconocer, independientemente de mis afectos, a un gran morelense por adopción que, hasta el 21 de diciembre de este año, fue el XI Obispo de Cuernavaca.
Don Alfonso Cortés Contreras tuvo una sólida formación profesional y espiritual en Teología y Derecho Canónico, que lo llevó a la par de sus labores pastorales a ser rector del Pontificio Colegio Mexicano en Roma, Obispo de Aque Rege y Auxiliar de Monterrey. En verano de 2009, Benedicto XVI lo hace Obispo de Cuernavaca; recientemente concluyó se responsabilidad al frente de la Pastoral Educativa de la Conferencia del Episcopado Mexicano y, hace unos cuantos días, fue designado Arzobispo de León, una de la Arquidiócesis consideradas “buque insignia” por la Iglesia Mexicana.
Don Alfonso es un hombre que amén de su congruencia y firme convicción en lo que cree, asumió con energía una diócesis abandonada, en la cual su antecesor era muy proclive al gobierno en turno. La primera señal que envió fue la  de “Dar al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”; así, marcó dentro del respeto y la relación institucional una sana distancia entre el clero y el gobierno. Con energía y emulando a los primeros evangelizadores que llegaron a estas tierras en el siglo XVI, recorrió la pequeña pero inmensa geografía de Morelos; antes de tres meses ya conocía cada rincón de la entidad; fue a  cada parroquia,  llegó a rincones alejados del estado, ya fuera en la sierra o en los márgenes del Amacuzac, en la zona sur; en las ancestralmente abandonadas comunidades del poniente, en la zona oriente, en los altos y las faldas del volcán; en Huitzilac y Tlalnepantla; como también en las cabeceras municipales, en Cuautla, Jojutla, en Cuernavaca y su populosa zona conurbada. No hubo, pues, sitio que no conociera. En muchas ocasiones fue el primer Obispo en poco más de cien años en llegar a algún pueblo o comunidad.
En una época particularmente difícil en materia económica y de seguridad pública, siempre estuvo cerca de todos, aconsejando, serenando, dando aliento; se reunió con obreros, campesinos, líderes sociales, con autoridades, candidatos, empresarios, comerciantes, padres de familia y jóvenes. Al igual dio consuelo a militares que celebró misas en los penales. En fin, cumplió su promesa de estar con todos los morelenses con creces.
Encontró una diócesis sin recursos y no se desanimó; al contrario, motivó a sus párrocos; metió en orden a quien debía; fortaleció el seminario y dignificó no sólo la sede de su Diócesis, sino uno de los principales monumentos Históricos y Culturales de Morelos: la Catedral. Clausuró un estacionamiento que desde hacia décadas de manera aberrante estaba en el atrio de la misma; sacó a los ambulantes; dejó un atrio que hoy es el parque y jardín público más bonito de Cuernavaca; su apoyo para la realización del Museo de Arte Sacro, hoy en construcción, fue determinante.
En fin, mas allá de las creencias particulares de cada quien, nadie podrá negar que Don Alfonso ha sido un líder indiscutible en su comunidad; su paso por Morelos deja una profunda huella que ya forma parte de la historia de estas tierras, es un digno sucesor del Obispo Francisco Plancarte y Navarrete.
Hoy, Benedicto XVI reconoce la capacidad y trayectoria de uno de sus mejores Obispos en México; hace días, al conocer la decisión, felicité a Don Alfonso y él me respondió con una muestra más de su cariño ya entrañable por Morelos, me dijo que sin duda asumía esta nueva distinción con orgullo pero que a la vez se marchaba triste de no poder concluir su misión en Morelos y a favor de su gente. ¡Muchas gracias Don Alfonso!
Aprovecho estas líneas para hacer llegar a los lectores y comunidad en general, colegas,  colaboradores y equipo de Diario de Morelos, mis mejores deseos y un voto de dicha y prosperidad con motivo de esta Navidad.
 
opinion@diariodemorelos.com