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Estas ruinas que ves

El día de asueto de la presente semana lo destiné a la lectura de la novela que Jorge Ibargüengoitia escribió en 1974 y que narra las costumbres decadentes de los habitantes de Cuévano.

De pronto pensé que el nombre de la novela “Estas ruinas que ves”  podría servir también de título a alguna fotografía de los últimos días en México,  o ser la frase que algún gobernante saliente podría decirle  en voz baja a quien lo sustituya en el cargo, refiriéndose al estado que guardan las cosas.
Al igual que los personajes anacrónicos de la novela de Jorge Ibargüengoitia, parece que los mexicanos seguimos atados a las costumbres de nuestro pasado autoritario, que, como un lastre, impiden que demos el salto a nuevas  formas de organización democráticas.   Me parece que el país no sólo ha destinado demasiado tiempo a tratar de consolidar su democracia incipiente, sino que hace esfuerzos excesivos –y a veces infructuosos-  para no retroceder en lo avanzado. Me refiero a la polémica que en estos días ha provocado la postura de las televisoras Televisa y TV Azteca,  quienes consideran la transmisión  del debate de los candidatos a la presidencia de México como un asunto de menor importancia.
Las restricciones que hoy se advierten en la democracia electoral, y en especial en el desarrollo de las campañas, tienen una causa profunda que no se puede soslayar. ¿Por qué? Porque la transición democrática se realizó sin    haber llevado a cabo la transición mediática. Se realizaron las modificaciones a las reglas del juego político electoral, pero se dejaron intocados los intereses del duopolio televisivo que por décadas ha colonizado la opinión pública y ha monopolizado la concentración de concesiones de radiodifusión.  Ahora, la transmisión o no de los debates en las campañas electorales  son concesiones y no obligaciones del duopolio.  
No hay que olvidar que la última reforma electoral canceló la posibilidad de que una instancia ajena al IFE realizara contrataciones o compras directas de publicidad política en las televisoras. El modelo actual de comunicación político-electoral  gira en torno al ejercicio de las facultades del Instituto Federal Electoral, entre ellos la compra de spots y de espacios publicitarios. El duopolio no olvida que la reforma electoral  le arrebató un buen pedazo de recursos públicos provenientes del pastel publicitario de las campañas políticas,   que ahora el IFE está de intermediario y que entidades ajenas al proceso electoral o particulares no pueden contratar espacios de publicidad electoral.
Independientemente de su formato acartonado,   es deseable que en el marco de las campañas electorales se realicen varios debates y que éstos puedan ser elegidos como una opción de programa televisivo por cualquier ciudadano que así lo desee, independientemente  del segmento socioeconómico al que pertenezca, si vive en una zona urbana o rural, o si la señal que puede sintonizar es de televisión abierta o restringida. Al final del proceso electoral, todos los actores van a mostrar su desacuerdo con las reglas del actual modelo de comunicación política. Mientras el país no se abra a la competencia, y en especial a la competencia televisiva, las elecciones seguirán amenazadas por el duopolio.
La agenda de la democracia mexicana no se completará hasta que no se aprueben las reformas a la Ley Federal de Radio y Televisión con sentido democrático. El problema es que el derecho a la información de los mexicanos sigue subordinado a los intereses de las televisoras. El duopolio televisivo decide qué es lo que el público debe ver. Éstas son algunas de las ruinas del sistema democrático mexicano que los ciudadanos vemos en estos días, aunque sean muy buen negocio para unos cuantos.
 
lolita_panorama@yahoo.com.mx