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Elba Esther Gordillo

Don Cornilio llegó a su casa en las horas más altas de la madrugada. Lo acompañaba su compadre Empédocles, cultivador de báquicas inclinaciones. Los dos iban más ebrios que una cuba. Facilisa, la esposa de Cornilio, los recibió con áspera acrimonia. “¡Cornilio! –le gritó a su marido hecha una furia-. ¡Mira nomás a qué horas vienes, y en qué estado! ¡Para que se te quite, no me voy a acostar contigo en dos semanas!’’. Luego se volvió hacia Empédocles y le espetó: “¡Y con usted tampoco, compadre, para que no ande de sonsacador!’’... En el manicomio andaban siempre juntos un loquito y una loquita. Los dos mostraban en el rostro un permanente gesto de preocupación. “Se creen Adán y Eva -le explicó el director a un visitante-, y se la pasan pidiendo disculpas a todos por los problemas que causaron con lo de la manzana”… La señorita Peripalda, catequista, les preguntó a los niños de la doctrina: “¿A dónde van las niñas y los niños buenos?”. Contestó Rosilita: “Al Cielo”. “Y las niñas y los niños malos ¿a dónde van?”. Pepito levantó la mano: “A la parte de atrás de la iglesia”… Babalucas era mesero. Le preguntó un parroquiano: “Camarero: el espagueti ¿viene solo?”. “No, señor -responde el tonto roque-. Yo lo traigo”... Ovonio Grandbolier, el hombre más perezoso del condado, le dijo a su mujer: “El médico me recomendó más ejercicio”. “¿Y seguirás su recomendación?” -inquirió la señora. “Sí –contestó el haragán-. En vez de ver golf en la tele, ahora veré tenis”...  San Ivo, patrono de los abogados, se reunió en el Cielo con los ángeles y les informó: “Ya estudié bien el asunto, muchachos, y la conclusión es la misma: no podemos cobrar regalías por el uso comercial que se está haciendo en la Tierra de la figura de ustedes”... Llegó doña Trisagia a confesarse y vio dentro del confesonario a un desconocido. “¿Quién es usted?” -le preguntó, recelosa. “Soy el carpintero” -respondió el individuo. Quiso saber doña Trisagia: “Y el Padre Arsilio ¿dónde está?”. “No sé -respondió el individuo-. Pero si oyó lo que yo he estado oyendo en el rato que llevo aquí, seguramente fue a dar parte a la policía”... La defensa del legítimo interés de los maestros está en su sindicato, el SNTE. Pero la educación pública debe estar en manos del Estado mexicano. Acciones culpables -y culpables omisiones- de los gobiernos panistas entregaron esa tarea al SNTE, y más que al SNTE a su dirigente vitalicia, Elba Esther Gordillo. La señora llegó a tener más poder sobre la educación que el propio Gobierno. Al parecer la nueva administración federal se ha percatado de que esa viciosa situación no es admisible ya. Usando una manida frase debemos decir que los niños y jóvenes son el mayor tesoro, y la esperanza mayor, que tiene México. Su educación no puede estar sujeta a cuestiones de politiquería: ha de regirse por criterios de eficiencia que sólo la autoridad educativa puede determinar. El sindicato magisterial debe limitarse a la protección del gremio que representa, pero no puede invadir funciones de dirección educativa, ni reclamar puestos o cargos en la SEP como si fueran de su propiedad. Si la señora Gordillo tiene una dosis, aunque sea pequeña, de sentido común, y si no ha perdido del todo el instinto de conservación, habrá de darse cuenta de que en una lucha frontal contra el Gobierno lleva todas las de perder. Los padres de familia no permitirán que sus hijos sean usados para defender privilegios indebidos, y la señora no tiene una buena imagen que le permita ganar apoyo popular para su causa. Si no llega a un avenimiento con el Estado podrá ver terminada su ya larga dominación sobre los profesores. O se dobla o se quiebra. No hay de otra… La mamá de Pepito iba a dar a luz en unos días. Le preguntó a su crío con voz llena de ternura: “¿Qué te gustaría, hijito? ¿Un hermanito o una hermanita?”. Respondió el precoz infante: “La verdad, mami, me gustaría más una bicicleta. Pero a lo mejor el parto se te dificulta más”... Un individuo le preguntó a la muchacha de tacón dorado cuánto cobraba por sus servicios. “Mil pesos -le informó ella-. ¿Vamos?”. “No -declinó el tipo-. Sólo quería saber cuánto me ahorraré si aplico el sistema de self service”. (No le entendí)... Llegó un nuevo gallo al corral, espléndido, arrogante. Una gallinita le dijo a otra: “¿No te gustaría que ese gallo fuera elevadorista?’’. “¿Por qué?’’ -se sorprendió la otra, sin entender. Explicó la gallinita: “Porque entonces nos diría: ‘¿A cuál piso?’’’... FIN.