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El Patrimonio de Cuauhnáhuac...

Menciona la escritora e historiadora Clara Martín Campos en su libro “Las huellas de la Nao de China en México” que “...las expediciones españolas del siglo XVI hacia tierras y mares desconocidos estuvieron motivadas por la ambición de fama, propósitos evangelizadores y un fuerte interés económico. La actividad comercial que se derivó de estas expediciones alcanzó su máximo exponente en el tráfico marítimo que se generó entre Asia, Nueva España y Europa por medio de los galeones. Este movimiento, del que el puerto de Acapulco se convirtió en centro (tanto del eje Manila-Sevilla como del eje Californias-virreinato del Perú), dejó honda huella en todos los aspectos de la vida cotidiana de la Nueva España de entonces y del México actual. La influencia recibida de China y Filipinas, mediada a través de la Nao de la China, fue tal que, después de 200 años de la desaparición de aquella relación comercial, sigue patente en aspectos del patrimonio, la economía, la artesanía, la población, la arquitectura, la gastronomía, el folclore y las manifestaciones religiosas mexicanas. Hoy se pretende analizar estas huellas para, sobre las mismas, reencontrar el camino que une el mundo hispano con las regiones del Pacífico occidental”... Desde la época prehispánica se había establecido como un eje principal de comunicación el que iba de la costa del Pacífico al Golfo, quizá por ser los dos contactos más cercanos con el mar desde el importante centro de control del Imperio Mexica en el altiplano central, la ciudad de México-Tenochtitlán. Durante el virreinato se incrementó la importancia de esta comunicación pues por Acapulco ingresaban las mercancías traídas por el Galeón de Manila o Nao de China que, pasando por la Ciudad de México, saldrían hacia España por Veracruz. Durante varios cientos de años, este medio de transporte se llevó a cabo mediante el empleo de recuas de mulas y esporádicamente carretas para la carga, y diligencias para los pasajeros, quienes también viajaban a caballo, en burro o aun a pie. Principal concesionario del servicio de diligencias era don Antonio Escandón quien, en sociedad con el arrendatario del ingenio de Atlacomulco, don Anselmo Zurutuza, mantenía un servicio continuo entre México y Cuauhnáhuac, partiendo del Jardín Borda para llegar a la Plazuela de Guardiola, en pleno centro de la capital del país. Era este viaje una extraordinaria aventura, con duración de nueve a once horas, haciendo varias escalas: Tlalpan, El Guarda y Huitzilac, para cambiar los animales de tiro, estirar las piernas y tomar algunos alimentos. El camino era empedrado (aún se pueden ver restos a un lado de la carretera federal y en el pueblo de Santa María Ahuacatitlán, en el llamado Camino Nacional), lo que provocaba grandes tumbos; existía el riesgo de volcaduras, frío en las cumbres y el inminente peligro de asaltos aumentaba la emoción que se veía ampliamente recompensada por los bellos paisajes de extrema variedad. Y Cuauhnáhuac en medio, en el paso, absorbiendo y siendo testigo de todo este acontecimiento histórico. En el libro que generosamente me obsequió la altruista maestra Elvira Chong, “Correo de Hiroshima”, del chiapaneco Víctor Manuel Camposeco, éste, al referirse a los primeros contactos México-Japón, refiere: Las relaciones bilaterales entre México y Japón están llenas de razones para su existencia, sin embargo, el nacimiento de ellas en el siglo XVI no se debe a que hubiera un interés particular del gobierno español por conquistar Japón. Aunque se sabe que muchas embarcaciones