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El PAN...

A mi edad yo debería estar sentado ya en una mecedora. Diosito bueno, sin embargo, me hizo dos regalos: el de una buena salud y el de un infantil asombro por la vida. Voy pues por este mundo -y por otros que no son de este mundo- con la encendida devoción de un peregrino y el gozo despreocupado de un juglar. Si a eso se añade que las miríficas aguas de Saltillo realizan el milagro de que aún haya sol en mis tapias, ya se entenderá por qué mi vida, sin ser pura, es la pura vida. Permítanme mis cuatro lectores que les cuente todo lo que me pasó en la semana que pasó. El lunes 29 de octubre peroré para un club de servicio en Monterrey. Jamás los regios me han dejado de su mano: buena parte de mi pan de cada día me lo da esa generosísima ciudad. El martes 30 hablé ante los alumnos y maestros del Ateneo Fuente, mi Ateneo, que está cumpliendo los primeros 145 años de su edad. Yo amo a ese gloriosísimo Colegio con el mismo enamorado amor con que amo a mi ciudad. En uno de mis libros puse esta dedicatoria: “A Saltillo, mi ciudad, donde mis ojos se abrieron a la luz. Al Ateneo Fuente, mi escuela, donde la luz se abrió a mis ojos”. Luego, el miércoles 31, fui a San Luis Potosí, y hablé en el bello recinto de la Universidad en función de beneficio para una maravillosa obra en bien de las niñas y  niños potosinos, labor que alienta mi colega y amigo Mauricio Mier con un grupo de dedicados hombres y mujeres. Después, el jueves, viajé a Ixtapa-Zihuatanejo, y participé la mañana del viernes en la convención del ramo de galvanoplastia de la Cámara Nacional de la Industria de Transformación, con asistencia de gente de todo el país. Finalmente el sábado estuve en Vallarta en la reunión de los panistas jaliscienses. Con singular atrevimiento les asesté un mensaje que nadie me pidió: sólo la unidad y el regreso a las ideas e ideales de los fundadores harán que el PAN vuelva a ocupar el sitio que debe tener en la vida nacional. Quizá no andaba yo tan desencaminado al decir eso, pues todos los presentes se pusieron en pie para aplaudirme con largueza y largamente. Ahí tuve ocasión de darle un afectuoso abrazo a Javier Solórzano, y de expresarle mi admiración por su trabajo. Doy las gracias a Miguel Monrás por su invitación, y a Paulina, Toño y Daniel, que me llenaron de gentilezas y atenciones. Regresé el domingo 4 de noviembre a mi ciudad, con tiempo todavía para estar en la comida de cumpleaños de mi querido hermano Carlos, Charlie, menor que yo 8 años, mayor que yo un siglo en alegría de vivir. ¿Por qué menciono este largo itinerario? Para mostrar que por encima de todos los problemas y todas las maldades los mexicanos seguimos trabajando, cada uno en lo suyo, por hacer de México una casa mejor para nosotros y para nuestros hijos. La vida sigue, florida como una flor y soleada como un sol, a pesar de quienes la ensombrecen con sus perversidades. Aunque me esté mal el decirlo, siempre triunfa el bien. He ahí otro mensaje que nadie me ha pedido, pero que con singular atrevimiento asesto ahora a mis cuatro lectores… Termino con un inane chascarrillo. Aquel robot era muy especial: cuando escuchaba decir una mentira le daba una patada en el trasero a quien la había dicho. Cierto señor muy afecto a gadgets, widgets, contraptions, gimmicks y whatchamacallits lo compró y lo llevó a su casa. En presencia de su esposa le preguntó a su hijo adolescente: “¿Qué hiciste anoche?”. Responde el muchachillo: “Estuve estudiando en casa de un amigo”. Al oír aquello el robot le propinó al interrogado un furibundo puntapié en el traspuntín. “¿Qué sucede? –se espantó el chico-. ¿Por qué me pateó así?”. Responde el padre: “Eso hace con todo aquel que dice una mentira. Dime en verdad qué hiciste anoche”. El mentiroso respondió apenado: “Estuve viendo una película en casa de mi amigo”. “¿Qué película viste?” –inquirió el señor-. “Toy Story” –contestó el muchacho. ¡Zas!, otra tremenda patada en el antifonario. “¡Está bien, está bien! –se rinde el adolescente-. Vimos una película porno”. “¿Una película porno? –se escandalizó el papá-. ¡Qué barbaridad! ¡Yo jamás vi una película pornográfica sino hasta que llegué a la mayoría de edad!”. ¡Zas!, el robot le dio al hombre una formidable patada en las asentaderas. Al ver aquello la esposa del señor se rió y dijo: “¡Tenemos en casa un muchacho mentiroso al que le gusta la pornografía! ¡Qué bien se ve que es tu hijo!”. ¡Zas!, el robot le propinó a la señora un tremebundo puntapié en el nalgatorio… FIN.

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