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El maestro de los asesores: Fouché

Hablar de Fouché, un clásico de la política, es hablar de Francia y su revolución; quizá conociendo su historia nadie se aventuraría ha llamarse descendiente o admirador del mismo, pero la ignorancia ha hecho de él un ser mítico. Aquí parte de su historia:
“Si atendemos a sus palabras, ciertamente, ningún procónsul se ha conducido en su provincia con mayor energía, con mayor espíritu revolucionario, con mayor radicalismo que José Fouché. Nadie ha requisado con menos miramientos, nadie ha realizado más concienzudamente el saqueo de las iglesias ni ha hecho desembolsar las fortunas y estrangulado toda resistencia con mayor eficacia. Pero, cosa muy característica en él: únicamente con palabras, con órdenes e intimidaciones, ha instituido el terror. En las semanas que duró su poder en Nevers, Clamecy, no corre ni una gota de sangre. Mientras cruje en París la guillotina como una máquina de coser, mientras Carrier ahoga en Nantes, arrojándolos al Loire, a centenares de sospechosos; mientras que todo el país tiembla de fusilamientos, crímenes y persecuciones, no tiene Fouché en su distrito una sola ejecución sobre la conciencia. Conoce muy bien -es el Leitmotiv de su psicología- la cobardía de las gentes; sabe que un gesto feroz y un ademán de terror ahorran casi siempre el terror mismo. Y cuando más tarde, en lo más florido de la reacción, se levantan acusadoras las provincias contra sus sojuzgadores, no puede formular el distrito de Fouché en contra suya otra acusación que la de la amenaza de muerte; pero de una ejecución efectiva, no puede acusarle nadie. Vemos, pues, que Fouché, designado ahora como verdugo de Lyon, no tiene inclinaciones cruentas. En este hombre frío, sin sensualidad; en este calculador, en este malabarista mental, hay más de zorro que de tigre. No necesita el vaho de la sangre para excitar sus nervios. Gesticula rabioso, pero sin fiebre interior, con palabras de amenaza, jamás pedirá ejecuciones por el placer de asesinar, por monomanía de mando. Obedeciendo al instinto y a la prudencia -no por humanidad-, respeta la vida de los demás mientras no peligra la suya.
Este es uno de los secretos de casi todas las revoluciones y el destino trágico de sus caudillos; sin tener sed de sangre, verse obligados a derramarla. Si, pues, José Fouché llega a ser en Lyon el verdugo de las masas, no será por pasión republicana (no conoce él ninguna pasión), sino únicamente por miedo de caer en desgracia como moderado. Pero no deciden en la Historia los pensamientos, sino los hechos, y aunque se haya defendido mil veces contra la expresión del Mitrailleur de Lyon, quedará ya estigmatizado como tal. Y ni la capa ducal podrá ocultar las huellas de sangre de sus manos.
En noviembre, el 10, llega José Fouché. Inician sus trabajos inmediatamente. Pero antes de la verdadera tragedia ponen en escena, entre el ex cómico y el ex sacerdote, una breve comedia satánica que constituye tal vez la más cínica y provocativa de la revolución francesa: una especie de misa negra en pleno día. Los funerales por el mártir de la Libertad, Chalier, sirven de pretexto para esta desenfrenada orgía ateísta. Como preludio, a las ocho de la mañana se arrancan de las iglesias las últimas insignias religiosas; los crucifijos caen de los altares; se las despoja de pafíos y casullas. Se organiza después una procesión imponente por toda la ciudad hacia la plaza de Terraux. Cuatro jacobinos llegados de París llevan en una litera, cubierta con tapices tricolores, el busto de Chalier materialmente cubierto de flores. Al lado, una urna con sus cenizas y, en una pequeña jaula, una paloma que consoló, según se dice, al mártir en la prisión. Solemnes y graves caminan detrás de la litera los tres procónsules, en servicio del culto nuevo que debe mostrar al pueblo de Lyon pomposamente la deidad del mártir de la Libertad, Chalier, el dieu sauveur mort pour eux. Pero esta ceremonia patética, de por sí ya desagradable, se rebaja aún con otros estúpidos excesos del peor gusto: una horda estrepitosa arrastra, en triunfo, entre danzas salvajes, cálices, custodias e imágenes de santos; detrás trota un burro, al que han puesto artísticamente sobre las orejas una mitra cardenalicia y que lleva atado al rabo un crucifijo y una Biblia. ¡Así se arrastra el Evangelio, para risa de la chusma alborotada, colgado de la cola de un pobre asno, por el lodo de la calle!
El son de trompetas marciales ordena alto. En la gran Plaza, donde se ha erigido un altar de ramaje, se coloca solemnemente el busto de Chalier y la urna, y los tres representantes del pueblo se inclinan respetuosamente ante el nuevo santo. Primeramente perora Collot d’Herbois con la rutina del actor; luego habla Fouché. Quien supo callar tan tenazmente en la Convención, ha recobrado de pronto su voz y lanza su declaración desmesurada sobre el busto de yeso: «Chalier, Chalier, no existes ya. Los asesinos te han inmolado a ti, mártir de la Libertad; pero sus propias sangres serán el único sacrificio capaz de apaciguar tu espíritu airado. ¡Chalier! ¡Chalier! Juramos ante tu efigie vengar tu martirio; sangre de aristócratas te servirá de incienso». El tercer delegado del pueblo, menos elocuente que el futuro aristócrata, que el futuro Duque de Otranto, besa la frente del busto y grita estentóreamente en medio de la Plaza: «¡Muerte a los aristócratas!»
Después del triple homenaje se hace una gran hoguera. Muy serio ve el hace poco aún tonsurado José Fouché, con sus dos colegas, cómo es desatado el Evangelio del rabo del burro y echado al fuego, convirtiéndose en humo en medio de las llamas que devoran pafíos de iglesia, misales, hostias e imágenes santas. Luego se hace beber al infeliz cuadrúpedo en un cáliz consagrado como premio a sus servicios, y, como final de acto de tan pésimo gusto, los cuatro jacobinos llevan a hombros el busto de Chalier a la iglesia, donde es colocado solemnemente en el lugar del Cristo derribado. Para eterna memoria del solemne festejo, se acuña, en los días sucesivos, una moneda conmemorativa, de la que no se encuentran ejemplares, tal vez porque el que fue después Duque de Otranto adquirió todas las existencias y las hizo desaparecer, lo mismo que los libros que describían demasiado claramente las ferocidades brutales de su época ultrajacobina y ateísta. Tenía él buena memoria; pero no quería, sin duda, que los demás pudieran recordarle la misa negra de Lyon y todos los demás excesos: hubiera sido demasiado violento y desagradable para Son Excellence Monseígneur le Sénateur Ministre de un cristianísimo rey.”
¿Qué tal? ¿Cómo lo ve? Así se las gastaban en 1763, cualquier parecido es casualidad. ¿No cree Usted?