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El Documento de Anenecuilco...

Que no cunda el pánico. El título de esta columna no pretende satanizar a nadie ni desacreditar a ninguno. A diez años de distancia del fallecimiento de monseñor Iván Illich, más convencido estoy de la influencia ideológica que fincó en la mente de don Sergio Méndez Arceo, como lo detalla esta entrevista realizada por el periodista Luis Suárez de la revista “Siempre” que me atrevo a compilar textualmente, sintetizándola al máximo por cuestión de espacio... Empezada la campaña electoral para elegir nuevo Presidente de la República y miembros del Congreso, el obispo reiteró su posición de que “el Estado (debe estar) en sus cuestiones, la Iglesia, en las suyas”. Por lo tanto, la Iglesia como tal no participaría en la campaña electoral, mas “el cristiano como cristiano debe participar en la política, pero no por ser cristiano está obligado a optar por uno u otro candidato. Ese es un problema de su conciencia y de su sentido de responsabilidad ante el bien común”. Me expuso esas opiniones en la misma entrevista en que abordó el simbolismo triunfalista de una nueva Basílica dispendiosa. Las inserto ahora porque tienen continuidad con sus otras acciones en relación con la campaña política. En aquella ocasión -las celebraciones jubilares de sus aniversarios-, ya se conocía la precandidatura del Lic. Luis Echeverría Álvarez, apoyada por los sectores del PRI. El Partido Acción Nacional no había lanzado todavía a su candidato. Por eso el obispo se refirió sólo a Echeverría en estos términos: “No tengo el gusto de haber tratado con el Sr. Echeverría. Sobre él he oído enjuiciamientos, en general, elogiosos, en especial de quienes consideran que dentro de nuestro marco político institucional y circunstancial todo se encaminaba a su designación como candidato. Como obispo me ha interesado saber qué se dice de él que no se considera ligado a la creencia -lo cual puede tener tantos matices- ni, religiosamente, a la comunidad cristiana, en la cual no pocas personas de su familia han sido muy practicantes. Yo considero que siendo él honesto en sus convicciones y con sus convicciones en materia religiosa, sus obras pueden ser profundamente cristianas, si son automáticamente humanas, en el servicio de sus conciudadanos y del bien común en orden a todas las liberaciones del mal cuajado en nuestros insondables subdesarrollos. Siendo ajeno a la religión (sin matiz, como se dice lo digo), creo que no se sentirá cohibido por las limitaciones en que un puritanismo liberal ha venido enjaulando las convicciones religiosas de los funcionarios, particularmente de los presidentes. Me atrevo a decir que es explicable dicho puritanismo, dada nuestra tendencia a lo excesivo en manifestaciones exteriores religiosas; pero mucho más constructivo hubiese sido llegar a expresiones adecuadas, respetuosas de las leyes vigentes y del espíritu de la separación buscada por los reformadores. En la urgencia de encarnar ese espíritu es donde yo encuentro una gran oportunidad, de carácter más general y profundo, para quien no ha pretendido simular posición religiosa al escalar puestos elevados en la política. Yo he considerado siempre que una de las causas más graves de nuestra invertebración nacional ha sido la incapacidad común de encontrar las fórmulas legales y sociales para nuestro pluralismo religioso. Los que debiéramos ser maestros en la fidelidad a las leyes, funcionarios civiles y ministros del Evangelio (obispos, sacerdotes) nos convertimos en maestros de infidelidad, porque aplicar muchas de las leyes trastornaría al país y dañaría horriblemente su prestigio exterior; someterse simplemente a ellas no se considera posible, porque son tenidas por injustas. Quien, por tanto, no puede ser tachado de parcial en favor de la religión, estaría más capacitado para cambiar esa situación, si lo quiere. Ahora que me parece ominosa, en este como en otros campos, la frase de que «tenemos Constitución para siglos»”. Más papistas que el Papa, pero menos “obispistas” que el obispo, estas declaraciones cayeron en el silencio de la prensa y de los comentaristas. O fueron muy pocos quienes lo rompieron, temiendo, acaso, incomodar a la nueva estrella del firmamento político mexicano a quien no podían dañarle, sino, al contrario, las opiniones del obispo que prefería cartas descubiertas entre los jugadores del poder público. Por no reparar en este antecedente, que ya circulaba en noviembre de 1969, se sorprendieron más de la cuenta cuando, el 9 de junio de 1970, Méndez Arceo puso en manos de Luis Echeverría un escrito reiterante que se conocería como Documento de Anenecuilco. Dirigido por igual a los dos candidatos presidenciales -también al del PAN, Lic. Efraín González Morfín-; era obvio que con su segundo destinatario se cumplía una mera formalidad, pues nadie podía distraerse con la posibilidad real de una incógnita respecto a cuál de los dos llegaría a la Presidencia de la República. El 27 de mayo, cuando era inminente la gira electoral del Lic. Echeverría por el estado de Morelos -del 4 al 9 de junio-, se concibió la idea de presentarle, por parte del obispo y de sus sacerdotes, una ponencia como tantas que al candidato iban entregando en su recorrido por la República. Naturalmente, se trataba de una ponencia muy especial sobre las cuestiones que afectan a sus redactores: el obispo, el presidente del consejo presbiterial de la diócesis, padre José Espín, y un representante de los laicos, Florencio Roldán Fuentes. Dos intenciones aconsejaron la entrega del documento en el pueblo de Anenecuilco: que allí terminaba la gira de Echeverría por Morelos -y antes no quiso el obispo interferir en el programa planeado por el candidato y su partido- y que ese es el pueblo en que nació Zapata. Quisimos -me dijo don Sergio- “presentar una ponencia revolucionaria en el lugar en que aquel sencillo y grande revolucionario, Emiliano Zapata, naciera”. Vestido con una guayabera, el obispo y sus dos acompañantes se dirigieron el 9 de junio a Anenecuilco. La activa presencia de don Sergio y su natural corpulencia no eran como para que pasasen inadvertidas. Pronto fue notado por quienes controlaban el tránsito y los accesos, y pudo llegar así a la huerta de frondosos mangos donde Echeverría culminaba su visita a la población. Le indicaron al candidato que allí se encontraba el obispo y avanzó hacia él, saludándole con un abrazo. Recibió el documento y dijo a don Sergio, a modo de exhortación, más colectiva que personal: “A trabajar por el bien de México, como lo hicieron Morelos y Matamoros”, dos sacerdotes. En el Documento de Anenecuilco se insiste en el ya conocido pero poco comentado pensamiento del obispo sobre “el hecho evidente de la continua y multiforme violación de la Constitución y demás leyes que nos rigen”, lo cual “crea un ambiente de inconformidad y frustración, por cuanto parece que se le exige a la ciudadanía vivir en un régimen de ficción e inmadurez cívica”. La parte medular del Documento de Anenecuilco es ésta: “Antecedentes y cambios;  Reconocimientos; Radicalismo Legislativo y Abuso-Tolerancia. El diálogo que pedimos exige que el Estado se reconozca de verdad laico, que acepte frente a él algo distinto de él, no contrario a él, algo que diga no simplemente el eco de su palabra. Lo cual supone, por otra parte, una comunidad de veras evangélica, que tiene algo que decir, la verdad del Dios que es amor. Entre un Estado que no quiera oír o no quiera hablar ni tenga qué decir, y una Iglesia que no quiera oír o no quiera hablar ni tenga qué decir, no puede haber diálogo...” Para algunos valiosos orientadores de la opinión pública, que desde posiciones ideológicas distintas habían alentado las del obispo en su rompimiento con el pasado clerical y en su avance por un camino social y político contemporáneo, debía lamentarse que todos los miembros del clero mexicano no fueran como don Sergio. Eso impedía el diálogo hacia un aflojamiento de los frenos y excepciones legales impuestos al clero y a las prácticas de los ritos religiosos. En el año 1970, el camino que había llevado a Cuernavaca ante Roma, parecía transitarse en dirección opuesta, como si Roma volviera, en virtud de los últimos planteamientos de Monseñor Sergio Méndez Arceo, hacia Cuernavaca, la puerta religiosa más importante de México. Don Sergio, sin prisa, esperaba tranquilo, confiado en que sólo los adelantados, como lo fueron los hombres de la Reforma mexicana, alcanzan a vislumbrar, cuando no a transitar, todo el camino.

victorcinta_2005@hotmail.com